02 diciembre, 2007

El número de tradiciones auténticas

Algunos Orientalistas y sus seguidores musulmanes intentan proyectar dudas sobre la autenticidad de la Sunna con el pretexto de que algunos Compañeros narraron demasiadas tradiciones y de que hay un gran número de tradiciones.
Primero, las tradiciones no se limitan a las palabras del Mensajero, sino que abarcan toda su vida: todos sus actos, lo que le gustaba, lo que no le gustaba y sus aprobaciones o confirmaciones tácitas de lo que sus Compañeros dijeron o hicieron. Vivió durante veintitrés años entre ellos como Mensajero de Allah. Les enseñó el Islam hasta el más mínimo detalle. Dirigió la oración cinco veces al día, cuyos detalles están registrados en su integridad, puesto que él les dijo: “Rezad tal y como me veáis hacerlo”. Ayunó y les explicó todos sus detalles, al igual que hizo con la entrega de limosna y la peregrinación. Los puntos esenciales de la creencia y los pilares del Islam (oración, ayuno, limosna y peregrinación) son objeto de innumerables libros.
Al ser un sistema divino universal que incluye todo lo relacionado con la vida humana, el Islam posee leyes y normas para la vida individual y colectiva, espiritual y material, social y económica, política y militar, y demás aspectos de la vida cotidiana. Ha establecido principios relativos a todo esto. Constantemente advirtió a sus Compañeros contra la desviación y les animó a ser siervos de Allah más profundos, sensibles y prudentes.
También les informó sobre las naciones del pasado y predijo acontecimientos futuros. Abu Zayd Amr ibn Ajtab transmitió que, a veces, el Profeta ascendía al púlpito después de la oración del alba y se dirigía a la congregación hasta el mediodía. Seguía hablando después de la oración del mediodía y de la tarde, contando lo que había ocurrido desde el principio del mundo hasta ese día, y qué iba a ocurrir desde entonces hasta el Día del Juicio Final. Dichos discursos contenían información sobre las agitaciones del otro mundo, la tumba, la Resurrección, la Gran Congregación, el peso de las obras de la gente, el Juicio Final, el Puente, el Infierno y el Paraíso.[1]
El Mensajero mandó ejércitos, vio y juzgó casos como juez, envió y recibió enviados y delegaciones. Firmó tratados de paz, declaró guerras y envió expediciones militares. Estableció reglas de higiene y principios de buena conducta y alta moralidad. Sus milagros se cuentan por cientos. Estableció un ejemplo a ser seguido por los musulmanes, por lo que debido a la vital importancia del Hadiz en el Islam y también por el amor que le profesaban sus Compañeros, su vida fue registrada desde el principio hasta el fin.
Honró el universo con su mensaje, su servidumbre a Allah y su elevada e incomparable personalidad. Como honorables testigos de su vida, los Compañeros registraron todo lo relacionado con él. Cuando se dispersaron por las tierras conquistadas por el Islam, los nuevos conversos les pidieron que relatasen las tradiciones del Mensajero. Estuvieron tan entregados a él que se mantuvieron extraordinariamente fieles a los recuerdos que de él guardaron.
Una vez, durante su califato, Omar visitó la casa de Abbas, el tío del Profeta, en su camino hacia la oración colectiva del viernes. Unas gotas de sangre cayeron en su manto desde el canalón. Se enfadó tanto que tiró del canalón hasta el suelo, diciéndose a sí mismo: “¿Quién osa degollar un animal en esta azotea manchando con su sangre mi manto mientras voy a la mezquita?”. Llegó a la mezquita, y después de la oración, advirtió a la congregación diciendo: “Estáis haciendo cosas incorrectas. Pasé cerca de una pared mientras venía hacia aquí y cayó algo de sangre sobre mi manto desde el canalón, por lo que he tirado del canalón hasta el suelo”.
Abbas se enfadó y se puso de pie: ¡Omar! ¿Qué has hecho? He visto personalmente al Mensajero poner él mismo ese canalón”. Ahora, le tocó a Omar enfadarse. Le dijo a Abbas lleno de inquietud: “¡Por Allah! Voy a poner mi cabeza al pie de ese muro y tú vas a poner tus pies encima mientras vuelves a poner el canalón. Y hasta que no lo hagas, no voy a levantar mi cabeza del suelo”. Esa era su devoción y su fidelidad para con el Mensajero.[2]
El Mensajero inculcó en el corazón de sus seguidores un fervor por el conocimiento tal que la civilización musulmana –bajo cuya sombra bendita vivió en paz durante siglos una considerable parte de la humanidad – se erigió sobre los pilares de la creencia, el conocimiento, la piedad y la hermandad. En las tierras donde fluyó el agua pura del Islam, florecieron innumerables flores en cada campo de la ciencia, y el aroma que esparcían llenó de júbilo el mundo.
Algunas de estas flores, como Ibn Hayar al-Asqalani, leyó en dos o tres sesiones la colección de tradiciones auténticas recopilada por el Imán Muslim. El Imán Nawawi se dedicó tan intensamente a la enseñanza y a la composición de obras que nunca se casó. No quiso dedicarle ningún tiempo a nada que no fuese el conocimiento. El Imán Sarajsi, gran jurista hanafí, fue encarcelado en una mazmorra por un Rey. Durante ese tiempo, dictó de memoria a sus alumnos su monumental compendio en treinta volúmenes, Al Mabsut. Cuando sus estudiantes le dijeron al Imán Sarajsi que el Imán Shafí – fundador de la escuela legal Shafí y considerado como el segundo renovador del Islam –había memorizado trescientos fascículos de tradiciones, él respondió: “Tiene el zakat (o sea: tan sólo una cuarenta parte) de las tradiciones que conozco”.[3]
Las obras de Ibn Hayar al-Asqalani, Ibn Yarir al-Tabari, Fajr al-Din al-Razi, el Imán Suyuti y otros, comprenden tantos volúmenes que cuando se dividen entre los días de sus vidas, podemos comprobar que escribieron alrededor de veinte páginas diarias. No podemos estudiar o ni siquiera leer a lo largo de nuestras vidas lo que cada uno de ellos escribió durante su vida.
Anas ibn Sirin, hijo de Muhammad ibn Sirin, uno de los mayores eruditos de los Tabi’un, dijo: “Cuando llegué a Kufa, cuatro mil personas asistían a las clases de Hadiz en las mezquitas; cuatrocientos eran expertos en jurisprudencia”.[4] Para entender qué significa experto en jurisprudencia islámica, considérese lo siguiente: Ahmad ibn Hanbal, cuyo Musnad contiene cuarenta mil tradiciones seleccionadas entre un millón de tradiciones en circulación, no era considerado un experto en jurisprudencia por Ibn Yarir al-Tabari. Tampoco se le dio el mismo estatus que el de Abu Hanifa, el Imán Abu Yusuf, el Imán Shafí, el Imán Malik y demás. El hecho de que algunos no considerasen a semejante egregia personalidad como experto jurista, muestra la envergadura intelectual y académica que un jurista debía alcanzar para ser considerado un experto.
El ambiente general era extremadamente propicio para el desarrollo de las ciencias religiosas y seculares, especialmente la ciencia de las tradiciones. Cada musulmán se esforzaba en adquirir conocimiento del Islam y en reconocer plenamente a su Profeta. La gente poseía una gran aptitud para la literatura y las lenguas, ya que la poesía estaba muy difundida durante el período pre-islámico.
El Corán vino, ante todo, como milagro lingüístico absoluto e incomparable. Ningún experto literario o poético niega su elocuencia. Casi todos renunciaron a la poesía tras su conversión para dedicarse al Corán y al Hadiz. Entre ellos, la poetisa Hansa, se dedicó tan profundamente al Islam, que cuando su hijo fue martirizado en Qadisiyya, le rogó a Allah así: ¡Allah! Me diste cuatro hijos a los que he sacrificado todos en el camino de tu Amado (Profeta). Alabado seas miles de veces”.[5]
La vida era bastante simple en el desierto. Esto posibilitaba a la gente a que se dedicasen a las ciencias islámicas. Además, poseían muy buena memoria. Por ejemplo, una vez el Mensajero le preguntó a Zayd ibn Zabit que aprendiese hebreo; y en un par de semanas ya podía leer y escribir cartas en dicha lengua.[6] Ibn Shihab al-Zuhri, Qatada ibn Diama, Shabi, Ibrahim ibn Yazid al-Nayai, el Imán Shafí y otros dijeron en público que nunca se olvidaron de una palabra tras haberla memorizado. Podían hacerlo tras haber leído o escuchado algo una sola vez.
Cuando el Imán Bujari llegó a Bagdad, diez destacadas personalidades de las ciencias islámicas examinaron su conocimiento de hadiz y su memoria. Cada uno recitó diez tradiciones, cambiando el orden de los narradores en una cadena de transmisión o bien intercambiando las cadenas. Por ejemplo, la famosa tradición: “Las acciones se juzgan según las intenciones...” tiene la siguiente cadena (en orden descendiente): Yahya ibn Said al-Ansari, de Muhammad ibn Ibrahim al-Taymi, de Alqama ibn Waqqas al-Laysi, de Omar ibn al-Jattab. Cuando acabaron, el Imán Bujari corrigió las cadenas una a una de memoria y repitió cada tradición con su auténtica cadena de transmisión. Los eruditos admitieron entonces su saber y conocimiento en materia de hadiz.[7] Ibn Juzayma incluso fue más lejos diciendo: “Ni el cielo ni la tierra han visto jamás a nadie con tanto conocimiento como tú en este campo”.[8]
El Imán Bujari nunca vendió su conocimiento a cambio de beneficios mundanos. Cuando el gobernador de Bujara le invitó a su palacio para que educase a sus hijos, el gran Imán se negó diciendo: “El conocimiento no puede ser reducido siendo llevado a un gobernante. Si el gobernante desea conocimiento, debe de venir personalmente a obtenerlo”. El gobernador respondió solicitando que se asignase un día de la semana a sus hijos. Bujari se volvió a negar diciendo: “Estoy muy ocupado enseñando a la Umma de Muhammad. Por lo tanto no puedo perder mi tiempo enseñando a tus hijos”. El gobernador le exilió, y esta gran personalidad de la ciencia del hadiz pasó sus últimos días en el exilio.[9]

