02 diciembre, 2007

Su modestia

En la sociedad, cada persona tiene una ventana (categoría) a través de la cual él o ella mira para ver a los demás y ser visto. Si la ventana está situada a una altura mayor que su talla real, la gente intenta parecer más alta haciendo uso de la vanidad y adoptando aires de grandeza. Si la ventana está situada a una altura menor que su talla real, se deben inclinar en humildad para mirar hacia fuera, ver y ser vistos. La humildad es la medida de la grandeza de uno, del mismo modo que la vanidad y el engreimiento es la medida del vil carácter.[1]
El mensajero era de una talla moral tan elevada que se podría decir que tocaba el “techo de los Cielos”. Por lo tanto, no tenía necesidad alguna de ser visto. Quienquiera que viaje en el mundo de las virtudes, le ve antes que a cualquier ser creado, incluidos los ángeles. En las palabras de Said Nursi, el Mensajero es el noble ayudante de campo de Allah. Se rebajó a sí mismo para estar durante un tiempo en este mundo a fin de que la gente pudiese encontrar su camino hacia Allah. Al ser el mejor de toda la humanidad, era el mejor en modestia. Concuerda con el conocido dicho: “Cuanto mejor sea uno, más modesto es”.
Nunca se consideró a sí mismo mejor que nadie. Sólo su radiante rostro y su atractiva persona le distinguían de sus Compañeros. Vivía y vestía como los más pobres y se sentaba y comía con ellos, tal y como lo hacía con los esclavos y los sirvientes. Una vez una mujer le vio comer y dijo: “Come como un esclavo”. El Mensajero respondió: “¿Puede haber un esclavo mejor que yo? Soy el esclavo de Allah”.[2]
Una vez, mientras servía a sus amigos, un beduino vino y gritó: “¿Quién es el señor de esta gente?”. El Mensajero respondió presentándose a sí mismo a la vez que enunciando un importante principio sobre el liderazgo islámico y la administración pública: “El señor de una gente es el que les sirve”. Ali dijo que, entre la gente, el Mensajero era como uno más. Cuando él y Abu Bakr llegaron a Quba mientras emigraban de La Meca a Medina, algunos medineses que no sabían qué aspecto tenía el Profeta, trataron de besarle las manos a Abu Bakr. El único signo externo que les distinguía era que Abu Bakr parecía mayor que el Mensajero.[3]
Mientras los musulmanes construían la mezquita de Medina, el Profeta cargaba con dos ladrillos de adobe; los demás sólo cargaban con uno.[4] Mientras cavaban el foso para defender Medina, los Compañeros se ataron una piedra al vientre para calmar su hambre. El Mensajero se ató dos.[5] Cuando un hombre le vio por primera vez y empezó a temblar de miedo al contemplar su imponente aspecto, el Mensajero le calmó y le dijo: “Hermano, no temas. Soy un hombre como tú, cuya madre solía comer pan seco”.[6] En otra ocasión, una mujer demente le tomó de la mano y le dijo: “Ven conmigo y haz mis tareas domésticas”. Él Mensajero hizo lo que le pidió.[7] Aisha informó de que el Mensajero se remendaba sus ropas, reparaba su calzado y ayudaba a sus esposas con los quehaceres domésticos.[8]
A pesar de que su modestia le elevó al más alto rango, el se consideraba a sí mismo como un siervo de Allah cualquiera: “Nadie entra en el Paraíso por sus actos”. Cuando se le preguntó si esto era verdad incluso para él, dijo que él sólo podría entrar en el Paraíso gracias la Misericordia de Allah”.[9]
Sus Compañeros siempre le pidieron consejo o permiso antes de cualquier acción. Una vez, Omar le pidió permiso para hacer la peregrinación menor. El Mensajero se lo permitió e incluso le pidió a Omar que le incluyese en sus súplicas. Omar se alegró tanto que más tarde dijo: “Si los mundos me hubiesen sido concedidos aquel día, no me hubiese sentido tan feliz”.[10]
La humildad era una de las mayores cualidades del Profeta. Al aumentar su rango cada día, aumentaba su humildad y servidumbre a Allah. Su cualidad de siervo era anterior a su cualidad de Mensajero, según se puede ver en la declaración de fe: “Testifico que no hay más dios que Allah; y testifico que Muhammad es Su siervo y Mensajero”. Prefirió ser un Profeta-esclavo que ser un Profeta-rey.
Un día, mientras estaba sentado con el Arcángel Gabriel, el Mensajero dijo que no había comido durante varios días. En cuanto dijo eso, otro ángel apareció y le preguntó: “Mensajero de Allah, Allah te saluda y te pregunta si deseas ser un Profeta-rey o un Profeta-esclavo”. Gabriel le aconsejó que fuese humilde ante su Señor. Y como la humildad formaba parte de su carácter, el Mensajero respondió: “Quiero ser un Profeta-esclavo”.[11] Allah alaba su servidumbre y le menciona como siervo en varios versículos: Y cuando el siervo de Allah se ponía a invocarlo a punto estaban (los genios) de venírsele encima (para verle rezar) (72:19), y:
Y si tenéis alguna duda sobre lo que hemos revelado a Nuestro siervo, venid vosotros con una sura igual; y si decís la verdad, llamad a esos testigos que tenéis en vez de Allah (2:23).
Después de las muertes de Jadiya y de Abu Talib, el Mensajero se convenció de que ya no podía esperar ni victoria ni seguridad en La Meca. Por lo que antes de que las cosas llegasen a un estado crítico, buscó una nueva base en Taif. Al ver a los habitantes de la misma tan hostiles, sintió que no tenía apoyo ni protección. Pero Allah manifestó su Misericordia y le honró con la Ascensión a Su Presencia. Al narrar dicho evento, Allah le menciona como Su siervo para mostrar que merecía la Ascensión a causa de su servidumbre:
¡Gloria a Quien una noche hizo viajar a Su siervo desde la Mezquita Inviolable hasta la Mezquita más lejana, aquella cuyos alrededores hemos bendecido, para mostrarle parte de Nuestros signos! Verdaderamente Él es Quien oye y Quien ve (17:1).
La humildad es el más importante aspecto de la sumisión del Mensajero. Declaró: “Allah exalta al humilde y humilla al altivo”.[12] Ali describe al Mensajero como:
Era el más generoso dando, y el más afable y el que más paciencia y perseverancia tenía. Era el más sincero en el habla y el más amistoso y agradable en la compañía. Era el más noble de todos en cuanto a linaje. El que le veía por primera vez, se sobrecogía; pero quien le conocía de cerca, era atraído profundamente por él. Quienquiera que haya intentado describirle dice: “Nunca he visto a nadie como él”.[13]

[1] Said Nursi, Cartas, 2:315.
[2] Hayzami, Majma‘, 9:21.
[3] Ibn Hisham, 2:137.
[4] Bujari, 1:111; Muslim, 2:65; Semhudi, Wafa’, 1:237; Ibn Sad, 1: 240.
[5] Tirmizi, “Zuhd” 39.
[6] Ibn Maya, “At‘ima,” 30; Hayzami, 9:20.
[7] Qadi ‘Iyad, Al-Shifa’, 1:131, 133.
[8] Tirmizi, Shama’il, 78; Ibn Hanbal, 6:256.
[9] Bujari, “Riqaq” 18.
[10] Ibn Maya, “Manasik,” 5; Tirmizi, “DaAwat,” 109; Abu Dawud, “Witr,” 23.
[11] Ibn Hanbal, 2:231; Hayzami, 9:18.
[12] Hindi, Kanz al-‘Ummal, 3:113; Hayzami, 10:325.
[13] Tirmizi, Hadiz No. 3880.

