02 diciembre, 2007

Narración literal

A pesar de que la narración literal es mejor y siempre preferible, se permite la narración del significado si el narrador tiene gran dominio del árabe, si la palabra usada es apropiada en el contexto en cuestión y si el original ha sido olvidado. Sin embargo, los Compañeros siempre narraban las tradiciones literalmente a pesar de esta licencia. Por ejemplo, un día Ubayd ibn Umayr narró lo siguiente: “El hipócrita es como la oveja abandonada entre rabidayn (dos rebaños)”. Abdallah ibn Omar objetó diciendo: “No ha dicho eso. Yo escuché al Mensajero decir: ‘El hipócrita es como la oveja abandonada entre ghanamayn (dos rebaños)’”.[1] El significado es el mismo; la diferencia sólo radica entre las palabras rabidayn y ghanamayn.
Este mismo esmero fue adoptado por los estudiosos o narradores de la generación siguiente a la de los compañeros: los Tabi’un (los que siguen). Por ejemplo, alguien narró en presencia de Sufyan ibn Uyayna: “El Mensajero prohibió dejar que el jugo (de uvas, dátiles y similares) fermente (an yuntabadha) en cuencos hechos de calabaza forrados de brea”. Sufran objetó diciendo: “Escuché a Zuhri narrar lo siguiente: ‘El Mensajero prohibió dejar que el jugo (de uvas, dátiles y similares) fermente (an yunbadha) en cuencos hechos de calabaza forrados de brea’”.[2] No hay diferencia en el significado, sino tan sólo en la conjugación del verbo.
Bara ibn Azib relató lo siguiente:
El Mensajero me aconsejó lo siguiente: Haz wudu antes de irte a la cama. Luego, échate sobre tu costado derecho y di lo siguiente: “Allah, me someto a Ti y Te confío mi asunto. Me refugio en Ti, en temor de Ti y en pos de Ti. No hay refugio de Ti sino en Ti. Creo en Tu Libro que has hecho descender y en Tu Profeta que has enviado”. Para memorizarlo inmediatamente, se lo repetí al Mensajero y dije al final: “Tu Mensajero que has enviado”. Él me corrigió la frase final diciendo: “Tu Profeta que has enviado”.[3]
La gente sueña cuando duerme. Los sueños verídicos constituyen la cuadragésima sexta parte de la Profecía, ya que el Mensajero tuvo sueños verídicos durante los seis primeros meses de sus veintitrés años de Profecía. Es por el hecho de estar vinculados a la cualidad de Profeta, y no de Mensajero,[4] por lo que el Mensajero corrigió a Bara. Esta diligencia fue expresada por todos los Compañeros, los cuales estudiaron las tradiciones que escucharon del Mensajero y las analizaron. El Mensajero les dijo: “Memorizad y estudiad las tradiciones, ya que están relacionadas entre ellas. Por lo tanto, reuniros y analizadlas”.[5]

[1] Abu Dawud al-Tayalisi, Musnad, 248.
[2] Jatib al-Baghdadi, Al-Kifaya fi ‘Ilm al-Riwaya, 178.
[3] Bujari, “Daawat” 6.
[4] Profeta es aquel que recibe revelación, pero no le es dado un Libro, por lo que sigue la vía del Mensajero anterior. Mensajero es el que por lo general recibe un Libro o unas Páginas y establece un camino a seguir (Nota del traductor).
[5] Darimi, “Muqaddima” 51.