[1] Muslim, “Fitan” 25.
[2] Ibn Hanbal, 1:210.
[3] Sarajsi, Muqaddima li-Usul al-Sarajsi, 5.
[4] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna qabl al-Tadwin, 150-51.
[5] Ibn Azir, Usd al-Ghaba, 7:90. Esta bendita mujer encontró ocho errores lingüísticos o poéticos en una estrofa de Hassan ibn Zabit, un famoso Compañero y poeta. Tras la revelación, dejó la poesía y se dedicó al Corán y al Hadiz.
[6] Ibn Hanbal, 5:186.
[7] Ibn Hayar, Hadiy al-Sari‘, 487.
[8] Zahabi, Tazkirat al-Huffaz, 2:556.
[9] Ibn Hayar, Tahzib al-Tahzib, 9:52.

Registrando las tradiciones

Las primeras colecciones de tradiciones fueron hechas durante el califato de Omar ibn Abd al-Aziz, al principio del Segundo siglo del Islam (719-722). Sin embargo, ha de ser recordado que todas las tradiciones que iban a ser recopiladas y ordenadas en libros circulaban oralmente. Además, muchas de ellas ya habían sido registradas en colecciones privadas.
La gran mayoría de los árabes eran iletrados. Cuando la Revelación comenzó, surgió un deseo de aprender a leer y a escribir el cual era alentado por el Profeta. Hay que recordar que dejaba en libertad a los prisioneros que sabían leer y escribir capturados en Badr sólo después de que cada uno de ellos hubiese enseñado a diez musulmanes a leer y a escribir.[1] Además, la revelación comenzaba con la siguiente orden:
¡Lee en el nombre de tu Señor que ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo suspendido (en la pared del útero). ¡Lee, que tu Señor es el más Generoso! El que enseñó (a escribir) por medio del cálamo. Enseñó al hombre lo que no sabía (96:1-5).
A pesar de la importancia otorgada al conocimiento y al aprendizaje, durante los inicios de su Mensaje, el Profeta no permitió a sus Compañeros que escribiesen lo que él decía. Por ejemplo, dijo: “No escribáis lo que digo. Si habéis escrito algo dicho por mí que no sea parte del Corán, destruidlo”.[2] No quería que los Compañeros confundiesen los versículos coránicos con sus propias palabras. El Corán todavía estaba siendo revelado y registrado en hojas o trozos de cuero o madera. Tomaría su forma final de libro en fechas más tardías.
Ésta era una precaución comprensible, ya que quería asegurarse de que las sucesivas generaciones no confundirían sus palabras con las de Allah. Ésta consta claramente en una tradición narrada por Abu Huraira: “El Mensajero se nos acercó mientras algunos amigos escribían lo que le habían escuchado decir. Preguntó qué estaban escribiendo y le respondieron: ‘Lo que te hemos escuchado decir’. El Mensajero les amonestó diciendo: ‘¿Sabéis que las naciones que os precedieron se desviaron por haber escrito lo que no figuraba en el Libro de Allah?’”.[3]
Otra razón para esta prohibición es que la mayoría de las revelaciones coránicas llegaron en ocasiones específicas. Por lo tanto, algunos de sus versículos son concisos y claros, mientras que otros son ambiguos. Los versículos alegóricos aparecen junto a los explícitos e incontrovertibles. Al estar la comunidad islámica todavía en evolución, unos mandamientos reemplazaban a otros.
El Mensajero tenía que dirigirse, en varias ocasiones, a gente de muy variados temperamentos y niveles de entendimiento, a la vez que a “nuevos” y “viejos” musulmanes. Por ejemplo, cuando un nuevo musulmán preguntaba cuál era la mejor acción, respondía que era creer y hacer las cinco oraciones prescritas. Sin embargo, durante la época en la que la yihad tenía prioridad, decía que era la yihad en el camino de Allah. Además, siendo así que el Islam es para todos los tiempos y gentes, el Profeta recurría frecuentemente a alegorías, símiles, parábolas y metáforas.
Esto y otros factores tal vez fueron los que le llevaron a prohibir a ciertas personas que registrasen sus palabras. Si todos hubiesen llevado una cuenta propia sin poder distinguir entre lo real y lo metafórico, lo concreto y lo abstracto, lo abolido y lo aprobado, lo general y lo particular y ocasional, el resultado hubiese sido un caos y una tergiversación. Por esa razón, a veces Omar advertía a la gente que no narrase las tradiciones proféticas sin la debida atención.
Sin embargo, muchas tradiciones afirman que el Mensajero permitió a sus Compañeros que escribiesen sus palabras. Llegó un momento en que los compañeros alcanzaron madurez intelectual y espiritual para distinguir entre el Corán y el hadiz. Por consiguiente, pudieron conceder la atención e importancia adecuada a cada uno de ellos, y entender las circunstancias relativas a cada tradición. Es entonces cuando el Mensajero les animó a que pusiesen por escrito las tradiciones.
Abu Huraira relata lo siguiente: “Abdallah ibn Amr ibn al-As es el único compañero que tiene tantas tradiciones como yo tengo. Yo no las escribí, pero él sí”.[4] Abdallah informó que escribió todo lo que oyó decir al Mensajero. Algunos le dijeron: “Escribes todo lo que sale de la boca del Mensajero. Es un ser humano; y unas veces está enfadado y otras contento”. Abdallah refirió el asunto al Mensajero, el cual señaló a su boca y dijo: “Escribe, pues juro por Aquel en Cuya mano está mi vida que sólo la verdad sale de ésta”.[5]
Enfadado o contento, el Mensajero nunca habló por sí mismo; por capricho o antojo. Todo lo que decía era una Revelación –explícita o implícitamente– revelada (53:3-4). Como todas sus palabras y hechos tenían algo que ver con el Islam, se tenían que registrar. Los Compañeros llevaron a cabo esta sagrada labor ya sea memorizando o dejando constancia escrita de la que oyeron o vieron. Como resultado de ello, su vida es la biografía más completa jamás reproducida. Cada aspecto, incluso los más ínfimos detalles, han sido transmitidos a través de las generaciones. Por eso tenemos que sentirnos endeudados con los Compañeros y las dos o tres generaciones que les sucedieron, y en especial con los grandes Tradicionistas, los cuales registraron y transmitieron sus palabras y acciones.
Una vez, alguien se quejó al Mensajero diciendo: “Mensajero de Allah, escuchamos muchas cosas de ti; pero la mayoría se nos olvida porque no podemos memorizarlas”. El Mensajero respondió: “Pedidle ayuda a vuestra mano derecha”.[6] En otras palabras, escribid lo que escuchéis. Cuando Rafi ibn Jadiy preguntó al Mensajero si podían escribir lo que le escuchaban decir, se le dijo que sí podía.[7] Tal y como consta en los Sunan de al-Darimi, el Mensajero aconsejó lo siguiente: “Dejad constancia del conocimiento por escrito”.[8] Durante la conquista de La Meca, el Mensajero dio un sermón. Un yemení llamado Abu Shah, se puso de pie y dijo: “Mensajero, escribe estas palabras para mí”. El Mensajero ordenó que así fuese hecho”.[9]
Ali tenía una hoja, que adjuntó a su espada, en la que estaban escritas las narraciones concernientes al precio de la sangre por daños, la santificación de Medina y otros asuntos.[10] Ibn Abbas dejó atrás un camello cargado con libros la mayoría de los cuales versaban sobre lo que había oído del Mensajero y de los demás Compañeros.[11] El Mensajero envió una carta a Amr ibn Hazm la cual trataba de precio de la sangre, por asesinato y daños y la Ley del Talión[12]. Esta carta fue transmitida a Abu Bakr ibn Muhammad, su bisnieto.
Igualmente, un pergamino enviado por el Mensajero a Abu Rafi fue transmitido a Abu Bakr ibn Abd al-Rahman ibn Hariz, uno de los Tabi’un.[13] Un destacado estudioso de dicha generación, Muyahid ibn Yabr, vio la colección de Abdallah ibn Amr Al-Sahifat al-Sadiqa. Ibn al-Azir, historiador de renombre, dice que contenía alrededor de mil tradiciones; la mitad de las cuales constan en los libros de tradiciones auténticas, con la cadena de transmisión de Amr ibn Shuayb, de su padre y de su abuelo, respectivamente.
Yabir ibn Abdallah al-Ansari también dejó un voluminoso libro que contenía los dichos que escuchó del Mensajero.[14] Al-Sahifa al-Sahiha es otra importante fuente de Hadiz de los primeros tiempos. Hammam ibn Munabbih, su compilador, seguía a Abu Huraira adonde fuese y escribió los dichos proféticos transmitidos por él. Esta compilación, recientemente publicada por Muhammad Hamidullah, ha sido datada mediante el método del carbono 14 en una antigüedad de trece siglos. Casi todas sus tradiciones pueden ser encontradas en el Musnad de Ahmad ibn Hanbal o en los Sahihayn de Bujari y Muslim.
Tras estas primeras compilaciones sencillas, el Califa Omar ibn Abd al-Aziz, que gobernó en 719-722, decidió que todas las tradiciones orales y escritas auténticas deberían ser reunidas en libros. Ordenó a Abu Bakr ibn Muhammad ibn Amr ibn Hazm, gobernador de Medina, que supervisase esta misión. Muhammad ibn Shihab al-Zuhri, famoso por su profundo conocimiento y aguda inteligencia, llevó a cabo dicha misión adquiriendo el honor de ser el compilador oficial de tradiciones.[15]
Pero dicho honor no estaba restringido sólo a él: Abd al-Malik ibn Abd al-Aziz ibn Yuray (La Meca), Said ibn Abi Aruba (Irak), Awzai (Damasco), Zayd ibn Qudama y Sufyan al-Zawri (Kufa), Hammad ibn Salama (Basora) y Abdallah ibn al-Mubarak (Jorasán) también participaron.
Este período de compilación oficial y sistemática fue seguido por un período de clasificación por tradicionistas tan importantes como Abu Dawud al-Tayalisi, Musaddad ibn Musarhad, al-Humaydi y Ahmad ibn Hanbal, los cuales compusieron sus Musnads. Abd al-Razzaq ibn Hammam y otros redactaron sus Musannafs y Ibn Abi Zib y el Imán Malik produjeron sus Al-Muwattas. Yahya ibn Said al-Qattan y Yahya ibn Said al-Ansari también han de ser mencionados entre las preeminentes personalidades de este período.
Luego vino el período de tradicionistas tan importantes como Bujari, Muslim, Abu Dawud, Nasai, Tirmizi e Ibn Maya, que compusieron los conocidísimos seis libros auténticos de tradiciones. Estas celebridades, y otras personas ilustres como Yahya ibn Main, incluyeron en sus colecciones lo que creyeron eran las tradiciones más auténticas tras juzgarlas según los más estrictos criterios.
Por ejemplo, el Imán Bujari fue a la búsqueda de una tradición transmitida por un hombre famoso por su fiabilidad y piedad. Cuando vio al hombre sujetar su gorro ante su animal como si contuviese algo para comer en un intento de que le siguiese, le preguntó al hombre si el gorro contenía algún alimento para el animal. Cuando le dijo que no, Bujari no tomó ninguna tradición del hombre. Según él, si alguien podía engañar así a un animal, también podría engañar a la gente. Estos eran los exigentes criterios aplicados cuando se juzgaba la fiabilidad de los narradores.
Resumiendo, las tradiciones proféticas fueron escritas y también memorizadas durante el tiempo de los Compañeros. Cuando finalizó el primer siglo islámico, circulaban ampliamente en forma oral y escrita. El Califa Omar ibn Abd al-Aziz comisionó a eminentes eruditos para que produjesen la primera colección oficial en diferentes ciudades. Se distinguieron las tradiciones auténticas de las inventadas con el más riguroso cuidado y el más estricto criterio. Tras ser clasificadas, se llevaron a cabo las colecciones más sistemáticas y exactas por parte de los más prominentes tradicionistas de aquella época.
Más tarde se compusieron nuevos y auténticos libros de tradiciones. Asimismo, ilustres críticos de tradiciones tal y como Ibn Hayar al-Asqalani, Ibn Abd al-Barr, Zahabi, Ibn al-Yawzi y Zayn al-Din al-Iraqi revisaron todas las tradiciones y escribieron largos compendios sobre sus narradores.
Como resultado de dicha actividad académica, la Sunna nos ha llegado por los canales más fidedignos. Nadie puede poner en duda la autenticidad de esta segunda fuente del Islam, que se aproxima al Corán en pureza, autenticidad y fiabilidad.