Los valores creados por el Mensajero

Es difícil para notros comprender al Profeta Muhammad completamente. Debido a que tendemos a compartimentar el universo, la vida y la humanidad misma, carecemos de una visión unitaria. No obstante, el Profeta Muhammad combinaba perfectamente en su persona el intelecto de un filósofo, el valor de un comandante, el genio de un científico, la sabiduría de un sabio, la visión y la capacidad administrativa de un estadista, la profundidad de un maestro sufí y el conocimiento de un erudito.
Los filósofos producen estudiantes, no seguidores; los líderes revolucionarios crean seguidores, no gente completa; los maestros sufíes crean “señores de sumisión”, no luchadores activos o intelectuales. Pero en el Profeta Muhammad, encontramos las características del filósofo, el líder revolucionario, el guerrero, el estadista y el maestro sufí. Su escuela es de intelecto y pensamiento, revolución, sumisión y disciplina, bondad, belleza, éxtasis y movimiento.
El Profeta Muhammad transformó a los groseros, ignorantes, salvajes y obstinados árabes del desierto en hábiles luchadores, en una comunidad de sinceros devotos de una sublime causa, una sociedad de dulzura y compasión, en una asamblea de santidad y en una hueste de intelectuales y eruditos. En ninguna parte vemos semejante fervor y ardor combinados con dulzura, amabilidad, sinceridad y compasión. Ésta es una característica única de la comunidad musulmana, algo visible desde sus primeros días.
El “Jardín” de Muhammad. Islam, la escuela del Profeta Muhammad, ha sido un jardín rico en todo tipo de “flores”. Como agua que cae en una cascada, Allah ha hecho brotar de dicho jardín seres tan majestuosos como Abu Bakr, Omar, Osman, Ali, Omar ibn Abd al-Aziz, Mahdi al-Abbasi, Harun al-Rashid, Alp Arslan, Mehmed el Conquistador, Selim y Sulayman. Éstos no sólo eran estadistas de gran calibre e invencibles jefes militares, sino hombres de profunda espiritualidad, hondo conocimiento, oración y literatura.
El puro y bendito clima que el Mensajero creó dio lugar a que surgiesen generales invencibles. En la primera generación, vemos genios militares tales como Jalid, Sad ibn Abi Waqqas, Abu Ubayda, Shurahbil ibn Hasana y Ala al-Jadrami. Fueron seguidos por generales tan brillantes como Tariq ibn Ziyad y Uqba ibn Nafi, los cuales combinaron el genio militar con la ternura humana, la convicción religiosa y la devoción.
Cuando Uqba, el conquistador del Norte de África, alcanzó el Océano Atlántico, a tres mil doscientos kilómetros de distancia de Arabia, gritó: “Y ahora, ¡Que Allah se lleve mi alma! ¡Si este océano no se extendiese ante mí, transmitiría Tu santo Nombre a través del mismo a otras tierras!” Apenas podemos imaginarnos a Alejandro Magno pensar lo mismo cuando salió hacia Persia. Aun así, ambos conquistadores realizaron hazañas comparables.
El idealismo de Uqba y su “posiblidad” respecto a la Voluntad Divina se convirtió en una irresistible acción en este mundo. El imperio de Alejandro se hundió tras su muerte mientras que las tierras conquistadas por Uqba aún mantienen el Islam como cosmovisión, credo y modo de vida dominantes catorce siglos después, a pesar de los intentos realizados para cambiar dicha realidad.
Tariq era un general victorioso. No sólo cuando pudo derrotar a los noventa milhombres que componían el ejército visigodo con un puñado de abnegados hombres valientes, sino también cuando se paró ante el tesoro del rey visigodo y dijo: “¡Cuidado, Tariq! Ayer eras un esclavo y hoy eres un general victorioso; y mañana vas a estar bajo la tierra”.
Yavuz Selim, el Sultán Otomano que vio el mundo demasiado pequeño para dos gobernantes, fue realmente victorioso cuando coronó a algunos reyes y destronó a otros; y también cuando entró silenciosamente en Estambul mientras la gente dormía, tras conquistar Siria y Egipto, a fin de evitar la entusiasta bienvenida de la gente. También fue victorioso cuando ordenó que la toga manchada por el caballo de su maestro fuese puesta sobre su féretro por su santidad: había sido “manchada” por el caballo de un erudito.
Durante las rápidas conquistas después del Profeta, muchos de los conquistados fueron distribuidos entre las familias musulmanas. Esos esclavos liberados se convirtieron al final en los sabios religiosos más importantes: Hasan ibn Hasan al-Basri (Basra); Ata ibn Rabah, Muyahid, Said ibn Yubayr y Sulayman ibn Yasar (La Meca); Zayd ibn Aslam, Muhammad ibn al-Munkadir y Nafi ibn Abi Nuyayh (Medina); Alqama ibn Qays al-Najai, Aswad ibn Yazid, Hammad y Abu Hanifa Numan ibn Zabit (Kufa); Tawus y ibn Munabbih (Yemen); Ata ibn Abdallah al-Jorasani (Jorasán); y Maqhul (Damasco). Todos se abrieron como espléndidas y aromáticas flores del jardín de Muhammad. Establecieron el sistema legal del Islam y formaron a miles de juristas que escribieron y compilaron volúmenes que siguen teniendo valor como referencia legal.
Uno de esos juristas, el Imán Abu Hanifa, fundó la escuela hanafí, que tiene cientos de millones de seguidores hoy en día. Formó a eruditos de la talla del Imán Abu Yusuf, el Imán Zufar y el Imán Muhammad Hasan al-Shaybani, que enseñaron al Imán Muhammad Idris al- Shafí. Las notas que Abu Hanifa le dictó al Imán Shaybani fueron comentadas siglos después por el Imán Sarajsi (el “Sol de los Imanes”) en su obra de treinta volúmenes titulada Al-Mabsut.
El Imán Shafí, que estableció los principios metodológicos de la Ley Islámica, es considerado como el renovador de las ciencias religiosas. Sin embargo, cuando sus estudiantes le dijeron al Imán Sarajsi que el Imán Shafí había memorizado trescientos fascículos de tradiciones proféticas, el respondió: “Tiene el zakat (o sea: tan sólo una cuarenta parte) de las tradiciones que tengo en mi memoria”. Imán Shafí, Abu Hanifa, Imán Malik o Ahmad ibn Hanbal y otros muchos fueron formados en la escuela del Profeta Muhammad.
Luego están comentaristas coránicos de la talla de Ibn Yarir al-Tabari, Fajr al-Din al-Razi, Ibn Kazir, el Imán Suyuti, Allama Hamdi Yazir y Sayyid Qutb. Además, hay trasmisores de hadiz tan famosos como el Imán Bujari, Muslim, Tirmizi, Abu Dawud, Ibn Maya, Nasai, Ibn Hanbal, Bayhaqi, Darimi, Daraqutni, Sayf al-Din al-Iraqi, Ibn Hayar al-Asqalani, y muchos otros más. Todos son estrellas brillantes en el luminoso firmamento de las ciencias islámicas. Todos recibieron su luz del Profeta Muhammad.
Según el Islam, Allah creó la humanidad según el mejor modelo, como el más universal y abarcador escenario de Nombres y Atributos Divinos. Sin embargo, la gente, debido a su irresponsabilidad, puede llegar a sucumbir a los niveles más bajos. El Sufismo, la dimensión interna del Islam, guía a la gente a la perfección y les posibilita para que puedan adquirir otra vez su estado angélico primordial. El Islam ha producido innumerables santos. Al no separar nunca nuestra búsqueda metafísica o gnosis del estudio de la naturaleza, muchos sufíes eran también científicos. Santos como Abd al Qadir al-Yilani, Shah Naqshband, Maruf al-Karji, Hasan Shazili, Ahmad Badawi, Shayj al-Harrani, Yafar al-Sadiq, Yunayd al-Bagdadi, Bayazid al-Bistami, Muhyiddin ibn Arabi y Mewlana Yalaladdin al-Rumi han iluminado la vía hacia la verdad y han capacitado a otros para que puedan purificarse a sí mismos.
Como encarnación de la sinceridad, el amor divino y la intención pura que eran, los maestros sufíes eran la fuerza motriz y la fuente del poder que se hallaba tras las conquistas musulmanas e islamizar dichos territorios. Figuras como el Imán Gazali, el Imán Rabbani y Bediüzzaman Said Nursi son renovadores del más alto calibre, los cuales combinaban en sí mismos la iluminación del sabio, el conocimiento del erudito religioso y la espiritualidad de los grandes santos.
Islam es el camino medio. Su elaborada jerarquía del conocimiento está integrada en el principio de la Unidad Divina. Hay ciencias jurídicas, sociales y teológicas, además de metafísicas, las cuales derivan sus principios del Corán. A lo largo del tiempo, los musulmanes han elaborado ciencias filosóficas, naturales y matemáticas, cada una de las cuales tiene su fuente en uno de los Bellos Nombres de Allah. Por ejemplo, la medicina depende del nombre Sanador; la geometría y la ingeniería dependen de los nombres Justo, Determinante, Dador de Forma y Armonizador; la filosofía refleja el nombre Sabio.
Cada nivel de conocimiento ve la naturaleza desde un determinado prisma. Los juristas y los teólogos lo ven como el origen para la acción humana; los filósofos y los científicos lo ven como un dominio que ha de ser analizado y entendido; los metafísicos lo consideran como objeto de contemplación y el espejo reflector de las realidades extra-sensoriales. El Autor de la Naturaleza ha inscrito Su Sabiduría sobre cada hoja y piedra, en cada átomo y partícula, y ha creado el mundo natural de tal manera que cada fenómeno es un signo que indica la gloria de Su Unidad.
El Islam ha mantenido una íntima conexión entre la ciencia y los estudios islámicos. De ahí que la educación tradicional de los científicos musulmanes, sobre todo en los primeros siglos, comprendía la mayoría de las ciencias contemporáneas. Luego, la aptitud o el interés de cada científico le hizo convertirse en un experto y en un especialista en una o varias ciencias.