Verificación

Los Compañeros se esforzaron en verificar el significado de las tradiciones. Ninguno de ellos mentía, ya que su temor del castigo divino era enorme. Sin embargo, los transmisores pudieron haber malentendido alguna tradición, no captar algún punto importante de la misma al recibirla del Mensajero o malinterpretarla. Sin intención alguna de oponerse al Mensajero, se esforzaron en entender su verdadero propósito y analizaron lo que recibieron de él.
Una mujer le preguntó al Califa Abu Bakr si podía heredar de sus nietos. El respondió: “No he visto nada en el Corán que lo permita, ni recuerdo al Mensajero decir algo al respecto”. Mughira ibn Shuba se puso de pie y dijo: “El Mensajero permitió a la abuela que heredase una sexta parte (del patrimonio)”. Abu Bakr le preguntó a Mughira si podía aportar un testigo que diese fe de ello. Cuando Muhammad ibn Maslama dio fe de ello, Abu Bakr dio a la mujer una sexta parte del patrimonio de su nieto.[1]
Cuando el Mensajero declaró: “Los que sean llamados por Allah a rendir cuentas por sus acciones el Día del Juicio estarán arruinados”, Aisha preguntó: “¿Qué pasa con la declaración divina que consta en el Corán que dice así: Entonces, serán llamados a rendir cuentas (por sus actos), y será una cuenta fácil? El Mensajero respondió: “Se refiere a la presentación. Todos rendirán cuentas de sus actos ante Allah. Si los que obraron mal niegan sus malas acciones, entonces Allah les informará sobre sus obras. Esos son los que estarán arruinados”.[2]
Según consta en Bujari, Omar narró lo siguiente:
Escuché a Hisham ibn Hakim pronunciar algunas palabras de la Sura al-Furqan de modo algo diferente a cómo el Mensajero me había enseñado. Esperé pacientemente hasta que aquél hubo acabado de rezar, y le pregunté: “¿Quién te ha enseñado dicha recitación?”. Cuando me dijo que la había aprendido del Mensajero, le llevé ante el Mensajero y le expliqué la situación. El Mensajero le pidió a Hisham que recitase la Sura, lo cual hizo. Entonces, el Mensajero asintió con la cabeza y dijo: “Así me fue revelada”. Luego, me pidió que recitase yo, lo cual hice. Asimismo, asintió con la cabeza y dijo: “Así me fue revelada”. Y añadió: “El Corán fue revelado de nueve maneras diferentes. Recitadla de la manera que os sea más fácil”.[3]
Los Compañeros se dedicaron tanto a la Sunna que viajaban largas distancias tan sólo para aprender un solo hadiz. Por ejemplo, Abu Ayyub al-Ansari viajó de Medina a Egipto para comprobar la formulación exacta de un hadiz. De entre los que lo había escuchado del Mensajero, sólo Uqba ibn Amir estaba aún vivo y residía en Egipto. Abu Ayyub llegó a la capital y apelando a su gobernador, Maslama ibn Mujallad, obtuvo un guía que le llevó hasta Uqba. Cuando se encontró con dicho Compañero en una calle, le preguntó sobre: “Quien encubra el defecto de un creyente en esta vida, Allah encubrirá sus defectos en la próxima”[4]. Y al decirle Uqba que su memoria era correcta, Abu Ayyub se dio media vuelta y dijo: “He venido sólo por este hadiz. No me gustaría mancillar mi intención quedándome para otros asuntos”.[5]
Tal y como consta en Bujari, Yabir ibn Abdallah viajó durante todo un mes tan sólo para recibir un hadiz directamente de su narrador, Abdallah ibn Unays. Al encontrar a Abdallah, le dijo: “Me ha sido dicho que tú narras un hadiz que no he escuchado del Mensajero. Temiendo que uno de nosotros muriese antes de que lo aprendiese, he venido a ti”. Yabir aprendió el hadiz y regresó a Medina.[6]
Dichos viajes prosiguieron a lo largo de los siglos. Said ibn al-Musayyib, Masruq ibn Ayda y otros hicieron largos viajes para aprender un solo hadiz o para confirmar una sola letra de un hadiz. Kazir ibn Qais, uno de los amantes del conocimiento, viajó de Medina a Damasco para aprender un hadiz de Abu Darda.[7]
Los Tabi’un mostraron el mismo grado de cautela que los Compañeros al narrar tradiciones. Tal y como Amash dijo, preferían que se les cayese encima el cielo a añadir incorrectamente una sola vocal a un hadiz.[8]
Los Ahl al-Sunna wa al-Yamaa están de acuerdo en la absoluta veracidad de los Compañeros.[9] Sin embargo, tras los conflictos internos que surgieron entre los musulmanes, los Tabi’un empezaron a inspeccionar cualquier hadiz que escuchasen y a preguntar acerca de la veracidad de sus narradores. Muhammad ibn Sirin dijo: “Antes, no solíamos preguntar sobre los narradores. Pero después de que surgiesen conflictos internos, empezamos a preguntar”.[10]
Gente de débil carácter y fe poco sólida inventó tradiciones para promover sus creencias sectarias. Los Nasiba (los Omeyas y sus partidarios que se oponían a Ali) inventaron tradiciones a favor de Osman y Muawiya y contra Ali. Los Rafiditas (Chiítas extremistas) inventaron tradiciones contra Osman y Muawiya y a favor de Ali. Esto hizo que estudiosos meticulosos y buscadores de la verdad emprendiesen un examen cuidadoso de cada hadiz transmitido y del carácter de sus narradores. Abu al-Aliya dijo:
Ya no estábamos satisfechos con lo que se nos informaba de un Compañero. Viajábamos para recibirlo directamente del Compañero o Compañeros que lo habían narrado y para preguntar a otros Compañeros que lo conocían.[11]
El Imán Muslim narra que Bushayr al-Adawi narró un hadiz a Ibn Abbas. Al notar que éste no le prestaba atención, Bushayr le preguntó sorprendido: “¿Por qué no me escuchas? Estoy narrando un hadiz”. Ibn Abbas respondió lo siguiente:
En el pasado nuestros corazones saltaban de alegría y excitación cuando alguien empezaba a narrar un hadiz diciendo: “El Mensajero dijo”. Prestábamos toda nuestra atención. Pero después de que la gente empezó a viajar de un sitio para otro, sólo recibimos de los que ya conocemos.[12]
Ibn Abd al-Barr, el gran erudito de la España musulmana (Al-Andalus), relata de Amir ibn Sharahil al-Shabi, uno de los grandes estudiosos de los Tabi’un lo siguiente: Rabi ibn Husayn me relató el siguiente hadiz:
Los que reciten diez veces: “No hay mas dios que Allah, Uno y sin asociado. Suyo es el reino y Suya toda la alabanza. Da la vida y causa la muerte. Es poderoso sobre todas las cosas” obtendrán tanta recompensa como el que libere a un esclavo.
Shabi preguntó a Rabi quién le había narrado ese hadiz. Éste respondió que se lo narró Abd al-Rahman ibn Abi Layla. Shabi se fue y se encontró con Ibn Abi Layla, el cual vivía en otra ciudad. Ibn Abi Layla dio fe de la autenticidad de dicho hadiz, diciendo que se lo había escuchado a Abu Ayyub al-Ansari.[13]
Grandes estudiosos de la talla de Ibn Shihab al-Zuhri, Ibn Sirin, Sufyan al-Zawri, Amir ibn Sharahil al-Sha‘bi, Ibrahim ibn Yazid al-Nahai, Shuba, Abu Hilal, Qatada ibn Diama, Hisham al-Dastawai y Miz’ar ibn Qudam hicieron todo lo posible para determinar qué tradiciones eran auténticas y cuáles eran inventadas. Cuando no estaban seguros acerca de la autenticidad de una tradición, se consultaban mutuamente. Por ejemplo, Abu Hilal y Said ibn Abi Sadaqa preguntaron a Hisham al-Dastawai sobre la redacción exacta de una tradición sólo para asegurarse de ello. Shuba y Sufyan al-Zawri remitieron a Mizar un asunto del cual no tenían conocimiento exacto.[14] Estos grandes eruditos no permitieron que se difundiesen falsas tradiciones. Siempre y cuando escuchasen a gente conocida por sus opiniones sectarias narrar una tradición, estos tradicionistas les preguntaban quién era el que les había narrado dicha tradición.
Estos especialistas amantes y buscadores de la verdad ni siquiera se abstenían de revelar las debilidades de sus propias familias y allegados. Por ejemplo, Zayd ibn Unaysa advirtió a los tradicionistas de no recibir hadices de su hermano, posiblemente por su mala memoria, su poco cuidado o su sectarismo.[15] Cuando se le preguntaba por su padre, Ali ibn al-madini, el primero en escribir sobre los Compañeros, respondió: “Pregunta a otros acerca de él”. Cuando insistían, decía: “Hadiz significa religión; y mi padre es débil en ese punto”.[16]
Waqi ibn Yarrah, formado en la escuela de Abu hanifa y profesor del Imán Shafí, dijo: “Que yo sepa, nunca he olvidado nada después de haberlo escuchado. Ni recuerdo nada que haya tenido que repetir para poderlo memorizar, si sólo lo he escuchado una vez”. A pesar de la gran memoria que el Imán Shafí tenía, éste se quejó una vez ante Waqi de su pobre memoria. Waqi le dijo: “Deja de cometer pecados. El conocimiento es una luz que viene de Allah, y no puede ser concedida a los que pecan”. Cuando su padre, Yarrah, narraba un hadiz, Waqi se ponía junto a él. Cuando le preguntaron la razón de ello, respondió lo siguiente. “Mi padre trabaja en el departamento financiero del estado. Por lo que temo que suavice algunas tradiciones a favor del gobierno. Por eso le acompaño para evitar que se produzca ese fallo”.[17]
Mientras se escribían las tradiciones, también eran memorizadas por algunos de los mayores tradicionistas de la historia del Islam. Por ejemplo, Ahmad ibn Hanbal memorizó alrededor de un millón de tradiciones, entre las que estaban incluidas las auténticas, las buenas, las débiles y las inventadas (algunas eran idénticas en texto pero con cadenas de transmisión diferentes). Su libro, Musnad, contiene sólo cuarenta mil tradiciones de trescientos mil.
Yahya ibn Main memorizaba tanto tradiciones auténticas como inventadas. Cuando Ibn Hanbal le preguntó por qué hacía eso, le respondió: “Informo a la gente sobre las tradiciones inventadas para que elijan las auténticas”.[18] Muchos expertos se dedicaron a esta actividad conociendo miles de tradiciones de memoria. Los más famosos de entre ellos fueron Zuhri, Yahya ibn Said al-Qattan, Bujari, Muslim, Daraqutni, Hakim, Zahabi, Ibn Hayar al-Asqalani y el Imán Suyuti.
Gracias a los tremendos esfuerzos de dichos tradicionistas, las tradiciones auténticas se pudieron distinguir de las falsas. Además de registrar las tradiciones auténticas en libros y de memorizarlas, muchos tradicionistas escribieron acerca del carácter de los narradores, para que la gente supiese quién era fidedigno y quién no lo era; quién cuidadoso y quién no; quién era profundo y meticuloso y quién superficial; y quién era temeroso de Allah y quién irresponsable.
Cuando la gente les advirtió de que revelar los defectos de la gente acarrearía la vergüenza sobre dicha gente, respondieron así: “Hadiz significa religión. Por lo tanto se le debe conceder más prioridad que ocultar los defectos de los narradores”.[19] Yahya ibn Said al-Qattan, conocido por estar siempre al tanto de los defectos, solía decir: “Ante Allah, prefiero tenerles como enemigos que tener al Mensajero como enemigo”.[20]

[1] Tirmizi, “Faraid” 10.
[2] Bujari, “‘Ilm” 35; Muslim, “Janna” 79.
[3] Bujari, “Jusuma” 4; Muslim, “Musafirin” 270; Abu Dawud, “Witr” 22. Algunas palabras del Corán pueden ser pronunciadas con pequeñas diferencias. Por ejemplo en la Surat al-Fatiha, la palabra Mâlik también puede ser pronunciada Meliá, sin que ello constituya una diferencia sustancial en el significado. Otro ejemplo sería la palabra heyte en 12:23, la cual puede ser pronunciada hîte, sin diferencia de significado. Es una diferencia de acento únicamente (Nota del traductor).
[4] Bujari, “Maghazi” 3; Muslim, “Birr” 58.
[5] Jatib al-Baghdadi, “Al-Rihla fi Talab al-Hadiz” 118-24.
[6] Ibn Sad, Tabaqat, 3:178; Bujari, Al-Adab al-Mufrad, 337.
[7] Al-Baghdadi, “Al-Rihla fi Talab al-Hadiz” 78; Ibn Maya, “Muqaddima” 17.
[8] Jatib al-Baghdadi, Al-Kifaya fi ‘Ilm al-Riwaya, 178.
[9] Los Ahl al-Sunna wa al-Yamaa (la Gente de la Sunna y la Comunidad) son la gran mayoría de los musulmanes que siguen el camino del Profeta y los Compañeros. Algunas facciones difieren con ellos en temas sobre creencia (tal y como los Mutazila y los Yabriya) o en temas sobre el papel de los Compañeros en la religión (como los Jariyitas y los Chiitas). Ello es así en parte por inclinaciones políticas y también por haber sido influidos por los antiguos filósofos (Nota del traductor).
[10] Muslim, “Muqaddima” 5.
[11] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 178.
[12] Muslim, “Muqaddima” 5.
[13] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 222.
[14] Ibíd., 229.
[15] Muslim, “Muqaddima” 5.
[16] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 5:176; Zahabi, Mizan al-I‘tidal, 2:40.
[17] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 6:84.
[18] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 229.
[19] Ibíd., 234.[20] Ibn Salah, Ulum al-Hadiz, 389.