[1] Ibn Sad, Tabaqat, 2:22
[2] Muslim, “Zuhd” 72; Darimi, “Muqaddima” 42.
[3] Jatib al-Baghdadi, Taqyid al-‘Ilm, 34.
[4] Bujari, “‘Ilm” 39.
[5] Abu Dawud, “‘Ilm,” 3; Ibn Hanbal, 2:162; Darimi, “Muqaddima” 43.
[6] Tirmizi, “‘Ilm” 12.
[7] Hindi, Kanz al-‘Ummal, 10:232.
[8] Darimi, “Muqaddima,” 43.
[9] Abu Dawud, “‘Ilm” 3; Tirmizi, “‘Ilm” 12.
[10] Bujari, “‘Ilm” 39; Ibn Hanbal, 1:100.
[11] M. Ayyay al-Jatib, Al-Sunna qabl al-Tadwin, 352.
[12] Darimi, “Diyat” 12.
[13] Jatib al-Baghdadi, “Al-Kifaya” 330.
[14] Ibn Sad, 7:2; Jatib al-Baghdadi, “Al-Kifaya” 354.
[15] Bujari, “‘Ilm” 34.

La Dimensión Militar

El Islam es la religión escogida por Allah para el bienestar de la humanidad tanto individual como colectivamente en este mundo y en el próximo. Está basada en creer en Allah, adorarLe y no consiente en asociarLe a nadie, sea en forma de algo creado, una persona o un concepto. La verdadera creencia y la adoración requieren una inquietud profunda para todas las cosas animadas e inanimadas. Cuanto más profunda es su creencia en Allah y su sumisión a Él, tan profundo será su interés por todas las criaturas. Creer en la Unidad de Allah impide a la humanidad disfrutar y ejercer la libertad absoluta ocupándose de las criaturas.
El Islam es una palabra derivada de la raíz árabe s-l-m, que significa la salvación, la paz y la sumisión. En su contexto religioso, esto es la expresión de la Gracia de Allah que fluye en las arterias del universo, el sistema Divino al cual todas las criaturas –excepto los humanos– se han rendido de manera complaciente. El universo muestra un orden perfecto, porque todo en ello es musulmán, en el sentido que todos se rinden ante las leyes de Allah. Incluso la gente que rechaza creer en Allah o adora otras cosas más que Él son musulmanes, porque hasta su existencia corporal está involucrada. Mientras pasamos de ser un embrión a un cadáver, cada tejido corporal y cada extremidad siguen el curso prescrito por la ley de Allah.
El principio fundamental islámico de la Unidad Divina implica que la humanidad necesariamente debe estar en armonía con el mundo que la rodea. El vasto universo musulmán del cual es una parte nuestro mundo, muestra una coherencia y armonía. Aunque nuestro mundo esté sujeto a leyes especiales propias y “leyes generales de la naturaleza”, también está en armonía con otras leyes que gobiernan fenómenos circundantes. Los seres humanos, a diferencia de otras criaturas que obedecen “el camino de la naturaleza” están a su libre albedrío. Nosotros tenemos el don de la libertad además de la obligación de armonizar nuestra vida con la naturaleza. Esta armonía es también el camino de nuestra exaltación y progreso, el camino sobre el cual Allah creó la naturaleza humana:
¡Profesa la Religión como hanif, según la naturaleza primigenia que Allah ha puesto en los hombres! No cabe alteración en la creación de Allah. Ésa es la religión verdadera. Pero la mayoría de los hombres no saben (30:30).
Para armonizar nuestras vidas con la naturaleza, primero deberíamos darnos cuenta de nuestra integridad personal. Para hacer esto, debemos emplear nuestro libre albedrío en nuestras energías –p.ej. deseos, pensamientos y acciones– para guardarlos dentro de los límites establecidos por Allah. Si no reconocemos estos límites, podemos usurpar la propiedad del otro, buscar relaciones sexuales ilícitas y entregarnos a otros pecados. Si no reconocemos esos límites con respecto a nuestro intelecto, podemos usarlos para engañar a los demás. Nuestros poderes deben ser mantenidos bajo control, nuestra inteligencia debe ser usada con sabiduría y nuestro deseo y cólera deben ser contenidos por una conducta lícita y moderada. Además, debemos recordar que somos seres sociales; si no nos dominamos como Allah exige, la maldad, la explotación, el desorden y la revolución aparecerán en la sociedad.
A Allah no le gusta la maldad y el desorden sino más bien Él desea que vivamos en paz y justicia. Por eso, aquellos que creen en Allah y Lo adoran tienen que trabajar fielmente por la justicia en este mundo. El Islam llama a esa responsabilidad yihad.