Universidades, librerías, observatorios y otras instituciones científicas jugaron un importante papel en la continuada vitalidad de la ciencia islámica. Esto, además de los estudiantes que viajaban cientos de millas para estudiar con reconocidos eruditos, aseguró que todo el corpus de conocimientos se mantuviese intacto y se transmitiese de un lugar a otro y de una generación a otra. Este conocimiento no se mantenía estático; sino que seguía expandiéndose y enriqueciéndose. Hoy hay cientos de miles de manuscritos islámicos (fundamentalmente en árabe) en las librerías del mundo. Un gran número de los cuales tratan de temas científicos.[1]
Por ejemplo, Abu Yusuf Yaqub al-Kindi (el “Filósofo de los Árabes”) escribió sobre filosofía, mineralogía, metalurgia, geología, física y medicina, entre otros temas, y era un consumado médico. Ibn al-Hayzam era un destacado matemático musulmán y, sin lugar a dudas, el mejor físico. Conocemos los nombres de más de cien obras suyas. Alrededor de diecinueve de las mismas tratan de las matemáticas, astronomía y física y han sido estudiadas por eruditos actuales. Su trabajo ejerció gran influencia en científicos posteriores, tanto en el mundo musulmán como en el occidental, donde se le conocía como Alhazen. Uno de sus obras sobre óptica fue traducida al latín en 1572.
Abu al-Rayhan al-Biruni fue uno de los grandes eruditos del Islam medieval, y seguramente el más original y profundo. Era bastante versado tanto en matemáticas como en astronomía y ciencias físicas y naturales. También se distinguió como geógrafo e historiador, cronista y lingüista y observador imparcial de diversos credos y costumbres. Figuras como al-Jarizmi (matemáticas), Ibn Shatir (astronomía), al-Jazini (física), Yabir ibn Hayyan (medicina) todavía son hoy recordadas. Andalucía fue el centro principal desde donde Occidente adquirió el conocimiento y la luz durante siglos.
El Islam fundó una civilización esplendorosa. Esto no se puede considerar como algo sorprendente, puesto que el Corán comienza con la orden: Lee: En el Nombre de Tu Señor Que ha creado (96:1). El Corán le dijo a la gente que leyese cuando había muy poco que leer y la mayor parte de la gente era iletrada. Lo que entendemos de esta aparente paradoja es que la humanidad debía “leer” el universo mismo como “Libro de la Creación” que es.
Su equivalente es el Corán, un libro de letras y palabras. Debemos observar el universo; percibir su significado y contenido; y, a través de dicha actividad, adquirir una percepción más profunda de la belleza y el esplendor del sistema del Creador y la infinitud de Su Poder. Por lo tanto, estamos obligados a penetrar dentro de los múltiples significados del universo, descubrir las leyes divinas de la naturaleza y establecer un mundo en el que la ciencia y la fe se complementan mutuamente. Todo esto hará que consigamos la felicidad en ambos mundos.
En obediencia a las órdenes del Corán y el ejemplo del Profeta, los musulmanes estudiaron el Libro de la Revelación Divina (el Corán) y el Libro de la Creación (el universo) y acabaron erigiendo una magnífica civilización. Los estudiosos de toda Europa se beneficiaron de los centros de estudios superiores establecidos en Damasco, Bujara, Bagdad, El Cairo, Fez, Qairawan, Zeituna, Córdoba, Sicilia, Ispahán, Delhi y otras grandes ciudades islámicas. Los historiadores comparan el mundo musulmán medieval, oscuro para Europa pero dorado y luminoso para los musulmanes, a una colmena. Las carreteras estaban llenas de estudiantes, científicos y eruditos viajando desde un centro de enseñanza a otro.
Durante los primeros cinco siglos de su existencia, el reino del Islam fue la región más civilizada y progresista. Salpicado de magníficas ciudades, refinadas mezquitas y tranquilas universidades, el Este musulmán ofrecía un sorprendente contraste con el Oeste cristiano, sumido en la Edad Oscura. Incluso tras la desastrosa invasión mogol y las Cruzadas del siglo XIII en adelante, manifestaba vigor y estaba por delante de Occidente.
A pesar del que el Islam gobernó dos tercios del mundo civilizado conocido durante al menos once siglos, la pereza y la negligencia con respecto a lo que ocurría más allá de sus fronteras le hizo decaer. Sin embargo, se ha de destacado claramente que sólo declinó la civilización musulmana no el Islam. Las victorias militares y la superioridad, que prosiguió hasta el siglo XVIII, fomentó el hecho de que los musulmanes permanecieran apáticos y descuidasen las investigaciones científicas. Se dedicaron a vivir sus vidas y recitaron el Corán sin estudiar sus profundos significados. Mientras tanto, Europa hizo grandes avances en las ciencias que habían tomado de los musulmanes.
Lo que llamamos “ciencias” son, en realidad, lenguajes del Libro Divino de la Creación (otro aspecto del Islam). Los que ignoren dicho libro están avocados al fracaso en este mundo. Cuando los musulmanes empezaron a ignorarlo, fue sólo cuestión de tiempo el que fuesen dominados por alguna fuerza externa. En este caso, dicha fuerza externa era Europa. La crueldad, la opresión y el imperialismo europeo también contribuyeron en gran medida a este resultado.
La civilización moderna actual no va a durar por mucho tiempo, ya que es materialista y no puede satisfacer las eternas necesidades humanas. Sociólogos occidentales tales como Oswald Spengler han predicho su colapso alegando que va contra la naturaleza y los valores humanos. Por otra parte, el Islam ha existido a lo largo de catorce siglos. Además, es totalmente capaz de establecer el brillante mundo futuro sobre el firme fundamento de su credo, ética, espiritualidad, moralidad, además de su estructura legal, social y económica.
Nota final
Este es el homenaje del historiador francés Lamartine al Profeta del Islam: “¿Existe algún hombre más eminente que Muhammad?”.
Nunca un hombre ha establecido para sí mismo, voluntaria o involuntariamente, un objetivo más sublime, puesto que el objetivo era sobrehumano: Socavar las supersticiones que se han interpuesto entre el ser humano y su Creador, darle a Allah el hombre y el hombre a Allah; restaurar la idea racional y sagrada de la divinidad en medio del caos de dioses materiales y desfigurados de la idolatría entonces existente. Nunca un hombre ha acometido un trabajo tan fuera del alcance del poder humano con medios tan débiles, pues en la concepción y la ejecución de semejante empresa no tenía otro instrumento que a sí mismo y la única ayuda que un puñado de hombres que vivían en los confines de un desierto. Por último, nunca un hombre ha logrado una revolución de semejante envergadura y duración en el mundo. Pues en menos de dos siglos tras haber desaparecido, el Islam reinó religiosa y militarmente sobre toda Arabia, y conquistó en nombre de Allah Persia, Jorasán, el Oeste de la India, Siria, Abisinia, todas las tierras conocidas del Norte de África, numerosas islas del Mediterráneo, España y parte de la Galia.
Si la grandeza del propósito, los pocos medios e increíbles resultados son los tres criterios del genio humano, ¿quién se atreve a comparar cualquier gran hombre con Muhammad? Los hombres más famosos solamente crearon armas, leyes e imperios. Si algo fundaron, no eran más que poderes materiales que frecuentemente se desmoronaron ante sus ojos. Este hombre no sólo cambió ejércitos, legislaciones, imperios, gentes y dinastías, sino millones de seres humanos en un tercio del entonces mundo habitado. Más incluso que eso, cambió altares, dioses, religiones, ideas, creencias y almas. Sobre la base de un Libro, cuyas letras se han convertido en ley, creó una nacionalidad espiritual que ha mezclado a gente de todas las lenguas y razas. Ha dejado en nosotros la imborrable característica de la nacionalidad musulmana, el odio a los falsos dioses y la pasión por el Único Allah inmaterial. Este patriotismo vengador contra la profanación del Cielo forma la virtud de los seguidores de Muhammad: la conquista de un tercio de la Tierra por parte de su credo fue un milagro.
La idea de la Unidad de Allah proclamada en medio de las ya agotadas fabulosas teogonías era en sí un milagro de tal envergadura que, su sola declaración hecha por sus labios destruyó todos los antiguos templos de ídolos e incendió un tercio del mundo. Su vida, sus meditaciones, su heroica revolución contra las supersticiones de su país, y su valor en la lucha contra la furia de la idolatría; su determinación al resistir durante trece años en La Meca… Su predicación incesante, sus guerras contra la incertidumbre, la fe en su propósito y su confianza sobrehumana en Allah en momentos de desgracia, su paciencia para conseguir la victoria, su ambición completamente dedicada a una idea y de ninguna manera orientada a ensalzar un determinado imperio; su rezo incesante, su conversación mística con Allah, su muerte y su triunfo después de la muerte; todo esto no atestigua más que una convicción firme… Y fue esta convicción la que le dio el poder de restaurar un credo. Este credo era dual, la Unidad de Allah y Su inmaterialidad; lo primero dice lo que Allah es; y lo segundo lo que no es”.
Filósofo, orador, apóstol, legislador, guerrero, conquistador de ideas, restaurador de dogmas racionales, de un culto sin imágenes; fundador de veinte estados terrestres y un estado espiritual, ese es Muhammad. Respecto a los criterios por los cuales la grandeza humana puede ser medida, podemos preguntarnos: ¿Existe algún hombre más grande que él? (Nota del Traductor).