Asegurando la autenticidad

Había varias maneras para saber si una tradición había sido inventada o no. Una era animar a los narradores a que confesasen. Esto no era raro entre los que habían caído en el sectarismo y luego, al ser guiados a la verdad, confesaban cuáles eran las tradiciones que se habían inventado.
Además, los tradicionistas eran extremadamente sensibles a la mentira. Si se podía probar que un narrador había mentido sólo una vez, todas las tradiciones que proviniesen de dicha fuente eran rechazadas. Los narradores debían ser totalmente veraces, tener buena memoria, ser esmerados en su práctica del Islam y no estar involucrados en sectarismos. Por otra parte, si a un narrador fidedigno se le debilitaba la memoria o sufría dificultades mentales similares, sus narraciones ya no eran aceptadas. Por ejemplo, cuando Ibn Abi Lahia, famoso por su austeridad y su temor a Allah, perdió el cuaderno que usaba para recitar sus tradiciones, el Imán Bujari se limitó a transmitir aquellas tradiciones suyas que habían sido confirmadas o reforzadas por otro narrador fiable.
Se dice que el estilo literario de una persona es propio de dicha persona. Por lo tanto, si eres un lector cuidadoso, puedes identificar a un autor por su estilo y distinguirlo de los demás. Los tradicionistas se dedicaron al Hadiz, por lo que podían distinguir fácilmente entre los dichos del Profeta y los efectuados por otra persona, por muy talentosa que fuese dicha persona.
Otro modo era juzgar las tradiciones de acuerdo al Corán y a los hadices mutawatir. Si tres o más Compañeros transmitían un hadiz del Profeta, el cual luego era transmitido a través de numerosas cadenas de transmisión de narradores fiables, es un hadiz mutawatir. Las tradiciones del Profeta transmitidas por un Compañero se llaman ahadi. Dichas tradiciones se consideraban auténticas después de haberlas contrastado con el Corán y con las tradiciones mutawatir.
A pesar de no tratarse de un método objetivo, algunos piadosos eruditos vieron al Mensajero en vigilia y recibieron tradiciones directamente de él. El hadiz qudsi: “Era un tesoro escondido y quise darme a conocer, por lo que cree el Universo” se dice que pertenece a esta clase de hadices.[1] Se dice que Yalal al-Din al-Suyuti vio en vigilia al Mensajero varias veces. Antes de escribir un hadiz que consideraba auténtico, el Imán Bujari hacía wudu y le refería el hadiz al Mensajero; y sólo escribía el hadiz en su cuaderno tras haber recibido la aprobación del Mensajero.[2] Algunos tradicionistas vieron al Compañero que había narrado el hadiz del Profeta.
Los tradicionistas escribieron obras de varios volúmenes acerca de los narradores, en las cuales proporcionaban detalles sobre sus biografías: dónde y cuándo habían nacido, a dónde emigraron y dónde vivieron, sus maestros, de quién recibieron, a quiénes narraron tradiciones y cuándo y dónde murieron.
El primer libro de este género fue el libro de Ali ibn al-Madini Kitab al-Marifat al-Sahaba (Libro del Conocimiento de los Compañeros). Entre los más importantes figuran los siguientes: la obra de Ibn Abd al-Barr Al-Istiab fi Marifat al-Ashab (Libro Exhaustivo sobre el Conocimiento de los Compañeros), el libro de Ibn Hayar al-Asqalani Al-Isaba fi Tamyiz al-Sahaba (El Acierto al Juzgar a los Compañeros), el libro de Ibn al-Azir Usd al-Ghaba (Los Leones del Bosque), la obra de Ibn Sad Al-Tabaqat al-Kubra (el diccionario biográfico más exhaustivo sobre los principales eruditos de entre los Compañeros y los Tabi’un), el Tarij Ibn Asakir (Historia de Ibn Asakir), el Tarij al-Bujari (Historia de Bujari) y la obra de Yahya ibn Main Al-Tarij al-Kabir (La Gran Historia).
Los grandes tradicionistas, entre los que figuran Bujari, Muslim, Tirmizi, Abu Dawud, Nasai, Ibn Maya y Ahmad ibn Hanbal, recopilaron tradiciones auténticas en voluminosos libros. Otros, como Maqdisi, recopilaron tradiciones inventadas. Luego, otros que vinieron posteriormente, examinaron una vez más la autenticidad de las tradiciones ya previamente recopiladas.
Por ejemplo, Ibn al-Yawzi (m. 597 d. H.) consideró que algunas de las tradiciones que figuraban en el Musnad de Ibn Hanbal eran de transmisión débil o incluso inventadas, y ello a pesar de pertenecer a la escuela legal de Ibn Hanbal. Más tarde, Ibn Hayar al-Asqalani hizo un examen detallado de las mismas tradiciones y, con excepción de trece, probó su autenticidad. Yalal al-Din al-Suyuti (m. 911 d. H.) las volvió a escudriñar una vez más y llegó a la conclusión de que ninguna había sido inventada, a pesar de que algunas tuviesen una cadena de transmisión débil. También revisó la obra de Ibn al-Yawzi Al-Mawduat al-Kubra (Gran Colección de tradiciones Inventadas) y especificó cuáles eran las auténticas. Siendo de la opinión de que tampoco el resto estuviesen inventadas, escribió Al-Laali al-Masnua (Perlas Artificiales).
Otros grandes tradicionistas reunieron compendios adicionales. Tradicionistas tan relevantes como Bujari y Muslim, eruditos de gran rigor, no incluyeron muchas tradiciones en sus colecciones. El Al-Mustadrak Ala al-Sahihayn de Hakim (Apéndice a las Dos Colecciones de Tradiciones Auténticas) constituye un voluminoso anexo a Bujari y Muslim. Éste, a su vez, fue rigurosamente revisado por Hafiz Zabi, conocido por su gran memoria.
En siglos posteriores, se escribieron libros acerca de extendidas máximas y dichos sabios considerados como hadices. El libro de Sajawi Maqasid al-Hasana y el de Ayluni Kashf al-Jafa los examinan una a una especificando cuáles son realmente tradiciones y cuáles no. Por ejemplo, aparte de las muchas tradiciones auténticas y versículos coránicos que animan a la gente a aprender, hay dichos populares como el de “Busca el conocimiento de la cuna a la sepultura” y el de “Busca el conocimiento aunque sea en la China”, los cuales fueron examinados por los tradicionistas quienes comprobaron que no eran realmente tradiciones.
Tras estos formidables estudios, exámenes detallados y rigurosas verificaciones, podemos afirmar que las colecciones de tradiciones auténticas no contienen ninguna que sea inventada. Los que continúan cuestionando la validez de las tradiciones y de la Sunna tan sólo actúan movidos por prejuicios religiosos, políticos o ideológicos, además de la tendenciosa erudición orientalista, a fin de proyectar dudas sobre esta fuente vital del Islam y sobre su puesta en práctica en la vida cotidiana.


[1] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:132; Ali al-Qari, “Al-Asrar al-Marfua,” 269.
[2] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 9:49.