30 noviembre, 2007

Yihad

El sentido literal de yihad es ejercer nuestro mejor y más grande esfuerzo para conseguir algo. Esta palabra no es el equivalente de la palabra “guerra”, para la cual se usa “qital” en árabe. Yihad tiene una connotación mucho más amplia y abraza toda clase de esfuerzos para la causa de Allah. Un muyahid es el que está sinceramente dedicado a su causa; el que usa todos los recursos físicos, intelectuales y espirituales para servir a ésta; y el que se enfrenta a cualquier poder que está en su camino; y es el que muere por dicha causa cuando sea necesario. La yihad en el camino de Allah es nuestra lucha para ganar la complacencia de Allah, establecer la supremacía de Su religión y hacer prevalecer Su Palabra.
Un principio relacionado, que insiste en lo bueno y prohíbe lo malo –amr bi al-maruf wa nahy an al-munkar– procura transmitir el mensaje del Islam y establecer una comunidad islámica modelo. El Corán presenta a la comunidad islámica como una comunidad modelo requerida para informar a la humanidad sobre el Islam y de como el Profeta lo vivió; Hemos hecho así de vosotros una comunidad moderada, para que seáis testigos de los hombres y para que el Enviado sea testigo de vosotros (2:143).
La yihad mayor y la yihad menor. Hay dos aspectos de la yihad. Una es luchar para vencer los deseos carnales y las inclinaciones malignas –la yihad mayor. El otro es alentar a los demás para que consigan el mismo objetivo –la yihad menor.
El ejército musulmán regresaba a Medina después de haber derrotado al enemigo, cuando el Mensajero de Allah les dijo: “Volvemos de la yihad menor a la mayor”. Cuando los Compañeros preguntaron qué era la yihad mayor, él dijo que era luchar contra el ego carnal.[1]
El objetivo de la yihad es que el creyente se purifique de los pecados y por lo tanto, alcance la verdadera humanidad. Los profetas fueron enviados por este motivo. Allah dice en el Corán:
Igualmente os hemos mandado un Enviado de entre vosotros para que os recite Nuestros versículos, para que os purifique, para que os enseñe la Escritura y la Sabiduría, para que os enseñe lo que no sabíais (2:151).
Los seres humanos en algún sentido son como los minerales en bruto con los cuales los Profetas trabajan y los purifican y refinan quitando el sello de sus corazones y oídos, levantando los velos de sus ojos. Iluminada por el mensaje de los Profetas, la gente puede entender el sentido de las leyes de la naturaleza, que son los signos de la Existencia y la Unidad de Allah y pueden penetrar en la sutil realidad que se oculta detrás de las cosas y los acontecimientos. Sólo a través de la orientación de los Profetas podemos lograr la elevada posición que Allah espera de nosotros. Además de la enseñanza de los signos, los Profetas también enseñaron a su gente el Libro y la Sabiduría. Como el Corán era la última Revelación al Último Profeta, Allah se refiere al Corán cuando dice el Libro y a la Sunna cuando habla de la Sabiduría. Por eso, debemos seguir el Corán y la Sunna del Profeta si deseamos ser dirigidos correctamente.
El Profeta también nos enseña lo que no sabemos de modo que la humanidad siga aprendiendo del Profeta hasta el Día de Juicio. De él aprendemos cómo purificarnos de los pecados. Siguiendo su camino, muchos grandes santos han logrado su distinción como tales. Entre ellos, Ali dice que su creencia en los pilares del Islam es tan firme que aun si el velo de lo desconocido fuera levantado, su certeza no aumentaría.[2] Se dice que Abd al-Qadir al-Yilani llegó a comprender los misterios del séptimo cielo. Estos y muchos otros, como Fudayl bin Iyaz, Ibrahim bin Azam y Bishr Al-Jafi bien podrían haber sido dotados con el don de la Profecía, si Allah no hubiera puesto ya un sello sobre ésta.
Las oscuras nubes de la ignorancia han sido retiradas de nuestro horizonte intelectual mediante la orientación del Profeta Muhammad. A consecuencia de la luz que él trajo de Allah habrán muchos más avances en la ciencia y la tecnología.
Yihad es el legado de los Profetas y la Profecía es la misión de elevar a los hombres al favor de Allah purificándolos. Yihad es el nombre dado a esta misión profética, que tiene el mismo sentido que atestiguar a la verdad. De la misma manera que los jueces escuchan a los testigos para dar veredicto en un caso, así, aquellos que han realizado la yihad han dado testimonio de la Existencia y la Unidad de Allah mientras luchaban en Su camino.
El Corán dice: Allah atestigua que no hay más dios que Él y junto a Él también lo hacen los ángeles y los hombres dotados de conocimiento, rigiendo-Su creación- con equidad. No hay más dios que Él, el Todopoderoso, el Sabio. (3:18). Aquellos que han realizado la yihad atestiguarán también la misma verdad en la corte celestial donde el juicio de los incrédulos tendrá su veredicto.
Aquellos que atestiguan la Existencia y la Unidad de Allah predican esta verdad en los más remotos lugares del mundo. Este fue el deber de los Profetas señalado en el Corán y que de igual manera debería ser nuestra obligación:
Mensajeros portadores de buenas noticias y de advertencias, para que así los hombres, después de su venida, no tuvieran ningún argumento frente Allah. Allah es Poderoso y Sabio. Sin embargo, Allah atestigua que lo que te ha revelado, ha sido revelado con Su conocimiento y los ángeles dan testimonio de ello. Y no hay un testigo mejor que Allah (4:165-66).
Allah ha enviado un Profeta a cada persona, de modo que cada uno pueda tener una idea de la Profecía. Como el término solía describir la actividad de la Profecía, la yihad está profundamente grabada en el corazón de cada creyente de modo que él o ella sienta una responsabilidad profunda de predicar la verdad a fin de guiar a otros al Camino Verdadero.
La yihad menor, normalmente entendida como lucha por la causa de Allah, no se refiere sólo a la lucha militar. El término es amplio, ya que incluye cada acción realizada para ganar el consentimiento de Allah. Hablar o permanecer callado, sonreír o mostrar enfado, unirse a una reunión o dejarla, cada acción realizada para mejorar la humanidad, ya sea por los individuos o las comunidades, está incluida en este sentido.
Mientras la yihad menor depende de la movilización de todos los medios materiales y está realizada en el mundo externo, la yihad mayor encarna la lucha de una persona frente a su alma carnal. Estas dos formas de la yihad no se pueden separar una de la otra.
El Mensajero de Allah nos ha enseñado cómo realizar ambas formas de la yihad. Ha establecido los principios para predicar la verdad que tendrán aplicación hasta el Día del Juicio Final. Cuando examinamos el modo en que él actuó, vemos que él fue muy sistemático. Y esto es realmente otra prueba de su Profecía y un ejemplo maravilloso para seguir el camino de Allah a través del comportamiento.
Los creyentes guardaron su creencia vigorosa y activa por medio de la yihad. Tal como un árbol mantiene sus hojas mientras maduran sus frutas, así los creyentes pueden conservar su vigor cuando realizan la yihad. Siempre que te encuentres con un pesimista desesperado, pronto te darás cuenta de que él o ella es el que ha abandonado la yihad. Esa gente ha sido privada del espíritu, y están hundidas en el pesimismo porque han dejado de predicar la verdad. Cualquiera que realice la yihad incesantemente no pierde su entusiasmo y siempre trata de ampliar sus horizontes. Cada buena acción resulta en una nueva, de modo que los creyentes nunca se hagan pobres de bondad: A los que luchan por Nosotros les guiaremos a Nuestro camino, es cierto que Allah está con los que hacen el bien (29:69).
Hay tantos caminos que conducen al Camino Recto como el número de alientos respirados en la creación. Cualquiera que luche por Su causa es guiado por Allah a uno de estos caminos y está a salvo de la perdición. El que es dirigido a Su Camino Recto por Allah vive una vida equilibrada. Ellos no sobrepasan los límites en sus necesidades humanas y actividades, como tampoco en su adoración y otras observancias religiosas. Tal equilibrio es el signo de la orientación verdadera.
Todos los sacrificios hechos en los enfrentamientos contra los incrédulos opresivos, sin importar cuán grande sean estos sacrificios, sólo constituyen la yihad menor de los esfuerzos para cumplir las obligaciones religiosas tan perfectamente como nos sea posible. La yihad mayor es mucho más difícil de llevar a cabo, ya que requiere que luchemos contra nuestros propios instintos destructivos e impulsos, como la arrogancia, el carácter vengativo, la envidia, el egoísmo, la vanidad y los deseos carnales.
Aunque la persona que abandona la yihad menor es propensa a un empeoramiento espiritual, se puede recuperar. Todo en el universo elogia y glorifica a Allah con cada aliento y es en consecuencia, un signo de la Existencia y la Unidad de Allah. Una persona puede ser orientada al Camino Recto por uno de estos signos. Por esta razón, se dice que hay tantos caminos que conducen al Camino Recto de Allah como los alientos de todas Sus criaturas. Una persona que se aleja de la yihad menor es vulnerable a las debilidades mundanas. El orgullo, el amor por la comodidad y las facilidades puede atrapar a aquella persona. Así el Profeta, regresando a Medina después de una victoria, nos advirtió a través de sus Compañeros diciendo: “Volvemos de la yihad menor a la mayor”. Los Compañeros fueron muy valientes en los campos de batalla y tan sinceros y humildes como los derviches que rezan ante Allah. Aquellos guerreros victoriosos solían pasar la mayor parte de sus noches orando a Allah. Una vez, cuando la noche caía durante la batalla, dos de ellos se turnaron la guardia. Uno de ellos descansaba mientras el otro rezaba. Siendo conscientes de la situación, los enemigos le lanzaron flechas y el que rezaba fue alcanzado y sangró profusamente, pero no abandonó el salat. Cuando terminó su rezo, despertó a su amigo y éste le preguntó con asombro por qué no lo había despertado antes. Entonces él contestó: “Recitaba el Surat al-Kahf, y no deseé que se interrumpiera el estado de placer profundo en el que me encontraba”.[3]
Los Compañeros entraban en trance –como un estado de éxtasis– cuando rezaban y podían recitar el Corán como si se estuviera revelando directamente a ellos. Por eso, no sentían el dolor de las flechas que penetraban en sus cuerpos. La yihad, en todos sus aspectos encuentra una expresión completa en ellos.