[1] George Sarton, en su monumental Introducción a la Historia de la Ciencia, dividió su obra en capítulos que iban en orden cronológico, nombrando cada capítulo con el nombre del científico más eminente de dicho período. Desde la mitad del siglo II (siglo VIII d.C.) hasta la mitad del siglo V (XI d.C.), cada período de cincuenta años lleva el nombre de un científico musulmán. Por lo que tenemos la “Época de Jarizmi”, la “Época de Biruni”, etc. En esos capítulos también figuran los nombres de otros importantes científicos musulmanes y sus principales obras (Nota del traductor).

La advertencia del Mensajero y el autocontrol de los Compañeros

Los Compañeros y las generaciones que les sucedieron eran muy meticulosos con la narración y la transmisión de dichas tradiciones.[1] Se esforzaron en separar dichas tradiciones de las que habían sido inventadas (para satisfacer necesidades personales o sectarias). Tras memorizarlas palabra por palabra, transmitieron las verdaderas a las siguientes generaciones.
El Islam se distingue de la incredulidad por su firme arraigo en la veracidad. Los verdaderos musulmanes no mienten. Los Compañeros y sus sucesores probaron su apego al Islam por medio de su sacrificio personal. Temían a Allah, vivían austeramente y evitaban las comodidades mundanas. Grandes eruditos y santos surgieron de entre ellos y sus ejemplos aún son seguidos.
El Mensajero advirtió a la gente que no mintiese sobre él: “Los que mientan sobre mí que preparen sus moradas en el fuego”.[2] “Quien transmita algo falso de mí es un mentiroso”.[3] Ante dichas advertencias, los Compañeros, los cuales se habían sacrificado por la causa del Islam durante todas sus vidas, ¿se les ocurriría siquiera pensar en mentir sobre el Mensajero?
En base a estas consideraciones, los Compañeros se tomaban con gran esmero la narración de las tradiciones para que no ocurriese error ni malentendido alguno. Por ejemplo, Ali solía decir: “Temo tanto narrar tradiciones del Mensajero que prefiero caerme desde el cielo a decir una mentira sobre él”.[4]
Abdallah ibn al-Masud, uno de los Compañeros más cultos y cercanos era igual de cuidadoso. Cuando se le pedía que contase algo sobre el Mensajero, empezaba diciendo: “El Mensajero de Allah dijo”, se paraba e inclinaba la cabeza, respiraba profundamente y se desabrochaba el cuello a la vez que sus ojos se llenaban de lágrimas. Tras la narración, añadía: “El Mensajero de Allah dijo eso, o algo similar a eso, o algo más o menos como eso”.[5]
Zubayr ibn Awwam, uno de los diez Compañeros a los que se le aseguró el Paraíso, sólo narró unas pocas tradiciones del Mensajero. Cuando su hijo le preguntó por qué, respondió: “Me da mucho miedo decir algo diferente a lo que el Mensajero realmente dijo. Ya que él dijo: ‘Los que mientan sobre mí intencionadamente que preparen sus moradas en el fuego’”.[6] Anas ibn Malik, que sirvió al Profeta durante diez años, dijo: Si no me diese tanto miedo cometer errores, relataría muchas más narraciones sobre el Mensajero”.[7]
Abd al-Rahman ibn Abi Layla llegó a conocer a quinientos Compañeros. Cuando visitaba un lugar, la gente decía: “El hombre que conoció a quinientos Compañeros ha venido a nuestra ciudad”. Tenía una gran influencia sobre Abu Hanifa y el Imán Abu Yusuf. Nos informó de lo siguiente: “Estaba personalmente familiarizado con ciento veinte Compañeros. A veces todos estaban en la misma mezquita. Cuando se les preguntaba algo, cada uno esperaba que el otro respondiese. Si se les pedía que narrasen una tradición, ninguno se atrevía a hacerlo. Finalmente, uno se encomendaba a Allah y empezaba a narrar. Y siempre añadía: ‘El Mensajero dijo eso, o algo similar a eso, o algo más o menos como eso’”.[8]
Zayd ibn Arqam fue una de las primeras personas en abrazar el Islam. En los primeros tiempos del Islam, el Mensajero se reunía con los musulmanes en secreto en su casa. Zayd fue nombrado superintendente del Tesoro Público durante los califatos de Omar y Osman. Cuando vio a Osman dar artículos del Tesoro a sus familiares, le dijo: “Comendador de los Creyentes. La gente va a sospechar de mí y no va a confiar más en mí. Permíteme que dimita”. Cuando Abd al-Rahman ibn Abi Layla le pidió que narrase una tradición, Zayd respondió: “Hijo mío, me he hecho viejo y olvidadizo. Narrar algo del Mensajero no es nada fácil”.[9]

[1] Los primeros dos o tres narradores citados en la cadena de autoridad de una tradición.
[2] Bujari, “‘Ilm” 38; Muslim, “Zuhd” 72; Abu Dawud, “‘Ilm” 4; Tirmizi, “Fitan” 70.
[3] Muslim, “Muqaddima” 1.
[4] Bujari, “Istitaba” 6; Abu Dawud, “Sunna” 28.
[5] Ibn Maya, “Muqaddima” 3.
[6] Bujari, “‘Ilm” 38; Muslim, “Zuhd” 72.
[7] Darimi, “Muqaddima” 25.
[8] Zahabi, Siyar A‘lam al-Nubala’, 4:263.
[9] Ibn Maya, “Muqaddima” 3

Narración literal

A pesar de que la narración literal es mejor y siempre preferible, se permite la narración del significado si el narrador tiene gran dominio del árabe, si la palabra usada es apropiada en el contexto en cuestión y si el original ha sido olvidado. Sin embargo, los Compañeros siempre narraban las tradiciones literalmente a pesar de esta licencia. Por ejemplo, un día Ubayd ibn Umayr narró lo siguiente: “El hipócrita es como la oveja abandonada entre rabidayn (dos rebaños)”. Abdallah ibn Omar objetó diciendo: “No ha dicho eso. Yo escuché al Mensajero decir: ‘El hipócrita es como la oveja abandonada entre ghanamayn (dos rebaños)’”.[1] El significado es el mismo; la diferencia sólo radica entre las palabras rabidayn y ghanamayn.
Este mismo esmero fue adoptado por los estudiosos o narradores de la generación siguiente a la de los compañeros: los Tabi’un (los que siguen). Por ejemplo, alguien narró en presencia de Sufyan ibn Uyayna: “El Mensajero prohibió dejar que el jugo (de uvas, dátiles y similares) fermente (an yuntabadha) en cuencos hechos de calabaza forrados de brea”. Sufran objetó diciendo: “Escuché a Zuhri narrar lo siguiente: ‘El Mensajero prohibió dejar que el jugo (de uvas, dátiles y similares) fermente (an yunbadha) en cuencos hechos de calabaza forrados de brea’”.[2] No hay diferencia en el significado, sino tan sólo en la conjugación del verbo.
Bara ibn Azib relató lo siguiente:
El Mensajero me aconsejó lo siguiente: Haz wudu antes de irte a la cama. Luego, échate sobre tu costado derecho y di lo siguiente: “Allah, me someto a Ti y Te confío mi asunto. Me refugio en Ti, en temor de Ti y en pos de Ti. No hay refugio de Ti sino en Ti. Creo en Tu Libro que has hecho descender y en Tu Profeta que has enviado”. Para memorizarlo inmediatamente, se lo repetí al Mensajero y dije al final: “Tu Mensajero que has enviado”. Él me corrigió la frase final diciendo: “Tu Profeta que has enviado”.[3]
La gente sueña cuando duerme. Los sueños verídicos constituyen la cuadragésima sexta parte de la Profecía, ya que el Mensajero tuvo sueños verídicos durante los seis primeros meses de sus veintitrés años de Profecía. Es por el hecho de estar vinculados a la cualidad de Profeta, y no de Mensajero,[4] por lo que el Mensajero corrigió a Bara. Esta diligencia fue expresada por todos los Compañeros, los cuales estudiaron las tradiciones que escucharon del Mensajero y las analizaron. El Mensajero les dijo: “Memorizad y estudiad las tradiciones, ya que están relacionadas entre ellas. Por lo tanto, reuniros y analizadlas”.[5]

[1] Abu Dawud al-Tayalisi, Musnad, 248.
[2] Jatib al-Baghdadi, Al-Kifaya fi ‘Ilm al-Riwaya, 178.
[3] Bujari, “Daawat” 6.
[4] Profeta es aquel que recibe revelación, pero no le es dado un Libro, por lo que sigue la vía del Mensajero anterior. Mensajero es el que por lo general recibe un Libro o unas Páginas y establece un camino a seguir (Nota del traductor).
[5] Darimi, “Muqaddima” 51.