Ejemplos de tradiciones inventadas

Estos son algunos ejemplos de tradiciones inventadas:
• Abu Hanifa es, tal vez, el mayor jurista musulmán, y aún brilla cual sol en el cielo de la jurisprudencia islámica. Sin embargo, el dicho atribuido al Profeta por el que dijo: Abu Hanifa es la luz de mi nación” no es un hadiz.[1] Debió de ser inventado por razones sectarias.
• “Tened gallos blancos” debió de ser inventado por algún vendedor de gallos, a pesar de que nos gusten los gallos blancos.[2]
• “Cuídate del mal de aquél a quien has hecho el bien” es otro dicho ilógico atribuido al Profeta.[3] Te puedes ganar el corazón de alguien siendo bueno con él. Si estuviese permitido atribuirle un dicho al Profeta, este sería así: “Haz el bien a quien temes su mal”, ya que se dice que la gente es esclava del bien que se les hace”.
• Aunque la racionalidad es uno de los principios del Islam, éste no depende del racionalismo. Nadie puede juzgar el Corán o al Profeta en base a los dictados de la razón individual. El Islam es la colección de principios establecidos por Allah, el Dueño y Dador de todo razonamiento e intelecto. Por lo tanto, el dicho: “Analizad entre vosotros un dicho atribuido a mí. Si está de acuerdo con la verdad, confirmadlo y tomadlo como principio religioso. No importa si lo he dicho o no”, es una invención.
• Otro dicho erróneamente atribuido al Mensajero es: “Nací en la época del Rey justo”.[4] Está inventado para exaltar al rey persa Anushirwan. Nadie puede darle honor al Mensajero, pues él es el que dio honor a toda la creación, y en especial a nuestro mundo.
• Otro bello dicho ampliamente difundido y erróneamente confundido con una tradición es: “La limpieza viene de la fe”. El significado es cierto, pero no consta que haya sido transmitido desde el Mensajero a través de una cadena fiable. Más bien, él dijo: “La pureza (de cuerpo, mente y corazón) es la mitad de la fe, y al-hamdu li-Allah (toda la alabanza sea para Allah) llena la balanza (donde las buenas obras serán pesadas)”.[5]
• Aqiq es un lugar situado entre Medina y La Meca. Durante un viaje, el Mensajero les dijo a los que le acompañaban en un trayecto: “Montad vuestras tiendas en Aqiq”. En árabe, la palabra traducida como montad vuestras tiendas es tajayyamu. Siendo así que los puntos diacríticos no se usaban en la escritura durante los primeros tiempos del Islam, dicha palabra se confundió con tajattamu (poneros un anillo). Además, aqiq significa también cornalina. Todo ello, produjo la siguiente tradición falsa: “Poneos un anillo de cornalina”, con el añadido de “porque elimina la pobreza”.[6]
• “Contemplar un bello rostro es un acto de adoración” es otra tradición falsa y una difamación contra el Mensajero.
• El dicho: “Busca el conocimiento incluso en la China” es otra tradición falsa. Pudo haber sido inventada para fomentar el aprendizaje. No obstante, el Profeta tiene otros muchos dichos y el Corán exhorta a los musulmanes a aprender o a buscar el conocimiento: En realidad, sólo temen a Allah aquellos de Sus siervos que tienen conocimiento (35:28), y Di: “¿Son iguales los que conocen que los que no conocen?” (39:9). Además, el Profeta dijo: “Los ángeles extienden sus alas bajo los pies de los que buscan el conocimiento, por satisfacción (con ellos)”.[7]
Algunos ejemplos de tradiciones auténticas tachadas de invenciones son las siguientes.
• El Imán Bujari narra en su Sahih lo siguiente: Esto figura en la Torá: “¡Profeta! Te hemos enviado como testigo, un portador de buenas nuevas, un advertidor y un refugio para los iletrados. Eres Mi siervo y Mi Mensajero. Te he llamado ‘El que pone su confianza en Allah’. No es duro ni grosero, ni grita en las calles. No rechaza el mal con el mal; más bien perdona y disculpa. Allah no se llevará su alma hasta que no guíe a los desviados y crean que no hay más dios que Allah y, de ese modo, abra los ojos ciegos, los oídos sordos y los corazones endurecidos”.[8]
Los orientalistas y sus seguidores musulmanes critican este hadiz por haber sido transmitido por Abdallah ibn Amr ibn al-As, el cual a veces narraba de Kab ibn al-Ajbar. Lo que no han considerado es que:
–Este hadiz no contradice las características del Mensajero descritas en el Corán y en otras fuentes islámicas.
–A pesar de sus distorsiones y alteraciones, la Torá y los Evangelios todavía contienen referencias al Mensajero. El Corán hace referencia a esto en muchos versículos, entre los cuales figuran los siguientes: Esos que siguen al Mensajero, el Profeta iletrado, al que encuentran descrito en la Torá y en el Evangelio (7:157); y: Así son descritos en la Torá, y su descripción en el Evangelio es así (48:29). Husain Yisri, que vivió durante la primera mitad del siglo XX, encontró ciento veinticuatro alusiones al Mensajero en la Torá y en los Evangelios. El Evangelio de Barnabás menciona explícitamente al Profeta Muhammad.
–Kab al-Ajbar era un judío que aceptó el Islam. Muchos cristianos y judíos abrazaron el Islam, especialmente durante su temprana difusión en África y Asia. Aportaron con ellos su conocimiento previo; y lo que se oponía al Islam fue corregido o rechazado. Dichos Compañeros, tal y como Abdallah ibn Abbas, Abu Huraira, Anas ibn Malik y Abdallah ibn Amr ibn al-As escucharon las narraciones de la Torá hechas por Kab. Era imposible para ellos aceptar algo que fuese contrario al Islam. ¿Podría Abdallah ibn Amr, un asceta profundamente dedicado al Islam y al Profeta, mentir o inventar una tradición sabiendo el castigo reservado a dicha acción?
• Durante una fuerte hambruna y sequía, el Califa Omar tomó la mano de Abbas, el tío del Profeta, y rogó así: “¡Allah! Mientras estaba con vida, nuestro Profeta te imploraba lluvia y Tú mandaste lluvia. Ahora tomamos a su tío como medio para implorarte lluvia. Mándala, pues”.[9]
Algunos critican esta tradición basándose en la objeción de Yahiz. Pero Yahiz no es un tradicionista, sino que trataba de negar incluso las tradiciones más auténticas. Su maestro era Nazzam, un materialista perteneciente a la secta heterodoxa de los Mutazila. Yahiz critica esta tradición en su Al-Bayan wa al-Tabyin del siguiente modo:
En todas las tradiciones atribuidas a Omar en lo relativo a implorar lluvia, hay defectos que nos hacen difícil aceptar su autenticidad. En algunas versiones, imploró desde el púlpito; en otras, en campo abierto; y en otras, tras la oración obligatoria. Dichas confusiones muestran que esas tradiciones no son auténticas.
La ciencia del Hadiz precisa una profunda especialización. Yahiz no es un especialista; y tampoco lo es Ibn Abi al-Dunya, quien a pesar de ser un bendito asceta, critica esta tradición en su libro, el cual contiene muchos errores y tradiciones inventadas. El Imán Gazali es uno de los grandes revitalizadores de las ciencias religiosas islámicas y uno de nuestros más grandes guías. Sin embargo, si le mencionas como referencia en una disputa respecto a asuntos de Hadiz, los tradicionistas se reirán de ti. A los médicos no se les pregunta sobre ingeniería, y nadie va a un químico para buscar consejo o información médica.
Además, usar a alguien o a algo como medio para alcanzar a Allah, siempre y cuando entiendas que el medio no afecta al resultado, está permitido: ¡Vosotros que creéis! Temed a Allah y buscad el medio de acercaros a Él (5:35). Los Compañeros solían pedirle al Mensajero que rezase por ellos. Una vez, durante una sequía, le pidieron que implorase lluvia. Lo hizo y llovió tan fuertemente que le tuvieron que pedir que implorase para que dejase de llover. Hizo la imploración en el púlpito y la gente regresó a sus casas con el sol brillando. Tras ese explícito favor de Allah, el Mensajero dijo: “Doy fe de que Allah es poderoso sobre todas las cosas y de que yo soy su siervo y Mensajero”.[10]
El Corán animaba a los Compañeros a que pidiesen al Mensajero que rogase el perdón para ellos, enfatizando el hecho de que dicho ruego era motivo de paz y tranquilidad:
Y no hemos enviado a ningún Mensajero sino para que fuera obedecido con el permiso de Allah. Si después de haber sido injustos consigo mismos, hubieran venido a ti, hubieran pedido perdón a Allah y hubiera pedido el Mensajero perdón para ellos, habrían encontrado a Allah Favorable hacia ellos, Compasivo (4:64).
Y: Pide por ellos; pues realmente tus oraciones son un consuelo para ellos (9:103). Una vez un ciego se quejó de su ceguera al Mensajero. El Mensajero le recomendó que hiciese wudu, que rezase dos rakAs y que dijese:
¡Allah! Te ruego y me vuelvo a Ti, por Tu Profeta Muhammad, el Profeta de la misericordia. ¡Muhammad! Me vuelvo a mi Señor por ti para que mi ruego sea concedido. ¡Allah! Acepta su intercesión ante Ti en mi favor.
El hombre hizo eso y recobró su visión.[11] En conclusión, no hay nada en dicha tradición que eche por tierra su autenticidad.
• Prácticamente en los seis libros de tradiciones más auténticos que existen se narra la siguiente tradición: “Si un perro lame tu cuenco, límpialo siete veces; la primera con tierra y las otras seis con agua”.[12]
Algunos que no eran conscientes de los principios del Hadiz y de los desarrollos médicos dudaron de la autenticidad de este hadiz, a pesar de la cadena de transmisión auténtica y de ser una prueba de la Profecía de Muhammad. ¿Si no hubiese sido un Profeta enseñado por Allah, cómo hubiese sido conocedor de hechos médicos descubiertos siglos después? Ahora sabemos que los perros pueden llevar en su saliva excrementos y microbios de ciertas enfermedades que pueden ser dañinos para la salud humana si se transmiten.
Por otra parte, en la época del Profeta nadie sabía nada sobre desinfección y esterilización. El Mensajero, al ser un Profeta enseñado por el Omnisciente, recomendó la tierra para limpiar el cuenco lamido por un perro. Hoy sabemos que la tierra es un buen antiséptico que contiene sustancias tal y como la tetracilina.
Algunos han interpretado siete veces como significando tantas veces como fuesen necesarias para limpiar el cuenco. Los juristas hanafíes consideran que tres veces son suficientes para limpiar el cuenco.
• Algunos críticos contemporáneos, incluido el converso francés Maurice Bucaille, criticó la siguiente tradición transmitida por Abu Huraira: “Cuando una mosca caiga en una de vuestras tazas, sumergidla completamente en el alimento antes de sacarla, ya que la enfermedad está en una de las alas (o lados) y la cura en la otra”.[13] Los narradores de esta tradición están más allá de todo reproche. Está incluida en Bujari, Abu Dawud, Nasai, Darimi y Ahmad ibn Hanbal.
Como en la anterior tradición, ésta contiene una prueba de la profecía de Muhammad. En aquel entonces, no se sabía que las moscas portaban microbios. Pero hoy sabemos que cuando una mosca cae en una taza, intenta sacar una de las alas del alimento para poder despegar. Como resultado, deja sus bacterias en el alimento. Pero si es sumergida en el alimento con una ligera presión, una pequeña bolsa que tiene en el otro ala o lado (la palabra yanah tiene ambos significados) estalla y disemina sustancias antibacteriales que matan los gérmenes dejados en el alimento.
• Otra tradición auténtica pero criticada es la siguiente, mencionada en los libros auténticos de tradiciones: “No vale la pena partir a visitar –a fin de obtener una recompensa espiritual– un mezquita que no sea al-Masyid al-Haram –la Mezquita Sagrada que rodea la Kaba-, la Mezquita del Profeta –en Medina– y al-Masyid al-Aqsa –justo al sur de la Cúpula de la Roca en Jerusalén–”.[14] Esta tradición ha sido criticada por haber sido transmitida por Compañeros que la narraban de Kab al-Ajbar o porque santifica al-Masyid al-Aqsa. Este pretexto carece totalmente de base ya que no pertenece a los judíos. Nuestro Profeta se volvía a dicha mezquita mientras rezaba en La Meca.
Es también un símbolo del dominio terrestre del Islam. Nuestro Profeta fue primero llevado a al-Masyid al-Aqsa durante su Ascensión y dirigió la oración ante las almas de los anteriores Profetas. Allah declara que Bendijo los alrededores de esa mezquita (17:1). Estos benditos alrededores fueron capturados por primera vez por el Profeta Yusha (Josué) ibn Nun tras la muerte de Moisés. Tras el Profeta Muhammad, se volvieron a capturar durante el califato de Omar. Salah al-Din Ayyubi, uno de los más grandes generales del Islam, se la arrebató a los cruzados. Si el Mensajero la incluyó entre las tres mezquitas más benditas y más merecedoras de ser visitadas, a pesar de las dificultades del viaje, es porque Allah la ha santificado.
A pesar de su santidad, es un error creer que es especial rezar en dichas mezquitas. Según transmitió Ibn Abbas, una mujer le prometió a Allah que rezaría en al-Masjid al-Aqsa si se recuperaba de su enfermedad. Se recuperó, y antes de partir, fue a visitar a Maymuna (una de las esposas del Mensajero), la cual le dijo:
Quédate aquí, cuida de tu casa y reza en la Mezquita del Profeta. Escuché al Mensajero decir: “La oración realizada aquí es mil veces mejor que la realizada en cualquier otra mezquita, excepto en la Kaba”.[15]
• El Mensajero declaró: “Entre mi Comunidad habrá siempre un grupo que apoyará la verdad hasta que la Orden de Allah venga –el Día del Juicio Final-. Los que se opongan a ellos no podrán causarles perjuicio”.[16]
A pesar de estar registrada en casi todos los libros de tradición auténticos y de haber sido probada a lo largo de la historia del Islam, esta tradición ha sido objeto de un criticismo injustificable. El Islam ha resistido a estos ataques. Ningún poder terrestre ha sido capaz de destruirlo. Incluso después del esfuerzo concertado para ello durante los últimos tres siglos, el Islam es la única alternativa, más fuerte y actual que nunca, para llegar a la verdadera felicidad y prosperidad del ser humano en ambos mundos.
Allah ha preservado el Islam a través de una dedicada y sacrificada comunidad en cada período. Esta comunidad se concentró durante una época en Damasco, en otras épocas fue en Bagdad o en Estambul. Unas veces alrededor de Omar ibn Abd al-aziz, otras alrededor del Imán Gazali o del Imán Rabbani. Mientras se concentra alrededor de una persona concreta en un lugar, en otro, tal vez, lo hacía alrededor de otra. Al mundo nunca le faltará semejante grupo de gente en el futuro.
• Otra tradición negada por algunos es: “Cuando te levantes de la cama, no pongas tus manos en un cuenco [de comida o bebida] antes de lavártelas tres veces. No sabes donde han estado tus manos mientras dormías”.[17]
Ahmad Amin y Abu Rayya, bajo la influencia del orientalista Goldziher, ridiculizaron esta tradición, a pesar de que contiene preceptos de higiene. A veces, la gente padece alergias o picores; y pueden haberse rascado las partes afectadas mientras dormían, por lo que se acumularían gérmenes bajo sus uñas. Si esta gente come (de platos comunes) sin lavarse las manos, otras personas podrían infectarse.
El Mensajero siempre dependía de la Revelación, ya sea explícita o implícita. Sus Compañeros, famosos por su veracidad, le siguieron lo más cerca posible y narraron todo lo que recibían de él. Tradicionistas meticulosos y amantes de la verdad recogieron las tradiciones que le llegaron a través de narradores fidedignos, dignos de confianza y rectos. Algunas narraciones auténticas predicen algunos eventos del futuro y desarrollos científicos. Y puesto que ninguna ha sido encontrada falsa, nadie ha sido capaz de falsificar cualquier otra tradición auténtica.
La creación todavía encierra algunos misterios y continuará haciéndolo independientemente del progreso científico humano. Acontecimientos parasicológicos o paranormales como la telepatía, visiones, nigromancia y otras experiencias transcendentales proporcionan claves sobre la existencia de mundos o dimensiones diferentes a la nuestra. Ya que se pueden encontrar referencia a esto en el Corán, algunas tradiciones pueden ser contempladas desde ese punto de vista.
• Tal y como consta registrado en los libros de tradiciones auténticas, Tamiz al-Dari, un cristiano converso, habla de una criatura peluda llamada “yassasa” que vio en una extraña isla y de un hombre gigantesco que vive en una caverna y que se presentó a sí mismo como el Dayyal (Anticristo).[18] No podemos desmentir esta tradición en base a premisas positivistas, así como no podemos negar que el pecho de nuestro Profeta fue abierto
• Otra tradición que puede ser parcialmente tratada desde el mismo punto de vista es que Allah ordenó cincuenta oraciones diarias durante la Ascensión del Profeta Muhammad. A su vuelta, Moisés le advirtió de la dificultad de dicha orden. Tras las repetidas súplicas del Profeta, Allah redujo el número a cinco.[19]
Hay puntos delicados en este hadiz. Allah es Indulgente. Conoce cuántas oraciones al día pueden soportar sus siervos, y espera que éstos Le recen buscando el perdón y para realizar sus metas. La oración y las súplicas constituyen el misterio de la servidumbre a Allah y son la piedra angular de la servidumbre. Cuando los siervos perciben su pobreza, insuficiencia e impotencia, se hacen dependientes de la absoluta Riqueza y el Poder infinito de su Señor, por lo que adquieren poder inconmensurable y riqueza inagotable. A los siervos se les ha de recordar constantemente esto para que no sean presa de sus carnales, perversos y engreídos egos. Si no se le recuerda, son objeto de una indefensión incurable y una miseria irrecuperable.
Al ser el Profeta Muhammad el último Profeta, él abarca todos los aspectos y dimensiones de la Profecía y confirma a los Profetas anteriores. Si comparamos la Profecía con un árbol inmenso y bendito con ramas que se expanden por todo el universo, el Profeta Muhammad representa su totalidad. Su Profecía está profundamente enraizada en la misión de todos los Profetas que le precedieron. Por lo tanto, es natural que él se beneficie de sus raíces.
Moisés le precedió, por lo que al desear facilidad para su nación en el desempeño de sus deberes religiosos, el Profeta Muhammad siguió su consejo con razón. A pesar de ser el más grande de los Profetas, nunca permitió a sus seguidores que considerasen a los otros Profetas como inferiores a él.
Este asunto precisa más desarrollo, ya que hay mucho que decir al respecto. Sin embargo, se trata de un tema que sobrepasa el ámbito de este libro.