El Profeta combinó estos dos aspectos de yihad –la menor y la mayor-del modo más perfecto en su propia persona. Él mostró un enorme coraje en los campos de batalla. Ali, uno de las figuras más valientes del Islam, confiesa que los Compañeros se refugiaron detrás del Profeta en los momentos más críticos de los enfrentamientos. Para dar un ejemplo, cuando el ejército Musulmán sufrió un revés y comenzó a dispersarse en la primera fase de la Batalla de Hunayn, el Profeta impulsó a su caballo hacia las líneas enemigas y gritó a sus soldados que se retiraban: “¡Soy un Profeta y no miento! ¡Soy el nieto de Abd al-Muttalib, y no falto a la verdad!”[4]
Las etapas de la yihad y sus principios generales. La primera Revelación al Mensajero fue la orden: ¡Lee! Esta orden, que vino justo cuando no había nada disponible para leer, significaba que los creyentes deberían usar sus facultades intelectuales y espirituales para discernir los actos de Allah en el universo y Sus leyes relacionadas con su creación y su obra. A través de este discernimiento, los creyentes procuran purificarse a si mismos y sus mentes de todas las supersticiones basadas en la ignorancia y adquieren así el conocimiento verdadero mediante la observación y la contemplación.
Nosotros no estamos compuestos sólo de nuestras mentes. Allah nos ha dotado con muchas facultades y cada una de ellas necesita ser satisfecha. Mientras están alimentando nuestras mentes con los signos Divinos en el universo, procuramos limpiar nuestros corazones del pecado. Vivimos una vida equilibrada conscientes de la supervisión Divina y continuamente buscamos Su perdón. De esta manera, finalmente vencemos nuestro deseo por las cosas prohibidas y con la oración, pedimos a Allah que nos sea posible hacer buenas acciones.
Así ¡Lee! significa acción. Para el Mensajero, que ya era absolutamente puro en espíritu y carente de superstición, esto significó que era el tiempo para comenzar su misión como Mensajero de Allah. Él debía recitar la Revelación en público y enseñar a la gente Sus signos. Haciendo eso, purificaba sus mentes de las supersticiones adoptadas en la Edad de la Ignorancia, al mismo tiempo que purificaba sus corazones del pecado. Él los iluminaba tanto intelectual como espiritualmente, instruyéndolos en el Libro Revelado de Allah –el Corán– y Su Libro Creado –el universo–:
Igualmente os hemos enviado un Mensajero que viene de vosotros mismos y que os recita Nuestros signos, os purifica, os enseña el Libro y la Sabiduría y os enseña lo que no sabíais (2:151).
Después de recibir esta primera revelación, el Mensajero volvió a casa con gran agitación. Dormía abrigado en una capa, envuelto por los sufrimientos de su gente y por la pesada responsabilidad, cuando Allah le ordenó:
¡Tú, que estás envuelto en un manto! ¡Permanece rezando toda la noche a excepción de un poco! La mitad o algo menos, o algo más. Y recita el Corán pausadamente porque vamos a depositar en ti palabras de importancia (73:1-5).
El corto período entre la primera revelación y la divulgación del Islam, marcado por versos tales como los mencionados anteriormente, fue una etapa preliminar para el Mensajero. Tuvo que prepararse para transmitir el Corán pasando varias noches de larga vigilia y recitando el Corán –con mesura–.[5]
Además de la transmisión del mensaje yihad, como es mencionado anteriormente, implica para los creyentes continuas luchas contra el ego carnal con el fin de formar un carácter espiritual genuino, un desbordamiento de la fe y una inflamación de amor. Estas dos dimensiones de yihad continúan hasta que el creyente muera –esfera individual– y hasta el Día del Juicio Final-esfera colectiva–. Por lo tanto, poco después de que este verso fuera revelado, el Mensajero recibió la siguiente revelación:
¡Tú, el envuelto en un manto! ¡Levántate y advierte! A tu Señor, ¡ensálzale! Tu ropa, ¡purifícala! La abominación, ¡huye de ella! ¡No des esperando ganancia alguna! Con la decisión de tu Señor, ¡sé paciente! (74:1-7)
Estas revelaciones ordenaron al Profeta comenzar a predicar el Islam. Primero comenzó con los miembros de su familia y los parientes más cercanos y después de esto le fue revelado: Advierte a los miembros más allegados de tu tribu (26:214), entonces él divulgó esta llamada a toda su tribu. En su inmediata predicación en público, se encontró con burla, amenazas, tortura, boicot, además de que le propusieron sobornos para que desistiera en su empeño.
En La Meca, el Mensajero nunca recurrió a la venganza. El Islam no vino para causar problemas ni disensiones, sino, en palabras de Amir ibn Rabi, vino para sacar a la gente de la oscura incredulidad a la luz de la creencia, liberarlos de servir a algo que no es dios de modo que ellos puedan servir a Un Allah Verdadero, y elevarlos de las profundidades de la Tierra a las alturas de Cielo.[6]
Como el Islam literalmente significa “paz, salvación, y sumisión”, obviamente vino para establecer la paz. Esto primero se establece en nuestras esferas interiores, de modo que estemos en paz con Allah y con el entorno natural y luego a lo largo del todo el mundo y el universo. Paz y orden son fundamentales en el Islam, que procura extenderse en una atmósfera pacífica personal y colectiva. Este se abstiene de recurrir a la fuerza tanto como les sea posible, nunca aprueba la injusticia y prohíbe el derramamiento de sangre:
Quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, es como si hubiera asesinado a toda la Humanidad. Y quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad (5:32).
Viniendo para erradicar la injusticia y la corrupción y “unificar” la Tierra con el Cielo en paz y armonía, el Islam llama a la gente con sabiduría y exhortación justa. Este no recurre a la fuerza hasta que los defensores de un corrompido orden, los cuales tienen sus raíces en la injusticia, la opresión, el interés propio, la explotación y usurpación de derechos del otro, procuren evitar su predicación mediante modos pacíficos y suprimirla. Sólo se permitiría la fuerza en los casos siguientes:
• Si los incrédulos, los politeístas o los que causan problemas y corrupción activamente se oponen a la predicación del Islam e impiden a otros escuchar su mensaje, el Islam tiene derecho a presentarse. Ya que es una religión Divina que procura asegurar el bienestar y la felicidad de los humanos en ambos mundos. Si no se permite esto, teóricamente, se dan tres alternativas a sus oponentes: aceptar el Islam, permitir su predicación mediante modos pacíficos o admitir su regla. En el caso de que ellos rechacen estas alternativas, se permite usar la fuerza.
Sin embargo, hay un punto importante que cabe mencionar. Para poder aplicar la fuerza, debe haber un estado islámico que fue permitido sólo después de que el Profeta emigró a Medina y estableció un estado independiente, ya que los musulmanes habían sido perjudicados. Los versículos revelados que dan este permiso explican la visión islámica sobre la guerra justa:
-Luchar- les está permitido a quienes son atacados, porque han sido tratados injustamente. Allah ciertamente es capaz de hacerles victoriosos. A quienes han sido expulsados injustamente de sus hogares, sólo por haber dicho: “Nuestro Señor es Allah”. Si Allah no se hubiera servido de unos hombres para combatir a otros, habrían sido destruidos ermitas, sinagogas, oratorios y mezquitas, donde se menciona en abundancia el nombre de Allah. Es cierto que Allah ayudará a quien Le ayude. Verdaderamente Allah es Fuerte y Poderoso. Esos que si les damos poder en la tierra establecen el salat, entregan el zakat y ordenan lo reconocido y prohíben lo reprobable. Y a Allah pertenece el resultado de los acontecimientos (22:39-41).
Se entiende claramente de estos versos y de la historia que el Islam recurre a la fuerza sólo para defenderse y establecer la libertad de creencia. Bajo las normas musulmanas, los cristianos, los judíos, los seguidores de la doctrina de Zoroastro, los hindúes y los seguidores de otras religiones son libres de practicar su religión. Incluso muchos historiadores y escritores occidentales han estado de acuerdo en afirmar que los cristianos y los judíos experimentaron el período más próspero y feliz de su historia gobernados por estados musulmanes.
• El Islam, que es la religión verdadera revelada por Allah, nunca aprueba la injusticia. Como está declarado en el versículo siguiente: Hemos escrito en los Salmos, después de la Torá, que la tierra la heredarán Mis siervos justos (21:105), los siervos honrados de Allah deben someter la Tierra a Su regla, que depende de la justicia absoluta y la adoración al Allah Único. Les obligan también a esforzarse hasta que se termine la persecución, así como cualquier adoración y obediencia a las falsas deidades y los tiranos injustos. Así los musulmanes deben luchar por el débil y el oprimido:
Y cómo es que no combatís en el camino de Allah, mientras esos hombres, mujeres y niños oprimidos, dicen: ¡Señor Nuestro! Sácanos de esta ciudad (La Meca) cuyas gentes son injustas y danos, procedente de Ti, un protector y un auxiliador (4:75).
Algunas normas. Cuando los creyentes no pueden transgredir los límites de Allah, deben observar Sus reglas relacionadas con la lucha. Unas son deducidas directamente del Corán y de la Sunna, y son las siguientes:
• Un creyente es aquel de quien Allah ha comprado su vida y riqueza a cambio del Paraíso (9:111). Ellos se dedican solamente a Su causa y buscan sólo Su resignación. Por lo tanto quienes luchan por otras causas (p.ej. fama, riqueza, las consideraciones raciales o ideológicas) son excluidos de la complacencia de Allah.
• Combatid por Allah contra quienes combatan contra vosotros, pero no os excedáis. Allah no ama a los que se exceden (2:190) Los creyentes no deben luchar contra los grupos neutrales y deben rechazar a su vez métodos poco escrupulosos o matanzas indiscriminadas y pillajes que caracterizan todas las guerras emprendidas por los no musulmanes. Los excesos aludidos consisten en luchar contra mujeres y niños, viejos y heridos, mutilar los cadáveres enemigos, destruir los campos y los ganados y otros actos de injusticia y brutalidad. La fuerza debe ser usada sólo cuando es inevitable y estrictamente necesario.
• Cuando los enfrentamientos no pueden ser evitados, el Corán dice a los creyentes que no lo eviten. Más bien, ellos deben prepararse, tanto moral como espiritualmente y tomar medidas de precaución que son las siguientes:
- Luchar por este grado espiritual cuando veinte musulmanes vencen a doscientos enemigos:
¡Profeta! Anima a los creyentes para que luchen. Si hay veinte de vosotros constantes podrán vencer a doscientos; y cien, vencerán a mil de los que no creen; porque ellos son gente que no comprende (8:65).