Verificación

Los Compañeros se esforzaron en verificar el significado de las tradiciones. Ninguno de ellos mentía, ya que su temor del castigo divino era enorme. Sin embargo, los transmisores pudieron haber malentendido alguna tradición, no captar algún punto importante de la misma al recibirla del Mensajero o malinterpretarla. Sin intención alguna de oponerse al Mensajero, se esforzaron en entender su verdadero propósito y analizaron lo que recibieron de él.
Una mujer le preguntó al Califa Abu Bakr si podía heredar de sus nietos. El respondió: “No he visto nada en el Corán que lo permita, ni recuerdo al Mensajero decir algo al respecto”. Mughira ibn Shuba se puso de pie y dijo: “El Mensajero permitió a la abuela que heredase una sexta parte (del patrimonio)”. Abu Bakr le preguntó a Mughira si podía aportar un testigo que diese fe de ello. Cuando Muhammad ibn Maslama dio fe de ello, Abu Bakr dio a la mujer una sexta parte del patrimonio de su nieto.[1]
Cuando el Mensajero declaró: “Los que sean llamados por Allah a rendir cuentas por sus acciones el Día del Juicio estarán arruinados”, Aisha preguntó: “¿Qué pasa con la declaración divina que consta en el Corán que dice así: Entonces, serán llamados a rendir cuentas (por sus actos), y será una cuenta fácil? El Mensajero respondió: “Se refiere a la presentación. Todos rendirán cuentas de sus actos ante Allah. Si los que obraron mal niegan sus malas acciones, entonces Allah les informará sobre sus obras. Esos son los que estarán arruinados”.[2]
Según consta en Bujari, Omar narró lo siguiente:
Escuché a Hisham ibn Hakim pronunciar algunas palabras de la Sura al-Furqan de modo algo diferente a cómo el Mensajero me había enseñado. Esperé pacientemente hasta que aquél hubo acabado de rezar, y le pregunté: “¿Quién te ha enseñado dicha recitación?”. Cuando me dijo que la había aprendido del Mensajero, le llevé ante el Mensajero y le expliqué la situación. El Mensajero le pidió a Hisham que recitase la Sura, lo cual hizo. Entonces, el Mensajero asintió con la cabeza y dijo: “Así me fue revelada”. Luego, me pidió que recitase yo, lo cual hice. Asimismo, asintió con la cabeza y dijo: “Así me fue revelada”. Y añadió: “El Corán fue revelado de nueve maneras diferentes. Recitadla de la manera que os sea más fácil”.[3]
Los Compañeros se dedicaron tanto a la Sunna que viajaban largas distancias tan sólo para aprender un solo hadiz. Por ejemplo, Abu Ayyub al-Ansari viajó de Medina a Egipto para comprobar la formulación exacta de un hadiz. De entre los que lo había escuchado del Mensajero, sólo Uqba ibn Amir estaba aún vivo y residía en Egipto. Abu Ayyub llegó a la capital y apelando a su gobernador, Maslama ibn Mujallad, obtuvo un guía que le llevó hasta Uqba. Cuando se encontró con dicho Compañero en una calle, le preguntó sobre: “Quien encubra el defecto de un creyente en esta vida, Allah encubrirá sus defectos en la próxima”[4]. Y al decirle Uqba que su memoria era correcta, Abu Ayyub se dio media vuelta y dijo: “He venido sólo por este hadiz. No me gustaría mancillar mi intención quedándome para otros asuntos”.[5]
Tal y como consta en Bujari, Yabir ibn Abdallah viajó durante todo un mes tan sólo para recibir un hadiz directamente de su narrador, Abdallah ibn Unays. Al encontrar a Abdallah, le dijo: “Me ha sido dicho que tú narras un hadiz que no he escuchado del Mensajero. Temiendo que uno de nosotros muriese antes de que lo aprendiese, he venido a ti”. Yabir aprendió el hadiz y regresó a Medina.[6]
Dichos viajes prosiguieron a lo largo de los siglos. Said ibn al-Musayyib, Masruq ibn Ayda y otros hicieron largos viajes para aprender un solo hadiz o para confirmar una sola letra de un hadiz. Kazir ibn Qais, uno de los amantes del conocimiento, viajó de Medina a Damasco para aprender un hadiz de Abu Darda.[7]
Los Tabi’un mostraron el mismo grado de cautela que los Compañeros al narrar tradiciones. Tal y como Amash dijo, preferían que se les cayese encima el cielo a añadir incorrectamente una sola vocal a un hadiz.[8]
Los Ahl al-Sunna wa al-Yamaa están de acuerdo en la absoluta veracidad de los Compañeros.[9] Sin embargo, tras los conflictos internos que surgieron entre los musulmanes, los Tabi’un empezaron a inspeccionar cualquier hadiz que escuchasen y a preguntar acerca de la veracidad de sus narradores. Muhammad ibn Sirin dijo: “Antes, no solíamos preguntar sobre los narradores. Pero después de que surgiesen conflictos internos, empezamos a preguntar”.[10]
Gente de débil carácter y fe poco sólida inventó tradiciones para promover sus creencias sectarias. Los Nasiba (los Omeyas y sus partidarios que se oponían a Ali) inventaron tradiciones a favor de Osman y Muawiya y contra Ali. Los Rafiditas (Chiítas extremistas) inventaron tradiciones contra Osman y Muawiya y a favor de Ali. Esto hizo que estudiosos meticulosos y buscadores de la verdad emprendiesen un examen cuidadoso de cada hadiz transmitido y del carácter de sus narradores. Abu al-Aliya dijo:
Ya no estábamos satisfechos con lo que se nos informaba de un Compañero. Viajábamos para recibirlo directamente del Compañero o Compañeros que lo habían narrado y para preguntar a otros Compañeros que lo conocían.[11]
El Imán Muslim narra que Bushayr al-Adawi narró un hadiz a Ibn Abbas. Al notar que éste no le prestaba atención, Bushayr le preguntó sorprendido: “¿Por qué no me escuchas? Estoy narrando un hadiz”. Ibn Abbas respondió lo siguiente:
En el pasado nuestros corazones saltaban de alegría y excitación cuando alguien empezaba a narrar un hadiz diciendo: “El Mensajero dijo”. Prestábamos toda nuestra atención. Pero después de que la gente empezó a viajar de un sitio para otro, sólo recibimos de los que ya conocemos.[12]
Ibn Abd al-Barr, el gran erudito de la España musulmana (Al-Andalus), relata de Amir ibn Sharahil al-Shabi, uno de los grandes estudiosos de los Tabi’un lo siguiente: Rabi ibn Husayn me relató el siguiente hadiz:
Los que reciten diez veces: “No hay mas dios que Allah, Uno y sin asociado. Suyo es el reino y Suya toda la alabanza. Da la vida y causa la muerte. Es poderoso sobre todas las cosas” obtendrán tanta recompensa como el que libere a un esclavo.
Shabi preguntó a Rabi quién le había narrado ese hadiz. Éste respondió que se lo narró Abd al-Rahman ibn Abi Layla. Shabi se fue y se encontró con Ibn Abi Layla, el cual vivía en otra ciudad. Ibn Abi Layla dio fe de la autenticidad de dicho hadiz, diciendo que se lo había escuchado a Abu Ayyub al-Ansari.[13]
Grandes estudiosos de la talla de Ibn Shihab al-Zuhri, Ibn Sirin, Sufyan al-Zawri, Amir ibn Sharahil al-Sha‘bi, Ibrahim ibn Yazid al-Nahai, Shuba, Abu Hilal, Qatada ibn Diama, Hisham al-Dastawai y Miz’ar ibn Qudam hicieron todo lo posible para determinar qué tradiciones eran auténticas y cuáles eran inventadas. Cuando no estaban seguros acerca de la autenticidad de una tradición, se consultaban mutuamente. Por ejemplo, Abu Hilal y Said ibn Abi Sadaqa preguntaron a Hisham al-Dastawai sobre la redacción exacta de una tradición sólo para asegurarse de ello. Shuba y Sufyan al-Zawri remitieron a Mizar un asunto del cual no tenían conocimiento exacto.[14] Estos grandes eruditos no permitieron que se difundiesen falsas tradiciones. Siempre y cuando escuchasen a gente conocida por sus opiniones sectarias narrar una tradición, estos tradicionistas les preguntaban quién era el que les había narrado dicha tradición.
Estos especialistas amantes y buscadores de la verdad ni siquiera se abstenían de revelar las debilidades de sus propias familias y allegados. Por ejemplo, Zayd ibn Unaysa advirtió a los tradicionistas de no recibir hadices de su hermano, posiblemente por su mala memoria, su poco cuidado o su sectarismo.[15] Cuando se le preguntaba por su padre, Ali ibn al-madini, el primero en escribir sobre los Compañeros, respondió: “Pregunta a otros acerca de él”. Cuando insistían, decía: “Hadiz significa religión; y mi padre es débil en ese punto”.[16]
Waqi ibn Yarrah, formado en la escuela de Abu hanifa y profesor del Imán Shafí, dijo: “Que yo sepa, nunca he olvidado nada después de haberlo escuchado. Ni recuerdo nada que haya tenido que repetir para poderlo memorizar, si sólo lo he escuchado una vez”. A pesar de la gran memoria que el Imán Shafí tenía, éste se quejó una vez ante Waqi de su pobre memoria. Waqi le dijo: “Deja de cometer pecados. El conocimiento es una luz que viene de Allah, y no puede ser concedida a los que pecan”. Cuando su padre, Yarrah, narraba un hadiz, Waqi se ponía junto a él. Cuando le preguntaron la razón de ello, respondió lo siguiente. “Mi padre trabaja en el departamento financiero del estado. Por lo que temo que suavice algunas tradiciones a favor del gobierno. Por eso le acompaño para evitar que se produzca ese fallo”.[17]
Mientras se escribían las tradiciones, también eran memorizadas por algunos de los mayores tradicionistas de la historia del Islam. Por ejemplo, Ahmad ibn Hanbal memorizó alrededor de un millón de tradiciones, entre las que estaban incluidas las auténticas, las buenas, las débiles y las inventadas (algunas eran idénticas en texto pero con cadenas de transmisión diferentes). Su libro, Musnad, contiene sólo cuarenta mil tradiciones de trescientos mil.
Yahya ibn Main memorizaba tanto tradiciones auténticas como inventadas. Cuando Ibn Hanbal le preguntó por qué hacía eso, le respondió: “Informo a la gente sobre las tradiciones inventadas para que elijan las auténticas”.[18] Muchos expertos se dedicaron a esta actividad conociendo miles de tradiciones de memoria. Los más famosos de entre ellos fueron Zuhri, Yahya ibn Said al-Qattan, Bujari, Muslim, Daraqutni, Hakim, Zahabi, Ibn Hayar al-Asqalani y el Imán Suyuti.
Gracias a los tremendos esfuerzos de dichos tradicionistas, las tradiciones auténticas se pudieron distinguir de las falsas. Además de registrar las tradiciones auténticas en libros y de memorizarlas, muchos tradicionistas escribieron acerca del carácter de los narradores, para que la gente supiese quién era fidedigno y quién no lo era; quién cuidadoso y quién no; quién era profundo y meticuloso y quién superficial; y quién era temeroso de Allah y quién irresponsable.
Cuando la gente les advirtió de que revelar los defectos de la gente acarrearía la vergüenza sobre dicha gente, respondieron así: “Hadiz significa religión. Por lo tanto se le debe conceder más prioridad que ocultar los defectos de los narradores”.[19] Yahya ibn Said al-Qattan, conocido por estar siempre al tanto de los defectos, solía decir: “Ante Allah, prefiero tenerles como enemigos que tener al Mensajero como enemigo”.[20]

[1] Tirmizi, “Faraid” 10.
[2] Bujari, “‘Ilm” 35; Muslim, “Janna” 79.
[3] Bujari, “Jusuma” 4; Muslim, “Musafirin” 270; Abu Dawud, “Witr” 22. Algunas palabras del Corán pueden ser pronunciadas con pequeñas diferencias. Por ejemplo en la Surat al-Fatiha, la palabra Mâlik también puede ser pronunciada Meliá, sin que ello constituya una diferencia sustancial en el significado. Otro ejemplo sería la palabra heyte en 12:23, la cual puede ser pronunciada hîte, sin diferencia de significado. Es una diferencia de acento únicamente (Nota del traductor).
[4] Bujari, “Maghazi” 3; Muslim, “Birr” 58.
[5] Jatib al-Baghdadi, “Al-Rihla fi Talab al-Hadiz” 118-24.
[6] Ibn Sad, Tabaqat, 3:178; Bujari, Al-Adab al-Mufrad, 337.
[7] Al-Baghdadi, “Al-Rihla fi Talab al-Hadiz” 78; Ibn Maya, “Muqaddima” 17.
[8] Jatib al-Baghdadi, Al-Kifaya fi ‘Ilm al-Riwaya, 178.
[9] Los Ahl al-Sunna wa al-Yamaa (la Gente de la Sunna y la Comunidad) son la gran mayoría de los musulmanes que siguen el camino del Profeta y los Compañeros. Algunas facciones difieren con ellos en temas sobre creencia (tal y como los Mutazila y los Yabriya) o en temas sobre el papel de los Compañeros en la religión (como los Jariyitas y los Chiitas). Ello es así en parte por inclinaciones políticas y también por haber sido influidos por los antiguos filósofos (Nota del traductor).
[10] Muslim, “Muqaddima” 5.
[11] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 178.
[12] Muslim, “Muqaddima” 5.
[13] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 222.
[14] Ibíd., 229.
[15] Muslim, “Muqaddima” 5.
[16] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 5:176; Zahabi, Mizan al-I‘tidal, 2:40.
[17] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 6:84.
[18] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna Qabl al-Tadwin, 229.
[19] Ibíd., 234.[20] Ibn Salah, Ulum al-Hadiz, 389.