[1] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:33.
[2] Ibíd., 1:36.
[3] Ibíd., 1:43.
[4] Ibíd., 2:340.
[5] Muslim, “Tahara” 1; Tirmizi, “DaAwat” 86.
[6] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:299; Daylami, Musnad al-Firdaws, 56.
[7] Abu Dawud, “‘Ilm,” 1; Tirmizi, “‘Ilm,” 19.
[8] Bujari, “Tafsir,” 48/3; “Buyu” 50; Darimi, “Muqaddima” 2.
[9] Bujari, “Istizqa” 3; “Fadail al-Ashab” 11.
[10] Bujari, “Istizqa” 14; Abu Dawud, “Istizqa” 2; Ibn Maya, “Iqama” 154.
[11] Ibn Maya, “Iqama” 189; Tirmizi, “DaAwat,” 118.
[12] Muslim, “Tahara” 91; Bujari, “Wudu” 33; Abu Dawud, “Tahara” 37.
[13] Bujari, “Tib” 58; Abu Dawud, “Atima”48; Ibn Maja,”Tib” 31; Darimi, “Atima” 12.
[14] Bujari, “Al-Salat fi Masyid Makka” 1; Muslim, “Hayy” 511; Tirmizi, “Salat” 126.
[15] Muslim, “Hayy” 510; Bujari, “Masyid Makka” 1; Nasa’i, “Manasik” 124.
[16] Muslim, “‘Imara” 170; Bujari, “I‘tisam” 10; Abu Dawud, “Fitan” 1.
[17] Abu Dawud, “Tahara” 50; Bujari, “Wudu” 26; Muslim, “Tahara” 87-88.
[18] Muslim, “Fitan” 119; Abu Dawud, “Malahim” 15; Ibn Maya, “Fitan” 33.
[19] Bujari, “Salat” 1; Nasai, “Salat,” 1; Muslim, “Iman” 263; Ibn Maya, “Iqama” 194.