Cuando los que iban a encontrar a su Señor dijeron: “Cuantas veces una tropa pequeña ha vencido al enemigo poderoso con el permiso de Allah. Allah está con los pacientes” (2:249).
Para alcanzar este rango, los musulmanes deben tener una creencia firme y confiar en Allah y evitar todos los pecados tanto como les sea posible. La creencia y la piedad o la honradez son dos armas irrompibles, dos fuentes de inagotable poder: ¡No os desaniméis ni estéis tristes, ya que seréis vosotros quienes ganen! Si es que sois creyentes verdaderos (3:139), y La sucesión es para la gente recta (7:128).
- Además de la fuerza moral, los creyentes deben equiparse con las últimas tecnologías. La fuerza es vital para la obtención del resultado deseado, por lo que los creyentes no pueden ignorarla. Más bien, ellos deben avanzar en ciencia y tecnología más que los incrédulos de modo que éstos no puedan usar su superioridad para su propio beneficio egoísta. Como el Islam establece “la razón es poder”, los creyentes deben ser capaces de impedir a los incrédulos y los opresores mostrar que “el poder es razón”:
¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que podáis para amedrentar al enemigo de Allah y vuestro y a otros además de ellos, que no conocéis pero que Allah conoce! Cualquier cosa que dediquéis por la causa de Allah os será devuelta, sin que seáis tratados injustamente (8:60).
Un estado islámico debería ser bastante poderoso para disuadir los ataques de incrédulos y opresores, así como sus proyectos de sujetar a la gente más débil. Debería ser capaz de asegurar la paz y la justicia, e impedir a cualquier otro poder causar el más mínimo problema o promover la corrupción. Esto será posible cuando los musulmanes se equipen con una creencia fuerte y con honradez además de con el conocimiento científico y la tecnología más avanzada. Deben combinar la ciencia y la tecnología con la fe y una moral correcta, para luego usar esta fuerza por el bien de la humanidad.
La creencia en Allah requiere servir a la gente. Una creencia mayor significa una preocupación mayor por el bienestar de los creados. Cuando los musulmanes alcanzan este nivel, Allah no permitirá que los incrédulos derroten a los creyentes (4:141). De otro modo sucederá lo que predijo el Profeta: “(Las fuerzas de los incrédulos) se unirán para hacer un ataque coordinado sobre vosotros. Arrebatarán el bocado de sus bocas y harán pillaje de vuestra mesa”.[7]
- Cuando el enfrentamiento es necesario, los musulmanes tienen la obligación de participar, porque:
¡Vosotros que creéis! ¿Qué os pasa que cuando se os dice: Salid a luchar en el camino de Allah, os aferráis a la tierra? ¿Acaso os complace más la vida de este mundo que la del Más Allá? El disfrute de la vida terrenal es poca cosa en comparación con la del Más Allá. Si no salís a luchar, Él os castigará con un doloroso castigo y os reemplazará por otros, sin que Le perjudiquéis en nada. Allah tiene poder sobre todas las cosas (9-38-39).
Es verdad que Allah ama a los que combaten en Su camino en columnas, como si fueran un sólido edificio (61:4).
¡Vosotros que creéis! ¿Queréis que os muestre el modo de salvaros de un castigo doloroso? Creed en Allah y en Su Mensajero y luchad por la causa de Allah con vuestras vidas y bienes. Eso es lo mejor para vosotros, si queréis saberlo. Él os perdonará vuestras faltas y os hará entrar en jardines por cuyo suelo corren los ríos y en las estancias de los jardines del “Edén”. Y ese es el gran triunfo. Y otras cosas que amáis: Una ayuda de Allah y una próxima victoria. Anunciad las buenas nuevas a los creyentes (61:10-13).
- Una comunidad está estructurada y funciona como un ser vivo, ya que eso exige una “cabeza” que tenga “intelecto”. Por lo tanto, la obediencia a la cabeza es vital para la prosperidad comunal. Cuando el Mensajero se alzó en Arabia, la gente se parecía a las cuentas dispersadas de un rosario roto y no era consciente de la necesidad de la obediencia y las ventajas de la vida colectiva. El Mensajero inculcó en ellos el sentimiento de obediencia a Allah, Su Mensajero y sus superiores, y usó el Islam como una cuerda irrompible para unirlos:
¡Vosotros que creéis! Obedeced a Allah, obedeced al Mensajero y a aquéllos de vosotros que tengan autoridad. Y si disputáis sobre algo, remitidlo a Allah y al Mensajero, si creéis en Allah y en el Último Día. Esto es preferible y tiene mejor resultado (4:59).¡Vosotros que creéis! Cuando tengáis algún encuentro con una tropa, sed firmes y recordad mucho a Allah para que así podáis tener éxito. Y obedeced a Allah y a Su Mensajero y no peleéis entre vosotros, porque si lo hicierais, os acobardaríais y perderíais vuestro ímpetu. Y tened paciencia, pues ciertamente Allah está con los pacientes (8:45-46).
La conciencia de obediencia de los Compañeros hizo posibles muchas cosas que previamente se veían imposibles. Por ejemplo, cuando el Profeta designó al hijo de 18 años de su esclavo negro emancipado como comandante de un ejército que contenía a muchos individuos respetados, entre ellos Abu Bakr, Omar y Osman, ningún Compañero se opuso.[8] En otro ejemplo, durante una expedición militar el comandante ordenó a sus soldados lanzarse al fuego. A pesar de que eso no fuera una orden islámica, unos trataron de obedecerlo. Sin embargo, los otros les impidieron suicidarse y los persuadieron a que preguntaran al Mensajero si ellos tenían que obedecer tales órdenes no islámicas[9]. Aunque es ilícito obedecer las órdenes pecadoras, la obediencia a la ley es sumamente importante para la vida colectiva de una comunidad, especialmente si se quiere ganar una guerra.
- Los creyentes deben ser firmes y no abandonar el campo de batalla:
¡Vosotros que creéis! Cuando encontréis a los que no creen en formación de batalla, no les deis la espalda. Y quien les dé la espalda ese día, a no ser que sea para cambiar de puesto de combate o para unirse a otra tropa, volverá con el enojo de Allah y su refugio será el Infierno. ¡Que mal retorno! (8:15-16)
Abandonar el campo de batalla es uno de los siete pecados más grandes, porque causa un desorden en las filas y desmoraliza a los demás. Su creencia en Allah y en el Más Allá no pueden ser firmes, porque sus acciones demuestran que ellos prefieren esta vida a la otra.
En la batalla de Yarmuk (636), lucharon veinte mil valientes musulmanes y derrotaron a doscientos mil bizantinos.[10] Qabbas ibn Ashyam, uno de los héroes, se dio cuenta de que había perdido una pierna (al mediodía) después de desmontarse de su caballo horas más tarde. Después su nieto se presentó al Califa Omar ibn Abd al-Aziz diciendo: “¡Oh Califa, yo soy el nieto de aquel que perdió su pierna al mediodía y se dio cuenta de ello hacia la noche!”
Durante la batalla de Muta (629), el ejército musulmán se componía de tres mil soldados; mientras que las fuerzas bizantinas tenían unos cien mil soldados. Los musulmanes lucharon heroicamente y los dos ejércitos se batieron en retirada al mismo tiempo. Aún así, los musulmanes se consideraron huidos del campo de batalla y les daba vergüenza ver al Profeta. Sin embargo, él les dio la bienvenida y los consoló: “Vosotros no huisteis; os retirasteis para uniros a mi. Después de armaros de valor vais a luchar de nuevo contra ellos”.[11] Y sucedió exactamente lo que él había dicho, porque justo antes de su muerte el ejército musulmán invadió el sur de Siria; y dos años más tarde, los musulmanes les dieron un golpe mortal a los bizantinos en Yarmuk.