Asegurando la autenticidad

Había varias maneras para saber si una tradición había sido inventada o no. Una era animar a los narradores a que confesasen. Esto no era raro entre los que habían caído en el sectarismo y luego, al ser guiados a la verdad, confesaban cuáles eran las tradiciones que se habían inventado.
Además, los tradicionistas eran extremadamente sensibles a la mentira. Si se podía probar que un narrador había mentido sólo una vez, todas las tradiciones que proviniesen de dicha fuente eran rechazadas. Los narradores debían ser totalmente veraces, tener buena memoria, ser esmerados en su práctica del Islam y no estar involucrados en sectarismos. Por otra parte, si a un narrador fidedigno se le debilitaba la memoria o sufría dificultades mentales similares, sus narraciones ya no eran aceptadas. Por ejemplo, cuando Ibn Abi Lahia, famoso por su austeridad y su temor a Allah, perdió el cuaderno que usaba para recitar sus tradiciones, el Imán Bujari se limitó a transmitir aquellas tradiciones suyas que habían sido confirmadas o reforzadas por otro narrador fiable.
Se dice que el estilo literario de una persona es propio de dicha persona. Por lo tanto, si eres un lector cuidadoso, puedes identificar a un autor por su estilo y distinguirlo de los demás. Los tradicionistas se dedicaron al Hadiz, por lo que podían distinguir fácilmente entre los dichos del Profeta y los efectuados por otra persona, por muy talentosa que fuese dicha persona.
Otro modo era juzgar las tradiciones de acuerdo al Corán y a los hadices mutawatir. Si tres o más Compañeros transmitían un hadiz del Profeta, el cual luego era transmitido a través de numerosas cadenas de transmisión de narradores fiables, es un hadiz mutawatir. Las tradiciones del Profeta transmitidas por un Compañero se llaman ahadi. Dichas tradiciones se consideraban auténticas después de haberlas contrastado con el Corán y con las tradiciones mutawatir.
A pesar de no tratarse de un método objetivo, algunos piadosos eruditos vieron al Mensajero en vigilia y recibieron tradiciones directamente de él. El hadiz qudsi: “Era un tesoro escondido y quise darme a conocer, por lo que cree el Universo” se dice que pertenece a esta clase de hadices.[1] Se dice que Yalal al-Din al-Suyuti vio en vigilia al Mensajero varias veces. Antes de escribir un hadiz que consideraba auténtico, el Imán Bujari hacía wudu y le refería el hadiz al Mensajero; y sólo escribía el hadiz en su cuaderno tras haber recibido la aprobación del Mensajero.[2] Algunos tradicionistas vieron al Compañero que había narrado el hadiz del Profeta.
Los tradicionistas escribieron obras de varios volúmenes acerca de los narradores, en las cuales proporcionaban detalles sobre sus biografías: dónde y cuándo habían nacido, a dónde emigraron y dónde vivieron, sus maestros, de quién recibieron, a quiénes narraron tradiciones y cuándo y dónde murieron.
El primer libro de este género fue el libro de Ali ibn al-Madini Kitab al-Marifat al-Sahaba (Libro del Conocimiento de los Compañeros). Entre los más importantes figuran los siguientes: la obra de Ibn Abd al-Barr Al-Istiab fi Marifat al-Ashab (Libro Exhaustivo sobre el Conocimiento de los Compañeros), el libro de Ibn Hayar al-Asqalani Al-Isaba fi Tamyiz al-Sahaba (El Acierto al Juzgar a los Compañeros), el libro de Ibn al-Azir Usd al-Ghaba (Los Leones del Bosque), la obra de Ibn Sad Al-Tabaqat al-Kubra (el diccionario biográfico más exhaustivo sobre los principales eruditos de entre los Compañeros y los Tabi’un), el Tarij Ibn Asakir (Historia de Ibn Asakir), el Tarij al-Bujari (Historia de Bujari) y la obra de Yahya ibn Main Al-Tarij al-Kabir (La Gran Historia).
Los grandes tradicionistas, entre los que figuran Bujari, Muslim, Tirmizi, Abu Dawud, Nasai, Ibn Maya y Ahmad ibn Hanbal, recopilaron tradiciones auténticas en voluminosos libros. Otros, como Maqdisi, recopilaron tradiciones inventadas. Luego, otros que vinieron posteriormente, examinaron una vez más la autenticidad de las tradiciones ya previamente recopiladas.
Por ejemplo, Ibn al-Yawzi (m. 597 d. H.) consideró que algunas de las tradiciones que figuraban en el Musnad de Ibn Hanbal eran de transmisión débil o incluso inventadas, y ello a pesar de pertenecer a la escuela legal de Ibn Hanbal. Más tarde, Ibn Hayar al-Asqalani hizo un examen detallado de las mismas tradiciones y, con excepción de trece, probó su autenticidad. Yalal al-Din al-Suyuti (m. 911 d. H.) las volvió a escudriñar una vez más y llegó a la conclusión de que ninguna había sido inventada, a pesar de que algunas tuviesen una cadena de transmisión débil. También revisó la obra de Ibn al-Yawzi Al-Mawduat al-Kubra (Gran Colección de tradiciones Inventadas) y especificó cuáles eran las auténticas. Siendo de la opinión de que tampoco el resto estuviesen inventadas, escribió Al-Laali al-Masnua (Perlas Artificiales).
Otros grandes tradicionistas reunieron compendios adicionales. Tradicionistas tan relevantes como Bujari y Muslim, eruditos de gran rigor, no incluyeron muchas tradiciones en sus colecciones. El Al-Mustadrak Ala al-Sahihayn de Hakim (Apéndice a las Dos Colecciones de Tradiciones Auténticas) constituye un voluminoso anexo a Bujari y Muslim. Éste, a su vez, fue rigurosamente revisado por Hafiz Zabi, conocido por su gran memoria.
En siglos posteriores, se escribieron libros acerca de extendidas máximas y dichos sabios considerados como hadices. El libro de Sajawi Maqasid al-Hasana y el de Ayluni Kashf al-Jafa los examinan una a una especificando cuáles son realmente tradiciones y cuáles no. Por ejemplo, aparte de las muchas tradiciones auténticas y versículos coránicos que animan a la gente a aprender, hay dichos populares como el de “Busca el conocimiento de la cuna a la sepultura” y el de “Busca el conocimiento aunque sea en la China”, los cuales fueron examinados por los tradicionistas quienes comprobaron que no eran realmente tradiciones.
Tras estos formidables estudios, exámenes detallados y rigurosas verificaciones, podemos afirmar que las colecciones de tradiciones auténticas no contienen ninguna que sea inventada. Los que continúan cuestionando la validez de las tradiciones y de la Sunna tan sólo actúan movidos por prejuicios religiosos, políticos o ideológicos, además de la tendenciosa erudición orientalista, a fin de proyectar dudas sobre esta fuente vital del Islam y sobre su puesta en práctica en la vida cotidiana.


[1] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:132; Ali al-Qari, “Al-Asrar al-Marfua,” 269.
[2] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 9:49.