El número de tradiciones auténticas

Algunos Orientalistas y sus seguidores musulmanes intentan proyectar dudas sobre la autenticidad de la Sunna con el pretexto de que algunos Compañeros narraron demasiadas tradiciones y de que hay un gran número de tradiciones.
Primero, las tradiciones no se limitan a las palabras del Mensajero, sino que abarcan toda su vida: todos sus actos, lo que le gustaba, lo que no le gustaba y sus aprobaciones o confirmaciones tácitas de lo que sus Compañeros dijeron o hicieron. Vivió durante veintitrés años entre ellos como Mensajero de Allah. Les enseñó el Islam hasta el más mínimo detalle. Dirigió la oración cinco veces al día, cuyos detalles están registrados en su integridad, puesto que él les dijo: “Rezad tal y como me veáis hacerlo”. Ayunó y les explicó todos sus detalles, al igual que hizo con la entrega de limosna y la peregrinación. Los puntos esenciales de la creencia y los pilares del Islam (oración, ayuno, limosna y peregrinación) son objeto de innumerables libros.
Al ser un sistema divino universal que incluye todo lo relacionado con la vida humana, el Islam posee leyes y normas para la vida individual y colectiva, espiritual y material, social y económica, política y militar, y demás aspectos de la vida cotidiana. Ha establecido principios relativos a todo esto. Constantemente advirtió a sus Compañeros contra la desviación y les animó a ser siervos de Allah más profundos, sensibles y prudentes.
También les informó sobre las naciones del pasado y predijo acontecimientos futuros. Abu Zayd Amr ibn Ajtab transmitió que, a veces, el Profeta ascendía al púlpito después de la oración del alba y se dirigía a la congregación hasta el mediodía. Seguía hablando después de la oración del mediodía y de la tarde, contando lo que había ocurrido desde el principio del mundo hasta ese día, y qué iba a ocurrir desde entonces hasta el Día del Juicio Final. Dichos discursos contenían información sobre las agitaciones del otro mundo, la tumba, la Resurrección, la Gran Congregación, el peso de las obras de la gente, el Juicio Final, el Puente, el Infierno y el Paraíso.[1]
El Mensajero mandó ejércitos, vio y juzgó casos como juez, envió y recibió enviados y delegaciones. Firmó tratados de paz, declaró guerras y envió expediciones militares. Estableció reglas de higiene y principios de buena conducta y alta moralidad. Sus milagros se cuentan por cientos. Estableció un ejemplo a ser seguido por los musulmanes, por lo que debido a la vital importancia del Hadiz en el Islam y también por el amor que le profesaban sus Compañeros, su vida fue registrada desde el principio hasta el fin.
Honró el universo con su mensaje, su servidumbre a Allah y su elevada e incomparable personalidad. Como honorables testigos de su vida, los Compañeros registraron todo lo relacionado con él. Cuando se dispersaron por las tierras conquistadas por el Islam, los nuevos conversos les pidieron que relatasen las tradiciones del Mensajero. Estuvieron tan entregados a él que se mantuvieron extraordinariamente fieles a los recuerdos que de él guardaron.
Una vez, durante su califato, Omar visitó la casa de Abbas, el tío del Profeta, en su camino hacia la oración colectiva del viernes. Unas gotas de sangre cayeron en su manto desde el canalón. Se enfadó tanto que tiró del canalón hasta el suelo, diciéndose a sí mismo: “¿Quién osa degollar un animal en esta azotea manchando con su sangre mi manto mientras voy a la mezquita?”. Llegó a la mezquita, y después de la oración, advirtió a la congregación diciendo: “Estáis haciendo cosas incorrectas. Pasé cerca de una pared mientras venía hacia aquí y cayó algo de sangre sobre mi manto desde el canalón, por lo que he tirado del canalón hasta el suelo”.
Abbas se enfadó y se puso de pie: ¡Omar! ¿Qué has hecho? He visto personalmente al Mensajero poner él mismo ese canalón”. Ahora, le tocó a Omar enfadarse. Le dijo a Abbas lleno de inquietud: “¡Por Allah! Voy a poner mi cabeza al pie de ese muro y tú vas a poner tus pies encima mientras vuelves a poner el canalón. Y hasta que no lo hagas, no voy a levantar mi cabeza del suelo”. Esa era su devoción y su fidelidad para con el Mensajero.[2]
El Mensajero inculcó en el corazón de sus seguidores un fervor por el conocimiento tal que la civilización musulmana –bajo cuya sombra bendita vivió en paz durante siglos una considerable parte de la humanidad – se erigió sobre los pilares de la creencia, el conocimiento, la piedad y la hermandad. En las tierras donde fluyó el agua pura del Islam, florecieron innumerables flores en cada campo de la ciencia, y el aroma que esparcían llenó de júbilo el mundo.
Algunas de estas flores, como Ibn Hayar al-Asqalani, leyó en dos o tres sesiones la colección de tradiciones auténticas recopilada por el Imán Muslim. El Imán Nawawi se dedicó tan intensamente a la enseñanza y a la composición de obras que nunca se casó. No quiso dedicarle ningún tiempo a nada que no fuese el conocimiento. El Imán Sarajsi, gran jurista hanafí, fue encarcelado en una mazmorra por un Rey. Durante ese tiempo, dictó de memoria a sus alumnos su monumental compendio en treinta volúmenes, Al Mabsut. Cuando sus estudiantes le dijeron al Imán Sarajsi que el Imán Shafí – fundador de la escuela legal Shafí y considerado como el segundo renovador del Islam –había memorizado trescientos fascículos de tradiciones, él respondió: “Tiene el zakat (o sea: tan sólo una cuarenta parte) de las tradiciones que conozco”.[3]
Las obras de Ibn Hayar al-Asqalani, Ibn Yarir al-Tabari, Fajr al-Din al-Razi, el Imán Suyuti y otros, comprenden tantos volúmenes que cuando se dividen entre los días de sus vidas, podemos comprobar que escribieron alrededor de veinte páginas diarias. No podemos estudiar o ni siquiera leer a lo largo de nuestras vidas lo que cada uno de ellos escribió durante su vida.
Anas ibn Sirin, hijo de Muhammad ibn Sirin, uno de los mayores eruditos de los Tabi’un, dijo: “Cuando llegué a Kufa, cuatro mil personas asistían a las clases de Hadiz en las mezquitas; cuatrocientos eran expertos en jurisprudencia”.[4] Para entender qué significa experto en jurisprudencia islámica, considérese lo siguiente: Ahmad ibn Hanbal, cuyo Musnad contiene cuarenta mil tradiciones seleccionadas entre un millón de tradiciones en circulación, no era considerado un experto en jurisprudencia por Ibn Yarir al-Tabari. Tampoco se le dio el mismo estatus que el de Abu Hanifa, el Imán Abu Yusuf, el Imán Shafí, el Imán Malik y demás. El hecho de que algunos no considerasen a semejante egregia personalidad como experto jurista, muestra la envergadura intelectual y académica que un jurista debía alcanzar para ser considerado un experto.
El ambiente general era extremadamente propicio para el desarrollo de las ciencias religiosas y seculares, especialmente la ciencia de las tradiciones. Cada musulmán se esforzaba en adquirir conocimiento del Islam y en reconocer plenamente a su Profeta. La gente poseía una gran aptitud para la literatura y las lenguas, ya que la poesía estaba muy difundida durante el período pre-islámico.
El Corán vino, ante todo, como milagro lingüístico absoluto e incomparable. Ningún experto literario o poético niega su elocuencia. Casi todos renunciaron a la poesía tras su conversión para dedicarse al Corán y al Hadiz. Entre ellos, la poetisa Hansa, se dedicó tan profundamente al Islam, que cuando su hijo fue martirizado en Qadisiyya, le rogó a Allah así: ¡Allah! Me diste cuatro hijos a los que he sacrificado todos en el camino de tu Amado (Profeta). Alabado seas miles de veces”.[5]
La vida era bastante simple en el desierto. Esto posibilitaba a la gente a que se dedicasen a las ciencias islámicas. Además, poseían muy buena memoria. Por ejemplo, una vez el Mensajero le preguntó a Zayd ibn Zabit que aprendiese hebreo; y en un par de semanas ya podía leer y escribir cartas en dicha lengua.[6] Ibn Shihab al-Zuhri, Qatada ibn Diama, Shabi, Ibrahim ibn Yazid al-Nayai, el Imán Shafí y otros dijeron en público que nunca se olvidaron de una palabra tras haberla memorizado. Podían hacerlo tras haber leído o escuchado algo una sola vez.
Cuando el Imán Bujari llegó a Bagdad, diez destacadas personalidades de las ciencias islámicas examinaron su conocimiento de hadiz y su memoria. Cada uno recitó diez tradiciones, cambiando el orden de los narradores en una cadena de transmisión o bien intercambiando las cadenas. Por ejemplo, la famosa tradición: “Las acciones se juzgan según las intenciones...” tiene la siguiente cadena (en orden descendiente): Yahya ibn Said al-Ansari, de Muhammad ibn Ibrahim al-Taymi, de Alqama ibn Waqqas al-Laysi, de Omar ibn al-Jattab. Cuando acabaron, el Imán Bujari corrigió las cadenas una a una de memoria y repitió cada tradición con su auténtica cadena de transmisión. Los eruditos admitieron entonces su saber y conocimiento en materia de hadiz.[7] Ibn Juzayma incluso fue más lejos diciendo: “Ni el cielo ni la tierra han visto jamás a nadie con tanto conocimiento como tú en este campo”.[8]
El Imán Bujari nunca vendió su conocimiento a cambio de beneficios mundanos. Cuando el gobernador de Bujara le invitó a su palacio para que educase a sus hijos, el gran Imán se negó diciendo: “El conocimiento no puede ser reducido siendo llevado a un gobernante. Si el gobernante desea conocimiento, debe de venir personalmente a obtenerlo”. El gobernador respondió solicitando que se asignase un día de la semana a sus hijos. Bujari se volvió a negar diciendo: “Estoy muy ocupado enseñando a la Umma de Muhammad. Por lo tanto no puedo perder mi tiempo enseñando a tus hijos”. El gobernador le exilió, y esta gran personalidad de la ciencia del hadiz pasó sus últimos días en el exilio.[9]