[1] Ajluni, Kashf al-Jafa, 1:424.
[2] Imán Rabbani, Ahmad Faruq al-Sarhandi, Maktubat, 1:57.
[3] Ibn Hanbal, Musnad, 3:344; 359.
[4] Bujari, “Yihad” 52, 61, 67.
[5] Como es conocido, las vigilias de noche son tiempos cuando la impresión y la recitación son más penetrantes.
[6] El enviado musulmán que visitó al comandante persa durante la guerra de Qaisiya. Esto ocurrió en 637 (d.C.) durante el califato de Omar.
[7] Abu Dawud, “Malahim” 5; Ibn Hanbal, 5:278.
[8] Muslim, “Fadail al-Sahaba,” 63; Ibn Kazir, Al-Bidaya, 6:336.
[9] Muslim, “Imara” 39; Ibn Maja, “Yihad” 40.
[10] Esta batalla tuvo lugar durante el califato de Abu Bakr.
[11] Abu Dawud, “Yihad” 96; Tirmizi, “Yihad” 36; Ibn Hanbal, 2:70,86.

Las tempranas expediciones militares

con la llegada del Profeta a Medina, la lucha entre el Islam y la incredulidad entró en una nueva fase. En La Meca el Profeta se dedicó casi en exclusiva a exponer los principios básicos del Islam y a la educación moral y espiritual de sus Compañeros. Sin embargo, después de la Hégira (622), nuevos musulmanes que pertenecían a diferentes tribus y regiones empezaron a reunirse en Medina. Aunque los musulmanes sólo poseían un pequeño pedazo de tierra, los Coraichíes se aliaron con el mayor número de tribus posibles para exterminarlos.
En estas circunstancias, el éxito de la pequeña comunidad musulmana sin mencionar su supervivencia futura dependía de varios factores. Eran los siguientes según su orden importancia:
• Difundir el Islam de manera eficiente y efectiva para convertir a los otros.
• Demostrar la falsedad de los no creyentes de un modo tan convincente que nadie pueda dudar de la verdad del Islam.
• Enfrentarse con paciencia y fortaleza al exilio, la hostilidad y la oposición penetrante, las dificultades económicas, el hambre, la inseguridad y los peligros.
• Recuperar sus bienes usurpados por los habitantes de La Meca después de la Hégira.
• Resistir, con coraje y armas, cualquier ataque lanzado para frustrar su movimiento. Y al resistir, ignorar a la superioridad numérica o material del enemigo.
Además de las amenazas de La Meca y sus aliadas, la joven comunidad tenía que enfrentarse a tres tribus judías de Medina que controlaban su vida económica. Aunque ellos esperaban a un Profeta, se opusieron al Mensajero porque él no era judío. Una de las primeras cosas que hizo el Mensajero en Medina fue firmar un pacto con los judíos.[1] A pesar de ello, los judíos siguieron guardándole rencor al Mensajero y conspiraron contra él y el Islam. Por ejemplo, el famoso poeta judío Kab ibn Ashraf escribió poemas satirizando al Mensajero e instigando a sus enemigos.
En Medina, empezó a surgir otro problema: la hipocresía. Los hipócritas se pueden dividir en cuatro amplios grupos como los siguientes:
• Aquellos que no creen en el Islam pero entran en la comunidad musulmana para causar problemas entre ellos.
• Aquellos que comprendieron la realidad política de ese momento histórico se convirtieron porque vieron mucha ventaja en ello. Sin embargo, mantuvieron el contacto con las fuerzas anti islámicas con la esperanza de beneficiarse de los contactos con ambas partes y así no ser dañados.
• Aquellos que todavía no habían cambiado su mentalidad pero parecían haber sido convertidos porque los que estaban a su alrededor lo hacían.
• Aquellos que aceptaron el Islam como la verdadera religión pero encontraron difícil abandonar su modo de vida heredado, sus supersticiones y costumbres, además de practicar la auto disciplina exigida por el Islam.
Las expediciones militares. En estas circunstancias severas, el Mensajero decidió enviar expediciones militares al corazón del desierto. Tenía varios objetivos en mente, algunos de ellos eran los siguientes:
• Los no creyentes intentaron apagar la luz de Allah con lo que sale de sus bocas, pero Allah siempre hace culminar Su luz por mucho que les pese a los incrédulos (61:8). El Mensajero quería demostrar que los incrédulos no podrían exterminar el Islam, y demostrar que el Islam no podría ser ignorado.
• La Meca disfrutaba de una posición central en Arabia. Como el más formidable poder de la península, el resto de las tribus sentían algún tipo de apetencia por ella. Enviando expediciones militares a las zonas vecinas, el Mensajero quiso demostrar el Poder del Islam y romper el dominio de los Coraichíes. A lo largo de la historia, el concepto de “el poder es razón” siempre ha sido una norma, porque “la razón es poder” está considerado un concepto muy débil para gobernar. En Arabia, el Coraich tenía poder y riqueza y por eso las tribus vecinas le obedecían. El Islam vino para hacer prevalecer la justicia y por eso el Mensajero tuvo que romper la adhesión con La Meca.
• Su misión no estaba limitada a un período fijo o a una nación, porque él fue enviado como misericordia para todos. Así que estaba encargado de transmitir el Islam lo máximo posible. Para conseguirlo tenía que saber qué estaba pasando en la península. Estas expediciones les sirvieron de vanguardias que le suministraban la información necesaria para pavimentar la manera de predicar el Islam.
• Una de las formas más efectivas de aplastar a tus enemigos es llevarles a realizar acciones prematuras, no premeditadas porque esto te permite llevar la iniciativa. El Mensajero seguramente estaba informado de los contactos de los Coraichíes con Abdallah ibn Ubayy ibn Salul, el líder de los hipócritas de Medina. Y también estaba atento a sus posibles ataques sobre Medina. Después de la entrada de una fuerza militar de los Coraichíes en Medina y su vuelta a La Meca con su botín, el Mensajero envió expediciones militares para alentar al Coraich a actuar sin pensar. Entonces podría frustrar sus complots.
• El Coraich vivía del comercio con los mercados internacionales en Siria y Yemen, y por eso tenía que proteger sus rutas comerciales. Pero como ahora los musulmanes estaban en Medina, estas rutas podrían estar amenazadas. Mientras fortalecía su posición, el Profeta también mandaba expediciones militares para paralizar las esperanzas del Coraich y los planes de derrotarlo.
• Los preceptos del Islam tratan garantizar la seguridad de la vida y la propiedad, la castidad y la creencia, además de la salud mental, espiritual y física. De acuerdo a estos preceptos están prohibidos el asesinato y el robo, el asalto y el saqueo, la usurpación y el interés (o usura), juegos de azar, alcohol, ilícitas relaciones sexuales, anarquía y propagación de ateísmo.
La palabra árabe iman que se usa para creencia significa ofrecer seguridad. Así, un mumin (creyente) nunca engaña, no miente, no rompe su promesa ni defrauda la confianza. Los creyentes no se ganan la vida mediante el robo, la usurpación o las transacciones basadas en el interés. Además, intentan no hacerle daño a nadie, porque ellos creen que matar a una persona es como matar a toda la humanidad.
Cuando el Mensajero fue elevado a Profeta, en Arabia no había seguridad ciudadana, ni de la propiedad, ni de la castidad, ni siquiera de la salud y de la creencia. Uno de sus deberes era establecer una seguridad absoluta en todos los aspectos de la vida. Una vez le dijo a Adiy ibn Jatam: “Llegará un día en el que una mujer viajará montada en una litera, desde Hira hasta La Meca y no temerá nada más excepto que a Allah y a los lobos”.[2] Enviando expediciones militares, el Mensajero pretendía establecer seguridad allí donde se la necesitaba y demostrar a todo el mundo que sólo el Islam podría ofrecerles seguridad.
Las expediciones. La primera expedición, dirigida por Hamza, después de la Hégira fue enviada hacia Sif al-Bahr. Llegó justo cuando una caravana comercial de los Coraichíes estaba regresando de Damasco. El Coraich había usurpado todos los bienes de los Emigrantes e hicieron comercio con ellos en Damasco. El Mensajero hizo uso de esta situación para demostrar el poder musulmán y amenazar directamente al bienestar de la economía de los Coraichíes. No hubo ningún conflicto en este primer enfrentamiento pero las tribus del desierto que presenciaron este incidente se predispusieron a reconocer otra fuente de poder en la península.
A esta expedición la siguió otra dirigida por Ubayda ibn Hariz. Con el mismo motivo en mente, Ubayda fue hasta Rabigh, un valle situado en el camino hacia La Meca. Los sesenta soldados de caballería musulmanes se encontraron con una fuerza Coraichí de doscientos hombres armados. Hubo un intercambio de flechas y al final las fuerzas de La Meca se retiraron hacia su ciudad.[3]
Las expediciones militares, algunas dirigidas por el mismo Profeta, eran continuas unas a otras. En las dos expediciones dirigidas por él, el Mensajero fue a Abwa y Buwat con la intención de amenazar las caravanas comerciales de los Coraichíes e intimidarlos.[4] En Abwa, hizo un tratado con la tribu Banu Damra: ninguno de los dos bandos podrían atacarse el uno al otro, y Banu Damra no podría ayudar a los enemigos de los musulmanes.
Poco antes de la Batalla de Badr (624), el Mensajero envió una expedición formada por diez personas, dirigida por Abdallah ibn Yash, a Najla, ubicada cerca de La Meca en el camino hacia Taif. El Mensajero les dijo que siguieran los movimientos de los Coraichíes y reunieran información sobre sus planes. Mientras ellos estaban en Najla, una caravana de comercio de los Coraichíes que venía de Taif se detuvo allí. Sucedió algo de forma inesperada y los musulmanes mataron a un hombre de La Meca y capturaron al resto (salvo uno) y sus pertenencias. Estos fueron llevados a Medina.
Esto ocurrió hacia el final de Rayab y el principio de Shaban. Por eso, no se sabía con certeza si se había violado la santidad del Rayab, uno de los cuatro meses sagrados. Los Coraichíes, los judíos con los cuales se aliaron en secreto y los Hipócritas, aprovecharon muy bien esta posible trasgresión en su campaña de propaganda anti-musulmana. Dijeron que los musulmanes derramaron sangre en un mes sagrado cuando hacerlo estaba prohibido.
Como el suceso había tenido lugar sin su permiso, el Mensajero les explicó a los participantes de este que él no les había ordenado luchar. Los otros musulmanes también los reprocharon. Sin embargo, una Revelación les consoló teniendo en cuenta su pura intención con la esperanza de ganar la misericordia de Allah:
Te preguntan si se puede combatir durante los meses inviolables. Di: Hacerlo es grave, pero es aún más grave para Allah, que se aparte a la gente de Su camino, que no se crea en Él, (que se impida el acceso a) la Mezquita Inviolable y que se expulse a los que están en ella. La oposición a la creencia es más grave que matar. Si pueden, no dejarán de haceros la guerra hasta conseguir que reneguéis de vuestra Práctica de Adoración. Pero quien de vosotros reniegue de su Práctica de Adoración y muera siendo incrédulo... Esos habrán hecho inútiles sus acciones en esta vida y en la otra, y serán los compañeros del Fuego en el que serán inmortales. Los que creen, emigran y luchan en el camino de Allah, esperan la misericordia de Allah. Allah es Perdonador y Compasivo[5] (2:217-18).
Estos versículos contestaron las objeciones de las fuerzas anti-musulmanas. En resumen, combatir durante los meses sagrados es un acto perverso. Sin embargo, aquellos que habían sometido a los musulmanes a un continuo e indescriptible mal durante trece años sólo por el mero hecho de que ellos creían en un único Allah no tenían derecho o justificación alguna para reprochar de esta manera a los musulmanes. No sólo alejaron a los musulmanes de sus casas sino también ubicaron la Mezquita Sagrada más allá de su alcance, un castigo nunca visto en los dos mil años la historia conocida de la Kaba. Con tales antecedentes, ¿quiénes fueron aquellos que levantaron fuertes protestas por un pequeño incidente, concretamente uno que tuvo lugar sin la autorización del Profeta?