Ejemplos de tradiciones inventadas

Estos son algunos ejemplos de tradiciones inventadas:
• Abu Hanifa es, tal vez, el mayor jurista musulmán, y aún brilla cual sol en el cielo de la jurisprudencia islámica. Sin embargo, el dicho atribuido al Profeta por el que dijo: Abu Hanifa es la luz de mi nación” no es un hadiz.[1] Debió de ser inventado por razones sectarias.
• “Tened gallos blancos” debió de ser inventado por algún vendedor de gallos, a pesar de que nos gusten los gallos blancos.[2]
• “Cuídate del mal de aquél a quien has hecho el bien” es otro dicho ilógico atribuido al Profeta.[3] Te puedes ganar el corazón de alguien siendo bueno con él. Si estuviese permitido atribuirle un dicho al Profeta, este sería así: “Haz el bien a quien temes su mal”, ya que se dice que la gente es esclava del bien que se les hace”.
• Aunque la racionalidad es uno de los principios del Islam, éste no depende del racionalismo. Nadie puede juzgar el Corán o al Profeta en base a los dictados de la razón individual. El Islam es la colección de principios establecidos por Allah, el Dueño y Dador de todo razonamiento e intelecto. Por lo tanto, el dicho: “Analizad entre vosotros un dicho atribuido a mí. Si está de acuerdo con la verdad, confirmadlo y tomadlo como principio religioso. No importa si lo he dicho o no”, es una invención.
• Otro dicho erróneamente atribuido al Mensajero es: “Nací en la época del Rey justo”.[4] Está inventado para exaltar al rey persa Anushirwan. Nadie puede darle honor al Mensajero, pues él es el que dio honor a toda la creación, y en especial a nuestro mundo.
• Otro bello dicho ampliamente difundido y erróneamente confundido con una tradición es: “La limpieza viene de la fe”. El significado es cierto, pero no consta que haya sido transmitido desde el Mensajero a través de una cadena fiable. Más bien, él dijo: “La pureza (de cuerpo, mente y corazón) es la mitad de la fe, y al-hamdu li-Allah (toda la alabanza sea para Allah) llena la balanza (donde las buenas obras serán pesadas)”.[5]
• Aqiq es un lugar situado entre Medina y La Meca. Durante un viaje, el Mensajero les dijo a los que le acompañaban en un trayecto: “Montad vuestras tiendas en Aqiq”. En árabe, la palabra traducida como montad vuestras tiendas es tajayyamu. Siendo así que los puntos diacríticos no se usaban en la escritura durante los primeros tiempos del Islam, dicha palabra se confundió con tajattamu (poneros un anillo). Además, aqiq significa también cornalina. Todo ello, produjo la siguiente tradición falsa: “Poneos un anillo de cornalina”, con el añadido de “porque elimina la pobreza”.[6]
• “Contemplar un bello rostro es un acto de adoración” es otra tradición falsa y una difamación contra el Mensajero.
• El dicho: “Busca el conocimiento incluso en la China” es otra tradición falsa. Pudo haber sido inventada para fomentar el aprendizaje. No obstante, el Profeta tiene otros muchos dichos y el Corán exhorta a los musulmanes a aprender o a buscar el conocimiento: En realidad, sólo temen a Allah aquellos de Sus siervos que tienen conocimiento (35:28), y Di: “¿Son iguales los que conocen que los que no conocen?” (39:9). Además, el Profeta dijo: “Los ángeles extienden sus alas bajo los pies de los que buscan el conocimiento, por satisfacción (con ellos)”.[7]
Algunos ejemplos de tradiciones auténticas tachadas de invenciones son las siguientes.
• El Imán Bujari narra en su Sahih lo siguiente: Esto figura en la Torá: “¡Profeta! Te hemos enviado como testigo, un portador de buenas nuevas, un advertidor y un refugio para los iletrados. Eres Mi siervo y Mi Mensajero. Te he llamado ‘El que pone su confianza en Allah’. No es duro ni grosero, ni grita en las calles. No rechaza el mal con el mal; más bien perdona y disculpa. Allah no se llevará su alma hasta que no guíe a los desviados y crean que no hay más dios que Allah y, de ese modo, abra los ojos ciegos, los oídos sordos y los corazones endurecidos”.[8]
Los orientalistas y sus seguidores musulmanes critican este hadiz por haber sido transmitido por Abdallah ibn Amr ibn al-As, el cual a veces narraba de Kab ibn al-Ajbar. Lo que no han considerado es que:
–Este hadiz no contradice las características del Mensajero descritas en el Corán y en otras fuentes islámicas.
–A pesar de sus distorsiones y alteraciones, la Torá y los Evangelios todavía contienen referencias al Mensajero. El Corán hace referencia a esto en muchos versículos, entre los cuales figuran los siguientes: Esos que siguen al Mensajero, el Profeta iletrado, al que encuentran descrito en la Torá y en el Evangelio (7:157); y: Así son descritos en la Torá, y su descripción en el Evangelio es así (48:29). Husain Yisri, que vivió durante la primera mitad del siglo XX, encontró ciento veinticuatro alusiones al Mensajero en la Torá y en los Evangelios. El Evangelio de Barnabás menciona explícitamente al Profeta Muhammad.
–Kab al-Ajbar era un judío que aceptó el Islam. Muchos cristianos y judíos abrazaron el Islam, especialmente durante su temprana difusión en África y Asia. Aportaron con ellos su conocimiento previo; y lo que se oponía al Islam fue corregido o rechazado. Dichos Compañeros, tal y como Abdallah ibn Abbas, Abu Huraira, Anas ibn Malik y Abdallah ibn Amr ibn al-As escucharon las narraciones de la Torá hechas por Kab. Era imposible para ellos aceptar algo que fuese contrario al Islam. ¿Podría Abdallah ibn Amr, un asceta profundamente dedicado al Islam y al Profeta, mentir o inventar una tradición sabiendo el castigo reservado a dicha acción?
• Durante una fuerte hambruna y sequía, el Califa Omar tomó la mano de Abbas, el tío del Profeta, y rogó así: “¡Allah! Mientras estaba con vida, nuestro Profeta te imploraba lluvia y Tú mandaste lluvia. Ahora tomamos a su tío como medio para implorarte lluvia. Mándala, pues”.[9]
Algunos critican esta tradición basándose en la objeción de Yahiz. Pero Yahiz no es un tradicionista, sino que trataba de negar incluso las tradiciones más auténticas. Su maestro era Nazzam, un materialista perteneciente a la secta heterodoxa de los Mutazila. Yahiz critica esta tradición en su Al-Bayan wa al-Tabyin del siguiente modo:
En todas las tradiciones atribuidas a Omar en lo relativo a implorar lluvia, hay defectos que nos hacen difícil aceptar su autenticidad. En algunas versiones, imploró desde el púlpito; en otras, en campo abierto; y en otras, tras la oración obligatoria. Dichas confusiones muestran que esas tradiciones no son auténticas.
La ciencia del Hadiz precisa una profunda especialización. Yahiz no es un especialista; y tampoco lo es Ibn Abi al-Dunya, quien a pesar de ser un bendito asceta, critica esta tradición en su libro, el cual contiene muchos errores y tradiciones inventadas. El Imán Gazali es uno de los grandes revitalizadores de las ciencias religiosas islámicas y uno de nuestros más grandes guías. Sin embargo, si le mencionas como referencia en una disputa respecto a asuntos de Hadiz, los tradicionistas se reirán de ti. A los médicos no se les pregunta sobre ingeniería, y nadie va a un químico para buscar consejo o información médica.
Además, usar a alguien o a algo como medio para alcanzar a Allah, siempre y cuando entiendas que el medio no afecta al resultado, está permitido: ¡Vosotros que creéis! Temed a Allah y buscad el medio de acercaros a Él (5:35). Los Compañeros solían pedirle al Mensajero que rezase por ellos. Una vez, durante una sequía, le pidieron que implorase lluvia. Lo hizo y llovió tan fuertemente que le tuvieron que pedir que implorase para que dejase de llover. Hizo la imploración en el púlpito y la gente regresó a sus casas con el sol brillando. Tras ese explícito favor de Allah, el Mensajero dijo: “Doy fe de que Allah es poderoso sobre todas las cosas y de que yo soy su siervo y Mensajero”.[10]
El Corán animaba a los Compañeros a que pidiesen al Mensajero que rogase el perdón para ellos, enfatizando el hecho de que dicho ruego era motivo de paz y tranquilidad:
Y no hemos enviado a ningún Mensajero sino para que fuera obedecido con el permiso de Allah. Si después de haber sido injustos consigo mismos, hubieran venido a ti, hubieran pedido perdón a Allah y hubiera pedido el Mensajero perdón para ellos, habrían encontrado a Allah Favorable hacia ellos, Compasivo (4:64).
Y: Pide por ellos; pues realmente tus oraciones son un consuelo para ellos (9:103). Una vez un ciego se quejó de su ceguera al Mensajero. El Mensajero le recomendó que hiciese wudu, que rezase dos rakAs y que dijese:
¡Allah! Te ruego y me vuelvo a Ti, por Tu Profeta Muhammad, el Profeta de la misericordia. ¡Muhammad! Me vuelvo a mi Señor por ti para que mi ruego sea concedido. ¡Allah! Acepta su intercesión ante Ti en mi favor.
El hombre hizo eso y recobró su visión.[11] En conclusión, no hay nada en dicha tradición que eche por tierra su autenticidad.
• Prácticamente en los seis libros de tradiciones más auténticos que existen se narra la siguiente tradición: “Si un perro lame tu cuenco, límpialo siete veces; la primera con tierra y las otras seis con agua”.[12]
Algunos que no eran conscientes de los principios del Hadiz y de los desarrollos médicos dudaron de la autenticidad de este hadiz, a pesar de la cadena de transmisión auténtica y de ser una prueba de la Profecía de Muhammad. ¿Si no hubiese sido un Profeta enseñado por Allah, cómo hubiese sido conocedor de hechos médicos descubiertos siglos después? Ahora sabemos que los perros pueden llevar en su saliva excrementos y microbios de ciertas enfermedades que pueden ser dañinos para la salud humana si se transmiten.
Por otra parte, en la época del Profeta nadie sabía nada sobre desinfección y esterilización. El Mensajero, al ser un Profeta enseñado por el Omnisciente, recomendó la tierra para limpiar el cuenco lamido por un perro. Hoy sabemos que la tierra es un buen antiséptico que contiene sustancias tal y como la tetracilina.
Algunos han interpretado siete veces como significando tantas veces como fuesen necesarias para limpiar el cuenco. Los juristas hanafíes consideran que tres veces son suficientes para limpiar el cuenco.
• Algunos críticos contemporáneos, incluido el converso francés Maurice Bucaille, criticó la siguiente tradición transmitida por Abu Huraira: “Cuando una mosca caiga en una de vuestras tazas, sumergidla completamente en el alimento antes de sacarla, ya que la enfermedad está en una de las alas (o lados) y la cura en la otra”.[13] Los narradores de esta tradición están más allá de todo reproche. Está incluida en Bujari, Abu Dawud, Nasai, Darimi y Ahmad ibn Hanbal.
Como en la anterior tradición, ésta contiene una prueba de la profecía de Muhammad. En aquel entonces, no se sabía que las moscas portaban microbios. Pero hoy sabemos que cuando una mosca cae en una taza, intenta sacar una de las alas del alimento para poder despegar. Como resultado, deja sus bacterias en el alimento. Pero si es sumergida en el alimento con una ligera presión, una pequeña bolsa que tiene en el otro ala o lado (la palabra yanah tiene ambos significados) estalla y disemina sustancias antibacteriales que matan los gérmenes dejados en el alimento.
• Otra tradición auténtica pero criticada es la siguiente, mencionada en los libros auténticos de tradiciones: “No vale la pena partir a visitar –a fin de obtener una recompensa espiritual– un mezquita que no sea al-Masyid al-Haram –la Mezquita Sagrada que rodea la Kaba-, la Mezquita del Profeta –en Medina– y al-Masyid al-Aqsa –justo al sur de la Cúpula de la Roca en Jerusalén–”.[14] Esta tradición ha sido criticada por haber sido transmitida por Compañeros que la narraban de Kab al-Ajbar o porque santifica al-Masyid al-Aqsa. Este pretexto carece totalmente de base ya que no pertenece a los judíos. Nuestro Profeta se volvía a dicha mezquita mientras rezaba en La Meca.
Es también un símbolo del dominio terrestre del Islam. Nuestro Profeta fue primero llevado a al-Masyid al-Aqsa durante su Ascensión y dirigió la oración ante las almas de los anteriores Profetas. Allah declara que Bendijo los alrededores de esa mezquita (17:1). Estos benditos alrededores fueron capturados por primera vez por el Profeta Yusha (Josué) ibn Nun tras la muerte de Moisés. Tras el Profeta Muhammad, se volvieron a capturar durante el califato de Omar. Salah al-Din Ayyubi, uno de los más grandes generales del Islam, se la arrebató a los cruzados. Si el Mensajero la incluyó entre las tres mezquitas más benditas y más merecedoras de ser visitadas, a pesar de las dificultades del viaje, es porque Allah la ha santificado.
A pesar de su santidad, es un error creer que es especial rezar en dichas mezquitas. Según transmitió Ibn Abbas, una mujer le prometió a Allah que rezaría en al-Masjid al-Aqsa si se recuperaba de su enfermedad. Se recuperó, y antes de partir, fue a visitar a Maymuna (una de las esposas del Mensajero), la cual le dijo:
Quédate aquí, cuida de tu casa y reza en la Mezquita del Profeta. Escuché al Mensajero decir: “La oración realizada aquí es mil veces mejor que la realizada en cualquier otra mezquita, excepto en la Kaba”.[15]
• El Mensajero declaró: “Entre mi Comunidad habrá siempre un grupo que apoyará la verdad hasta que la Orden de Allah venga –el Día del Juicio Final-. Los que se opongan a ellos no podrán causarles perjuicio”.[16]
A pesar de estar registrada en casi todos los libros de tradición auténticos y de haber sido probada a lo largo de la historia del Islam, esta tradición ha sido objeto de un criticismo injustificable. El Islam ha resistido a estos ataques. Ningún poder terrestre ha sido capaz de destruirlo. Incluso después del esfuerzo concertado para ello durante los últimos tres siglos, el Islam es la única alternativa, más fuerte y actual que nunca, para llegar a la verdadera felicidad y prosperidad del ser humano en ambos mundos.
Allah ha preservado el Islam a través de una dedicada y sacrificada comunidad en cada período. Esta comunidad se concentró durante una época en Damasco, en otras épocas fue en Bagdad o en Estambul. Unas veces alrededor de Omar ibn Abd al-aziz, otras alrededor del Imán Gazali o del Imán Rabbani. Mientras se concentra alrededor de una persona concreta en un lugar, en otro, tal vez, lo hacía alrededor de otra. Al mundo nunca le faltará semejante grupo de gente en el futuro.
• Otra tradición negada por algunos es: “Cuando te levantes de la cama, no pongas tus manos en un cuenco [de comida o bebida] antes de lavártelas tres veces. No sabes donde han estado tus manos mientras dormías”.[17]
Ahmad Amin y Abu Rayya, bajo la influencia del orientalista Goldziher, ridiculizaron esta tradición, a pesar de que contiene preceptos de higiene. A veces, la gente padece alergias o picores; y pueden haberse rascado las partes afectadas mientras dormían, por lo que se acumularían gérmenes bajo sus uñas. Si esta gente come (de platos comunes) sin lavarse las manos, otras personas podrían infectarse.
El Mensajero siempre dependía de la Revelación, ya sea explícita o implícita. Sus Compañeros, famosos por su veracidad, le siguieron lo más cerca posible y narraron todo lo que recibían de él. Tradicionistas meticulosos y amantes de la verdad recogieron las tradiciones que le llegaron a través de narradores fidedignos, dignos de confianza y rectos. Algunas narraciones auténticas predicen algunos eventos del futuro y desarrollos científicos. Y puesto que ninguna ha sido encontrada falsa, nadie ha sido capaz de falsificar cualquier otra tradición auténtica.
La creación todavía encierra algunos misterios y continuará haciéndolo independientemente del progreso científico humano. Acontecimientos parasicológicos o paranormales como la telepatía, visiones, nigromancia y otras experiencias transcendentales proporcionan claves sobre la existencia de mundos o dimensiones diferentes a la nuestra. Ya que se pueden encontrar referencia a esto en el Corán, algunas tradiciones pueden ser contempladas desde ese punto de vista.
• Tal y como consta registrado en los libros de tradiciones auténticas, Tamiz al-Dari, un cristiano converso, habla de una criatura peluda llamada “yassasa” que vio en una extraña isla y de un hombre gigantesco que vive en una caverna y que se presentó a sí mismo como el Dayyal (Anticristo).[18] No podemos desmentir esta tradición en base a premisas positivistas, así como no podemos negar que el pecho de nuestro Profeta fue abierto
• Otra tradición que puede ser parcialmente tratada desde el mismo punto de vista es que Allah ordenó cincuenta oraciones diarias durante la Ascensión del Profeta Muhammad. A su vuelta, Moisés le advirtió de la dificultad de dicha orden. Tras las repetidas súplicas del Profeta, Allah redujo el número a cinco.[19]
Hay puntos delicados en este hadiz. Allah es Indulgente. Conoce cuántas oraciones al día pueden soportar sus siervos, y espera que éstos Le recen buscando el perdón y para realizar sus metas. La oración y las súplicas constituyen el misterio de la servidumbre a Allah y son la piedra angular de la servidumbre. Cuando los siervos perciben su pobreza, insuficiencia e impotencia, se hacen dependientes de la absoluta Riqueza y el Poder infinito de su Señor, por lo que adquieren poder inconmensurable y riqueza inagotable. A los siervos se les ha de recordar constantemente esto para que no sean presa de sus carnales, perversos y engreídos egos. Si no se le recuerda, son objeto de una indefensión incurable y una miseria irrecuperable.
Al ser el Profeta Muhammad el último Profeta, él abarca todos los aspectos y dimensiones de la Profecía y confirma a los Profetas anteriores. Si comparamos la Profecía con un árbol inmenso y bendito con ramas que se expanden por todo el universo, el Profeta Muhammad representa su totalidad. Su Profecía está profundamente enraizada en la misión de todos los Profetas que le precedieron. Por lo tanto, es natural que él se beneficie de sus raíces.
Moisés le precedió, por lo que al desear facilidad para su nación en el desempeño de sus deberes religiosos, el Profeta Muhammad siguió su consejo con razón. A pesar de ser el más grande de los Profetas, nunca permitió a sus seguidores que considerasen a los otros Profetas como inferiores a él.
Este asunto precisa más desarrollo, ya que hay mucho que decir al respecto. Sin embargo, se trata de un tema que sobrepasa el ámbito de este libro.