[1] Muslim, “Fitan” 25.
[2] Ibn Hanbal, 1:210.
[3] Sarajsi, Muqaddima li-Usul al-Sarajsi, 5.
[4] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna qabl al-Tadwin, 150-51.
[5] Ibn Azir, Usd al-Ghaba, 7:90. Esta bendita mujer encontró ocho errores lingüísticos o poéticos en una estrofa de Hassan ibn Zabit, un famoso Compañero y poeta. Tras la revelación, dejó la poesía y se dedicó al Corán y al Hadiz.
[6] Ibn Hanbal, 5:186.
[7] Ibn Hayar, Hadiy al-Sari‘, 487.
[8] Zahabi, Tazkirat al-Huffaz, 2:556.
[9] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 9:52.

Registrando las tradiciones

Las primeras colecciones de tradiciones fueron hechas durante el califato de Omar ibn Abd al-Aziz, al principio del Segundo siglo del Islam (719-722). Sin embargo, ha de ser recordado que todas las tradiciones que iban a ser recopiladas y ordenadas en libros circulaban oralmente. Además, muchas de ellas ya habían sido registradas en colecciones privadas.
La gran mayoría de los árabes eran iletrados. Cuando la Revelación comenzó, surgió un deseo de aprender a leer y a escribir el cual era alentado por el Profeta. Hay que recordar que dejaba en libertad a los prisioneros que sabían leer y escribir capturados en Badr sólo después de que cada uno de ellos hubiese enseñado a diez musulmanes a leer y a escribir.[1] Además, la revelación comenzaba con la siguiente orden:
¡Lee en el nombre de tu Señor que ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo suspendido (en la pared del útero). ¡Lee, que tu Señor es el más Generoso! El que enseñó (a escribir) por medio del cálamo. Enseñó al hombre lo que no sabía (96:1-5).
A pesar de la importancia otorgada al conocimiento y al aprendizaje, durante los inicios de su Mensaje, el Profeta no permitió a sus Compañeros que escribiesen lo que él decía. Por ejemplo, dijo: “No escribáis lo que digo. Si habéis escrito algo dicho por mí que no sea parte del Corán, destruidlo”.[2] No quería que los Compañeros confundiesen los versículos coránicos con sus propias palabras. El Corán todavía estaba siendo revelado y registrado en hojas o trozos de cuero o madera. Tomaría su forma final de libro en fechas más tardías.
Ésta era una precaución comprensible, ya que quería asegurarse de que las sucesivas generaciones no confundirían sus palabras con las de Allah. Ésta consta claramente en una tradición narrada por Abu Huraira: “El Mensajero se nos acercó mientras algunos amigos escribían lo que le habían escuchado decir. Preguntó qué estaban escribiendo y le respondieron: ‘Lo que te hemos escuchado decir’. El Mensajero les amonestó diciendo: ‘¿Sabéis que las naciones que os precedieron se desviaron por haber escrito lo que no figuraba en el Libro de Allah?’”.[3]
Otra razón para esta prohibición es que la mayoría de las revelaciones coránicas llegaron en ocasiones específicas. Por lo tanto, algunos de sus versículos son concisos y claros, mientras que otros son ambiguos. Los versículos alegóricos aparecen junto a los explícitos e incontrovertibles. Al estar la comunidad islámica todavía en evolución, unos mandamientos reemplazaban a otros.
El Mensajero tenía que dirigirse, en varias ocasiones, a gente de muy variados temperamentos y niveles de entendimiento, a la vez que a “nuevos” y “viejos” musulmanes. Por ejemplo, cuando un nuevo musulmán preguntaba cuál era la mejor acción, respondía que era creer y hacer las cinco oraciones prescritas. Sin embargo, durante la época en la que la yihad tenía prioridad, decía que era la yihad en el camino de Allah. Además, siendo así que el Islam es para todos los tiempos y gentes, el Profeta recurría frecuentemente a alegorías, símiles, parábolas y metáforas.
Esto y otros factores tal vez fueron los que le llevaron a prohibir a ciertas personas que registrasen sus palabras. Si todos hubiesen llevado una cuenta propia sin poder distinguir entre lo real y lo metafórico, lo concreto y lo abstracto, lo abolido y lo aprobado, lo general y lo particular y ocasional, el resultado hubiese sido un caos y una tergiversación. Por esa razón, a veces Omar advertía a la gente que no narrase las tradiciones proféticas sin la debida atención.
Sin embargo, muchas tradiciones afirman que el Mensajero permitió a sus Compañeros que escribiesen sus palabras. Llegó un momento en que los compañeros alcanzaron madurez intelectual y espiritual para distinguir entre el Corán y el hadiz. Por consiguiente, pudieron conceder la atención e importancia adecuada a cada uno de ellos, y entender las circunstancias relativas a cada tradición. Es entonces cuando el Mensajero les animó a que pusiesen por escrito las tradiciones.
Abu Huraira relata lo siguiente: “Abdallah ibn Amr ibn al-As es el único compañero que tiene tantas tradiciones como yo tengo. Yo no las escribí, pero él sí”.[4] Abdallah informó que escribió todo lo que oyó decir al Mensajero. Algunos le dijeron: “Escribes todo lo que sale de la boca del Mensajero. Es un ser humano; y unas veces está enfadado y otras contento”. Abdallah refirió el asunto al Mensajero, el cual señaló a su boca y dijo: “Escribe, pues juro por Aquel en Cuya mano está mi vida que sólo la verdad sale de ésta”.[5]
Enfadado o contento, el Mensajero nunca habló por sí mismo; por capricho o antojo. Todo lo que decía era una Revelación –explícita o implícitamente– revelada (53:3-4). Como todas sus palabras y hechos tenían algo que ver con el Islam, se tenían que registrar. Los Compañeros llevaron a cabo esta sagrada labor ya sea memorizando o dejando constancia escrita de la que oyeron o vieron. Como resultado de ello, su vida es la biografía más completa jamás reproducida. Cada aspecto, incluso los más ínfimos detalles, han sido transmitidos a través de las generaciones. Por eso tenemos que sentirnos endeudados con los Compañeros y las dos o tres generaciones que les sucedieron, y en especial con los grandes Tradicionistas, los cuales registraron y transmitieron sus palabras y acciones.
Una vez, alguien se quejó al Mensajero diciendo: “Mensajero de Allah, escuchamos muchas cosas de ti; pero la mayoría se nos olvida porque no podemos memorizarlas”. El Mensajero respondió: “Pedidle ayuda a vuestra mano derecha”.[6] En otras palabras, escribid lo que escuchéis. Cuando Rafi ibn Jadiy preguntó al Mensajero si podían escribir lo que le escuchaban decir, se le dijo que sí podía.[7] Tal y como consta en los Sunan de al-Darimi, el Mensajero aconsejó lo siguiente: “Dejad constancia del conocimiento por escrito”.[8] Durante la conquista de La Meca, el Mensajero dio un sermón. Un yemení llamado Abu Shah, se puso de pie y dijo: “Mensajero, escribe estas palabras para mí”. El Mensajero ordenó que así fuese hecho”.[9]
Ali tenía una hoja, que adjuntó a su espada, en la que estaban escritas las narraciones concernientes al precio de la sangre por daños, la santificación de Medina y otros asuntos.[10] Ibn Abbas dejó atrás un camello cargado con libros la mayoría de los cuales versaban sobre lo que había oído del Mensajero y de los demás Compañeros.[11] El Mensajero envió una carta a Amr ibn Hazm la cual trataba de precio de la sangre, por asesinato y daños y la Ley del Talión[12]. Esta carta fue transmitida a Abu Bakr ibn Muhammad, su bisnieto.
Igualmente, un pergamino enviado por el Mensajero a Abu Rafi fue transmitido a Abu Bakr ibn Abd al-Rahman ibn Hariz, uno de los Tabi’un.[13] Un destacado estudioso de dicha generación, Muyahid ibn Yabr, vio la colección de Abdallah ibn Amr Al-Sahifat al-Sadiqa. Ibn al-Azir, historiador de renombre, dice que contenía alrededor de mil tradiciones; la mitad de las cuales constan en los libros de tradiciones auténticas, con la cadena de transmisión de Amr ibn Shuayb, de su padre y de su abuelo, respectivamente.
Yabir ibn Abdallah al-Ansari también dejó un voluminoso libro que contenía los dichos que escuchó del Mensajero.[14] Al-Sahifa al-Sahiha es otra importante fuente de Hadiz de los primeros tiempos. Hammam ibn Munabbih, su compilador, seguía a Abu Huraira adonde fuese y escribió los dichos proféticos transmitidos por él. Esta compilación, recientemente publicada por Muhammad Hamidullah, ha sido datada mediante el método del carbono 14 en una antigüedad de trece siglos. Casi todas sus tradiciones pueden ser encontradas en el Musnad de Ahmad ibn Hanbal o en los Sahihayn de Bujari y Muslim.
Tras estas primeras compilaciones sencillas, el Califa Omar ibn Abd al-Aziz, que gobernó en 719-722, decidió que todas las tradiciones orales y escritas auténticas deberían ser reunidas en libros. Ordenó a Abu Bakr ibn Muhammad ibn Amr ibn Hazm, gobernador de Medina, que supervisase esta misión. Muhammad ibn Shihab al-Zuhri, famoso por su profundo conocimiento y aguda inteligencia, llevó a cabo dicha misión adquiriendo el honor de ser el compilador oficial de tradiciones.[15]
Pero dicho honor no estaba restringido sólo a él: Abd al-Malik ibn Abd al-Aziz ibn Yuray (La Meca), Said ibn Abi Aruba (Irak), Awzai (Damasco), Zayd ibn Qudama y Sufyan al-Zawri (Kufa), Hammad ibn Salama (Basora) y Abdallah ibn al-Mubarak (Jorasán) también participaron.
Este período de compilación oficial y sistemática fue seguido por un período de clasificación por tradicionistas tan importantes como Abu Dawud al-Tayalisi, Musaddad ibn Musarhad, al-Humaydi y Ahmad ibn Hanbal, los cuales compusieron sus Musnads. Abd al-Razzaq ibn Hammam y otros redactaron sus Musannafs y Ibn Abi Zib y el Imán Malik produjeron sus Al-Muwattas. Yahya ibn Said al-Qattan y Yahya ibn Said al-Ansari también han de ser mencionados entre las preeminentes personalidades de este período.
Luego vino el período de tradicionistas tan importantes como Bujari, Muslim, Abu Dawud, Nasai, Tirmizi e Ibn Maya, que compusieron los conocidísimos seis libros auténticos de tradiciones. Estas celebridades, y otras personas ilustres como Yahya ibn Main, incluyeron en sus colecciones lo que creyeron eran las tradiciones más auténticas tras juzgarlas según los más estrictos criterios.
Por ejemplo, el Imán Bujari fue a la búsqueda de una tradición transmitida por un hombre famoso por su fiabilidad y piedad. Cuando vio al hombre sujetar su gorro ante su animal como si contuviese algo para comer en un intento de que le siguiese, le preguntó al hombre si el gorro contenía algún alimento para el animal. Cuando le dijo que no, Bujari no tomó ninguna tradición del hombre. Según él, si alguien podía engañar así a un animal, también podría engañar a la gente. Estos eran los exigentes criterios aplicados cuando se juzgaba la fiabilidad de los narradores.
Resumiendo, las tradiciones proféticas fueron escritas y también memorizadas durante el tiempo de los Compañeros. Cuando finalizó el primer siglo islámico, circulaban ampliamente en forma oral y escrita. El Califa Omar ibn Abd al-Aziz comisionó a eminentes eruditos para que produjesen la primera colección oficial en diferentes ciudades. Se distinguieron las tradiciones auténticas de las inventadas con el más riguroso cuidado y el más estricto criterio. Tras ser clasificadas, se llevaron a cabo las colecciones más sistemáticas y exactas por parte de los más prominentes tradicionistas de aquella época.
Más tarde se compusieron nuevos y auténticos libros de tradiciones. Asimismo, ilustres críticos de tradiciones tal y como Ibn Hayar al-Asqalani, Ibn Abd al-Barr, Zahabi, Ibn al-Yawzi y Zayn al-Din al-Iraqi revisaron todas las tradiciones y escribieron largos compendios sobre sus narradores.
Como resultado de dicha actividad académica, la Sunna nos ha llegado por los canales más fidedignos. Nadie puede poner en duda la autenticidad de esta segunda fuente del Islam, que se aproxima al Corán en pureza, autenticidad y fiabilidad.