[1] Los historiadores modernos como Muhammad Hamidullah tienden a considerarlo como la primera constitución en la historia del Islam.
[2] Bujari, “Manaqib,” 25.
[3] Ibn Hisham, Sira, 2:241; Ibn Sad, Tabaqat, 2:7.
[4] Ibn Hisham, 2:241,248.[5] Ibn Hisham, 2:252.

Su elección de gente competente

El Mensajero encargó a musulmanes prometedores y competentes los trabajos en los cuales eran los más capacitados. No sintió la necesidad de cambiar ningún nombramiento, ya que la persona nombrada probaba por su propia rectitud y competencia ser la elección apropiada.
El período mecano del Islam fue grabado en la memoria de la comunidad musulmana como un período de persecución y tortura insoportable. El abuso no sólo le era impuesto a los musulmanes pobres y desprotegidos (como Ammar, Bilal y Shuhayb), sino también a miembros poderosos musulmanes pertenecientes a la élite coraichí (como Abu Bakr y Omar).[1] A fin de proteger a sus seguidores, el Profeta permitió a los pobres y desamparados que emigrasen a Abisinia. Pero mantuvo a los poderosos (como Ali, Zubayr, Abu Bakr, Omar y Sad ibn Abi Waqqas) en La Meca, ya que el Islam necesitaba su apoyo para expandirse e implantarse en esta ciudad sagrada. Esos musulmanes poderosos siguieron ocupando los puestos administrativos más altos del estado musulmán.
Abu Zarr era un beduino pobre, franco y recto que nunca reprimió su fe y sentimientos. Cuando escuchó que Muhammad se declaró Profeta, fue a La Meca y se convirtió. El Mensajero solía predicar el Islam de modo secreto en los momentos iniciales de su Profecía. Abu Zarr era muy piadoso y austero. No obstante, como la administración pública precisa de requisitos especiales, el Profeta no aceptó su solicitud para un puesto administrativo, y dijo: “No puedes dirigir los asuntos de la gente. No pidas dichos trabajos, ya que no se los asignamos a quienes los piden”.[2]
El Mensajero rechazó a Abu Zarr, pero consideró a Abu Bakr, Omar y Osman como posibles califas. Tomando las manos de Abu Bakr y de Omar, dijo: “Tengo cuatro visires, dos en los cielos y dos en la Tierra. Los de los cielos son Gabriel y Miguel; y para este mundo son Abu Bakr y Omar”.[3] Respecto al califato de Osman, dijo: “Será una prueba para él”.[4]

[1] Ibn Kazir, Al-Bidaya, 3:40-1, 102-3; Ibn Hisham, Sira, 1:234.
[2] Muslim, “‘Imara,” 16-17.
[3] Muttaqi al-Hindi, Kanz al-‘Ummal, 11:563, 13:15.
[4] Bujari, “Fadail al-Ashab,” 5:7; Muslim, “Fadail al-Sahaba,” 29.

Conocía a su gente

El Mensajero conocía a su gente más de lo que ellos se conocían a sí mismos. Igual que Abu Dahrr, Amr ibn Abaza era un beduino. Llegó a La Meca y, al conocer al Mensajero, le preguntó de forma descortés: “¿Qué eres tú?”. El Mensajero respondió dulcemente: “Un Profeta de Allah”. Dicha dulzura le hizo a Amr arrodillarse y declarar: “Te seguiré de ahora en adelante, Mensajero”. El Mensajero no quiso que Amr permaneciese en La Meca, ya que no podría soportar los tormentos que se infligían a los creyentes. Por lo que le dijo: “Regresa a tu tribu y predica el Islam entre ellos. Cuando oigas que me he hecho con la victoria, regresa y únete a nosotros”.
Años más tarde, Amr fue a la mezquita de Medina y preguntó: “¿Me reconoces, Mensajero?”. El Mensajero, que tenía una memoria extraordinariamente poderosa (que era otra de las dimensiones de la Profecía), le respondió inmediatamente: “¿No eres tú el que vino a mí en La Meca? Te mandé de regreso a tu tribu y te dije que te unieses a nosotros cuando oyeses que yo había vencido”.[1]
He mencionado con anterioridad el caso de Yulaybib.[2] Tras esta lección moral, Yulaybib se convirtió en un joven casto y honesto. Tras solicitarlo el Mensajero, una noble familia le dio su hija en matrimonio a Yulaybib. Poco después, Yulaybib participó en una batalla y tras matar a siete soldados enemigos murió martirizado. Cuando su cadáver fue llevado al Mensajero, éste puso su cabeza en las rodillas de Yulaybib y dijo: “¡Oh Allah! Él es de mí y yo soy de él”.[3] Había descubierto la virtud esencial de Yulaybib y había predicho su futuro servicio al Islam.
La conquista de Jaibar permitió al Mensajero demostrar su habilidad única para reconocer los potenciales, habilidades y defectos de cada musulmán. Cuando el asedio se prolongó, declaró: “Mañana, entregaré el estandarte a alguien que ama a Allah y a Su Mensajero y que es amado por ellos”.[4] Esto era un gran honor, y todos los Compañeros lo deseaban con sinceridad. Se lo dio a Ali a pesar de su juventud, debido a sus grandes dotes militares y de liderazgo. Éste, tomando el estandarte, conquistó el formidable bastión de Jaibar.
A quien el Mensajero le encomendaba una labor, la realizaba con éxito. Por ejemplo, describió a Jalid ibn Walid como “una espada de Allah”.[5] Jalid nunca fue derrotado. Al lado de grandes soldados e invencibles generales como Qa‘qaA, Hamza y Sad, el Mensajero nombró a Usama ibn Zaid general de un gran ejército en el que figuraban musulmanes tan destacados como Abu Bakr, Omar, Osman, Talha y Sad ibn Abi Waqqas. Usama tenía aproximadamente 17 años y era el hijo de Zaid, el esclavo negro emancipado del Mensajero. Su padre dirigió el ejército musulmán en Muta contra los bizantinos muriendo como un mártir.
El Mensajero tenía 25 años cuando se casó con Jadiya bint Juwailid, una viuda 15 años mayor que él. No se volvió a casar con otra mujer hasta la muerte de ésta en el décimo año de su Profecía. Todos los matrimonios que contrajo después de que cumpliera 53 años estuvieron directamente relacionados con su misión. Una razón importante para esto es que cada esposa tenía un carácter y temperamento diferentes, por lo que así podían transmitir a otras mujeres musulmanas las reglas del Islam que incumbían a las mismas. Cada una de ellas era guía y maestra para las demás. Incluso personalidades de posteriores generaciones tan importantes como Masruq, Tawus ibn Kaysan y Ata ibn Rabah se beneficiaron considerablemente de las mismas. La ciencia del hadiz está especialmente en deuda con Aisha, la cual transmitió más de cinco mil tradiciones del Mensajero y fue una gran jurista.
Posteriores eventos probaron lo sabias y acertadas que fueron las elecciones del Mensajero, no sólo en materia de matrimonio.

[1] Muslim, “Musafirin” 294; Ibn Hanbal, Musnad, 4:112.
[2] Su historia, que aparece en el volumen 1, es como sigue: Un día, Yulaybib le pidió al Mensajero permiso para fornicar, ya que no podía contenerse. Los que estaban presentes reaccionaron de distinta manera. Unos se mofaron de él, otros le tiraron de la ropa y otros incluso se dispusieron a pegarle. Pero el compasivo Profeta hizo que se acercase y empezó a hablar con él: “¿Le dejarías a alguien que le hiciese eso a tu madre?”. A lo que el joven respondió: “Que mi madre y mi padre sean tu rescate, Mensajero, eso no lo acepto”. El Profeta dijo: “Naturalmente, nadie acepta que su madre participe en un acto tan vergonzoso”. Continuó preguntándole a Yulaybib la misma pregunta, sustituyendo hija, esposa, hermana y tía por madre. Cada vez, Yulaybib respondía que no aceptaba dicho acto. Al final de la conversación, Yulaybib había perdido las ganas de fornicar. El Mensajero concluyó su “operación espiritual” poniendo su mano en el pecho de Yulaybib y rogando así: “Señor, perdónale, purifica su corazón y preserva su castidad”.
[3] Muslim, “Fadail al-Sahaba,” 131.
[4] Bujari, “Fadail al-Ashab,” 9; Muslim, “Fadail al-Sahaba,” 34.
[5] Bujari, “Fadail al-Ashab,” 25.