[1] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:33.
[2] Ibíd., 1:36.
[3] Ibíd., 1:43.
[4] Ibíd., 2:340.
[5] Muslim, “Tahara” 1; Tirmizi, “DaAwat” 86.
[6] Ayluni, Kashf al-Jafa’, 1:299; Daylami, Musnad al-Firdaws, 56.
[7] Abu Dawud, “‘Ilm,” 1; Tirmizi, “‘Ilm,” 19.
[8] Bujari, “Tafsir,” 48/3; “Buyu” 50; Darimi, “Muqaddima” 2.
[9] Bujari, “Istizqa” 3; “Fadail al-Ashab” 11.
[10] Bujari, “Istizqa” 14; Abu Dawud, “Istizqa” 2; Ibn Maya, “Iqama” 154.
[11] Ibn Maya, “Iqama” 189; Tirmizi, “DaAwat,” 118.
[12] Muslim, “Tahara” 91; Bujari, “Wudu” 33; Abu Dawud, “Tahara” 37.
[13] Bujari, “Tib” 58; Abu Dawud, “Atima”48; Ibn Maja,”Tib” 31; Darimi, “Atima” 12.
[14] Bujari, “Al-Salat fi Masyid Makka” 1; Muslim, “Hayy” 511; Tirmizi, “Salat” 126.
[15] Muslim, “Hayy” 510; Bujari, “Masyid Makka” 1; Nasa’i, “Manasik” 124.
[16] Muslim, “‘Imara” 170; Bujari, “I‘tisam” 10; Abu Dawud, “Fitan” 1.
[17] Abu Dawud, “Tahara” 50; Bujari, “Wudu” 26; Muslim, “Tahara” 87-88.
[18] Muslim, “Fitan” 119; Abu Dawud, “Malahim” 15; Ibn Maya, “Fitan” 33.
[19] Bujari, “Salat” 1; Nasai, “Salat,” 1; Muslim, “Iman” 263; Ibn Maya, “Iqama” 194.