[1] Ibn Sad, Tabaqat, 2:22
[2] Muslim, “Zuhd” 72; Darimi, “Muqaddima” 42.
[3] Jatib al-Baghdadi, Taqyid al-‘Ilm, 34.
[4] Bujari, “‘Ilm” 39.
[5] Abu Dawud, “‘Ilm,” 3; Ibn Hanbal, 2:162; Darimi, “Muqaddima” 43.
[6] Tirmizi, “‘Ilm” 12.
[7] Hindi, Kanz al-‘Ummal, 10:232.
[8] Darimi, “Muqaddima,” 43.
[9] Abu Dawud, “‘Ilm” 3; Tirmizi, “‘Ilm” 12.
[10] Bujari, “‘Ilm” 39; Ibn Hanbal, 1:100.
[11] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna qabl al-Tadwin, 352.
[12] Darimi, “Diyat” 12.
[13] Jatib al-Baghdadi, “Al-Kifaya” 330.
[14] Ibn Sad, 7:2; Jatib al-Baghdadi, “Al-Kifaya” 354.
[15] Bujari, “‘Ilm” 34.

La Dimensión Militar

El Islam es la religión escogida por Allah para el bienestar de la humanidad tanto individual como colectivamente en este mundo y en el próximo. Está basada en creer en Allah, adorarLe y no consiente en asociarLe a nadie, sea en forma de algo creado, una persona o un concepto. La verdadera creencia y la adoración requieren una inquietud profunda para todas las cosas animadas e inanimadas. Cuanto más profunda es su creencia en Allah y su sumisión a Él, tan profundo será su interés por todas las criaturas. Creer en la Unidad de Allah impide a la humanidad disfrutar y ejercer la libertad absoluta ocupándose de las criaturas.
El Islam es una palabra derivada de la raíz árabe s-l-m, que significa la salvación, la paz y la sumisión. En su contexto religioso, esto es la expresión de la Gracia de Allah que fluye en las arterias del universo, el sistema Divino al cual todas las criaturas –excepto los humanos– se han rendido de manera complaciente. El universo muestra un orden perfecto, porque todo en ello es musulmán, en el sentido que todos se rinden ante las leyes de Allah. Incluso la gente que rechaza creer en Allah o adora otras cosas más que Él son musulmanes, porque hasta su existencia corporal está involucrada. Mientras pasamos de ser un embrión a un cadáver, cada tejido corporal y cada extremidad siguen el curso prescrito por la ley de Allah.
El principio fundamental islámico de la Unidad Divina implica que la humanidad necesariamente debe estar en armonía con el mundo que la rodea. El vasto universo musulmán del cual es una parte nuestro mundo, muestra una coherencia y armonía. Aunque nuestro mundo esté sujeto a leyes especiales propias y “leyes generales de la naturaleza”, también está en armonía con otras leyes que gobiernan fenómenos circundantes. Los seres humanos, a diferencia de otras criaturas que obedecen “el camino de la naturaleza” están a su libre albedrío. Nosotros tenemos el don de la libertad además de la obligación de armonizar nuestra vida con la naturaleza. Esta armonía es también el camino de nuestra exaltación y progreso, el camino sobre el cual Allah creó la naturaleza humana:
¡Profesa la Religión como hanif, según la naturaleza primigenia que Allah ha puesto en los hombres! No cabe alteración en la creación de Allah. Ésa es la religión verdadera. Pero la mayoría de los hombres no saben (30:30).
Para armonizar nuestras vidas con la naturaleza, primero deberíamos darnos cuenta de nuestra integridad personal. Para hacer esto, debemos emplear nuestro libre albedrío en nuestras energías –p.ej. deseos, pensamientos y acciones– para guardarlos dentro de los límites establecidos por Allah. Si no reconocemos estos límites, podemos usurpar la propiedad del otro, buscar relaciones sexuales ilícitas y entregarnos a otros pecados. Si no reconocemos esos límites con respecto a nuestro intelecto, podemos usarlos para engañar a los demás. Nuestros poderes deben ser mantenidos bajo control, nuestra inteligencia debe ser usada con sabiduría y nuestro deseo y cólera deben ser contenidos por una conducta lícita y moderada. Además, debemos recordar que somos seres sociales; si no nos dominamos como Allah exige, la maldad, la explotación, el desorden y la revolución aparecerán en la sociedad.
A Allah no le gusta la maldad y el desorden sino más bien Él desea que vivamos en paz y justicia. Por eso, aquellos que creen en Allah y Lo adoran tienen que trabajar fielmente por la justicia en este mundo. El Islam llama a esa responsabilidad yihad.